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Los puntos cardinales

Obama también pierde a un poderoso amigo en el desierto

Octubre 29, 2013

Si hay un país árabe enorme, poderoso, influyente, riquísimo y extraordinariamente opaco, ese es Arabia Saudí. Hace unos días ha vuelto a las portadas de los medios de comunicación por el debate sobre la prohibición de conducir, que afecta a todas las mujeres del reino. De acuerdo; es una noticia escandalosa para el concepto occidental de igualdad de sexos, pero no tiene el relieve de la última salida de tono de la diplomacia de la casa Saud. Después de haber invertido una considerable cantidad de petrodólares en campañas de imagen y trabajo de lobbies, la monarquía árabe ha decidido renunciar a un puesto en el Consejo de Seguridad de la ONU en el grupo de los miembros no permanentes para el periodo 2014-2015. Era la primera vez que las autoridades de Riad lograban ese reconocimiento internacional, para el que muchos países, como por ejemplo el nuestro, redoblan esfuerzos y contactos en todos los niveles para poder luchar por esa representación.

De hecho, ningún estado en la historia de la organización había rechazado hasta la fecha su elección dentro de las rotaciones bianuales. La decisión ha supuesto un mazazo para la Administración Obama, que todavía no ha dado una valoración acorde con la gravedad de los hechos. Quien no perdió un minuto fue la Federación Rusa, que ha calificado de extraña la actitud saudí, cuyo Gobierno, por su parte, se escuda en lo que denomina como doble rasero e ineficacia de la ONU en Siria. Porque ha sido la crisis de este país la que ha abierto la brecha entre Arabia Saudí con Estados Unidos y con Rusia. En el caso del Kremlin, Riad busca como sea el derrocamiento y la caída de la familia Assad, a la que los diferentes gobiernos rusos apoyan históricamente. De hecho, además de ser su principal suministrador de material de guerra, Rusia tiene en el litoral sirio su única base en el Mediterráneo, la de Tartus. Son diferencias, pues, conocidas y por ello nada novedosas.

Críticas a Estados Unidos

El caso norteamericano es totalmente distinto. Para los Saud, la Administración Obama no ha hecho lo suficiente para acabar con el régimen de Damasco y ha preferido optar por la solución dialogada sin evitar que ahora en Siria se luche a tres bandas, con las fuerzas del Ejército Libre de Siria apoyadas por Occidente por un lado; por otro, con los grupos jihadistas vinculados a Al Qaida en los que se estima que podría haber reclutados alrededor de ochocientos muyahidines saudíes y, por supuesto, con las tropas regulares de Assad, que siguen llevando la iniciativa.

Egipto es el otro dossier que ha descolocado al Gobierno saudí, que no comprende que Washington cortase la ayuda anual al Ejército tras la caída del islamista, Mohamed Mursi. Y, desde luego, por lo que Arabia Saudí no pasa es por el acercamiento que parece haber iniciado la Administración demócrata con Irán tras la participación de Hassan Rohani en la Asamblea General de la ONU en Nueva York del pasado mes de Septiembre. Para Riad, no se trata sólo de que Barack Obama sea víctima del encanto personal del nuevo presidente iraní y se distraiga la atención del verdadero problema de la agenda atómica de Teherán. Juegan a su vez los recursos que el régimen de los ayatolás destina tanto a Bashar El Assad como a sus aliados libaneses de Hizbullah. Pero la ruptura se basa, por encima de todo, en que cualquier maniobra estadounidense, directa o indirecta, amenace con reforzar la preeminencia del chiísmo con base en Irán frente al credo sunni que propagan los responsables saudíes de Culto por todo el planeta. Obama, pues, no sólo pierde amigos entre los países europeos. Ahora se le distancia también su gran socio árabe, el que llena los surtidores de sus gasolineras.  

Ángel Gonzalo, Redactor Jefe Internacional de Onda Cero