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Los puntos cardinales

Obama y las lecciones de la Avenida Pennsylvania

Noviembre 7, 2010

Las elecciones legislativas parciales de Estados Unidos no sólo han sido una referencia en las portadas de todo el planeta. Han servido, además, para extraer una serie de conclusiones muy útiles en cualquier país, en especial en algunos como el nuestro. Para empezar, el presidente, Barack Obama, gran protagonista y a la vez gran perdedor en las urnas, ha sido capaz de comparecer ante todos los corresponsales acreditados en la Casa Blanca para reconocer el severo correctivo recibido.

De este primer aspecto nuestros próceres patrios podían aplicarse algún cuento. Porque no me dirán que no resulta grotesca esa imagen de arcadia feliz que ofrecen los partidos cada anoche electoral, en una fiesta en la que ganan todos y las risas forzadas y los aplausos pretenden esconder la miseria de lo obvio, la insoportable dureza de la derrota.

Corriente antiobamista

Obama también dejó claro que ningún partido tiene el monopolio de la sabiduría, de modo que si son buenas, todas las ideas son bien recibidas, al margen del carné político de quien las proponga. Una suma de propuestas, en fin, que culmina con la asunción de la frustración ciudadana y un llamamiento al consenso y al trabajo en beneficio de toda la nación.

Últimamente ha surgido una curiosa corriente antiobamista en España, no se sabe muy bien por qué, que parece instalarse en la teoría de que cuanto peor, mejor, si el fracaso se acomoda en ese despacho de forma ovalada ubicado en la Avenida Pennsylvania.
No cabe duda de que el entusiasmo generado hace dos años por el entonces candidato demócrata desbordó todo lo conocido, y con el privilegio que concede haber sido testigo in situ del triunfo y el éxtasis de aquella noche de Chicago, les prometo que nadie podía sospechar que algo, por mínimo que fuese, pudiera torcer el formidable caudal de propuestas reformistas.

“La economía, estúpido”

Y ha ocurrido en estos comicios que Estados Unidos ha demostrado ante el mundo su enormidad, sus gigantescas magnitudes en todo, como esos casi treinta millones de seguidores de Obama que se quedaron cómodamente en casa sin ejercer su derecho, convencidos de que la agenda demócrata seguiría su curso sin amenaza republicana alguna. El mensaje de las reformas económicas puestas en marcha no ha calado. Sencillamente, no ha llegado a los votantes porque los únicos datos que maneja la población son tan crudos como molestos. Más de un 9,5 por ciento de paro y perspectivas de crecimiento cero.

Una vez más, y tras una recesión como la sufrida desde hace dos años, se ha vuelto a hacer buena la máxima de James Carville, aquel asesor de Bill Clinton que, en la campaña del 92, colocó un cartel en el cuartel general demócrata en el que le insistía al entonces candidato con una frase que ha pasado a la historia de los programas políticos: “La economía, estúpido”. Pero a partir de Enero, me temo que el mensaje que surgirá de la Cámara de Representantes será: “La tijera, ingenuo”.

Ángel Gonzalo, Redactor Jefe de Internacional de Onda Cero