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Los puntos cardinales

Normandía salva al soldado Hollande

Junio 10, 2014

Las playas normandas han sido hace unos días el centro de la atención del mundo. La actualidad se trufaba con los recuerdos y con la historia para conmemorar el setenta aniversario de la operación militar más numerosa y compleja que se recuerda y que supuso el impulso a los valores democráticos frente al totalitarismo de Alemania nazi. Las ceremonias tenían lugar el 6 de Junio y justo un mes antes, cuando se cumplían dos años del mandato de François Hollande, los sondeos publicados en Francia ponían el acento en que sólo el 21% de los ciudadanos del hexágono aprobaban la gestión del inquilino del Eliseo. Ninguno de sus antecesores había logrado semejante fracaso en tan poco tiempo.

Bien es cierto que la crisis en el país vecino es global y afecta a los dos grandes partidos, como ha quedado patente en las Elecciones Europeas. Tanto el PSF como la UMP se habían enfrascado en sesudos debates sobre las grandes reformas que la República necesita, – la territorial, la referida a la inmigración y la educativa-, cuando llegó el Día D. De repente, todo análisis nacional quedó en suspenso y del limbo de la mediocridad en el que parecía haberse instalado surgió el Hollande estadista y la Diplomacia con mayúsculas. En la víspera de la histórica celebración, el presidente recibía a Isabel II de Inglaterra con la que recorrió los Campos Elíseos después de que la Guardia Republicana ejecutase una versión excelente del “Dios salve a la reina”. Luego, cena con Barack Obama en un restaurante parisino y posterior refrigerio con Vladimir Putin en el Elíseo. Y eso que las críticas se habían sucedido en las jornadas previas por la invitación al presidente de la Federación Rusa.

Maestro de ceremonias

Y llegó el viernes, y con ello la serie de actos solemnes, repletos de simbolismo y emoción en los que François Hollande ejercía de maestro de ceremonias, ubicuo y omnipresente. Está claro que este hombre no tiene el magnetismo seductor de su antecesor, Nicolas Sarkozy, así que por muy numerosas y seguidas que fuesen sus apariciones televisivas no llegaron a resultar cargantes. Caen, Colville, el almuerzo en Bénouville en el que, con la ayuda de Angela Merkel, Hollande logró que Putin y el presidente electro de Ucrania, Petro Poroshenko, hablasen frente a frente durante un cuarto de hora. Algo es algo. Y después, la gran ceremonia en Ouistreham, en las arenas de la Playa de Sword, uniendo a diecinueve jefes de Estado y de Gobierno. Pudimos ser testigos del incesante ir y venir del presidente francés, mutado en el mejor relaciones públicas o en el más profesional jefe de protocolo.

Durante cuarenta y ocho horas, los franceses supieron olvidarse de sus vicisitudes domésticas y ser conscientes, con ese orgullo que los ignorantes confunden con el chauvinismo, de que cinco enclaves de la bella Normandía eran el museo vivo de nuestra historia y el objetivo de toda la prensa de Occidente. Y en medio, un hombre menudo, abofeteado hasta la extenuación por los sondeos, se sobreponía como las fuerzas aliadas que setenta años antes hicieron un acto de fe ante las balas alemanas en aquellas mismas playas. Parecía que la historia se había conjurado para salvar al soldado Hollande.

Ángel Gonzalo, Redactor Jefe Internacional de Onda Cero.