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Los puntos cardinales

Obama, el petróleo y los derechos humanos en la teocracia saudí

Marzo 5, 2013

La Administración Obama parece emplearse con ganas en la política exterior al inicio de este segundo y último mandato. La Casa Blanca escenifica sus esfuerzos diplomáticos dentro y fuera del país. Como ejemplos más recientes, en el primer caso, el vicepresidente, Joe Biden, participaba en la noche del lunes en un acto del más poderoso lobby judío de Washington, con intervención de Benjamin Netanyahu por videoconferencia incluida. Apenas unas horas antes, el secretario de Estado, John Kerry, se reunía en Riad con la familia real saudí y con sus colegas del denominado Consejo de Cooperación del Golfo, que aglutina a las seis monarquías ribereñas del Pérsico. Este foro sirve para poner sobre la mesa el análisis de asuntos internacionales sobre los que, directa o indirectamente, los países miembros tienen alguna influencia. Arabia Saudí, por ejemplo, es el financiador global de la expansión del Islam en todo el mundo. Qatar, por su parte, contribuye en apoyo de algunos de los grupos que actúan en el Magreb.

De todos los asistentes a la citada reunión, sólo en Bahrein se han vivido movimientos de protesta siguiendo la estela de las otras revoluciones surgidas hace dos años, aunque han tenido un origen religioso, al tratarse de un país mayoritariamente chií en manos de una minoría sunni. De hecho, fueron las propias fuerzas armadas saudíes las que entraron en el emirato vecino para sofocar el levantamiento.

Dictadura atroz

Pero resulta que ahora esa tormenta del desierto que arrastra anhelos de modernidad, aunque todavía tímidamente, se siente también en Arabia. La monarquía de los Saud es un régimen atroz, acostumbrado a las detenciones arbitrarias, a las ejecuciones colectivas, a que las mujeres sean ciudadanas de segunda clase o a prohibir cualquier crítica con un control férreo de los medios. La relación entre la Casa Real de Arabia Saudí y los Estados Unidos es una paranoia histórica. Cuando se creó el reino en 1932, el rey Ibn Saud contó con el apoyo de los wahabitas, absolutamente hostiles a Occidente. Pero el hallazgo de petróleo bajo las arenas del país dio lugar en 1938 a una alianza que se ha prolongado a lo largo de los tiempos con la creación de la Arabian American Company. Si quieren profundizar más en esa amistad tan extraña, les recomiendo que echen un ojo al libro “Los Bush y los Saud”, del periodista Craig Unger. En sus páginas se describe cómo Riad se volcó en la forja de una entente duradera en los setenta, en plena crisis del crudo, con la misma potencia que daba apoyo y protección a Israel.

Intereses económicos

El aislamiento frente a las corrientes aperturistas no podía durar eternamente y, de un modo u otro, Arabia Saudí tenía que experimentar también en su seno las ansias de libertad y democracia de sus ciudadanos. En otras dictaduras árabes el dinero se ha repartido sin control entre la nomenclatura dominante al margen por completo de la población. Sin embargo, en este reinado medieval de marcas de lujo los saudíes de a pie han contado con recursos económicos para viajar a otras latitudes y han podido conocer sistemas en los que los dirigentes son elegidos y la ley es igual para todos, en las antípodas de cualquier dogma teocrático.

Barack Obama acabó con el saudí más conocido del planeta, Osama Bin Laden. El presidente norteamericano sabe que es muy difícil trazar la línea que separa la verdadera voluntad de las autoridades Riad de luchar contra el terrorismo cuando desde sus propias arcas salen ingentes cantidades de dinero que, a través de tapaderas de beneficencia, acaban en las manos de los enemigos de América. A esa estrategia hay que añadir uno de los principales objetivos de Estados Unidos y que modificaría de un modo sustancial y definitivo la agenda bilateral. La Casa Blanca sueña con la autosuficiencia energética. Si se lograse alguna vez, los políticos norteamericanos podrían dormir tranquilos y dejar de mirar para otro lado en asuntos de derechos humanos. Hasta ahora, el campo visual sólo se centra en el grifo del petróleo.

Ángel Gonzalo, Redactor Jefe Internacional de Onda Cero