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Diciembre 13, 2010

Llegué sólo unos minutos tarde al restaurante tailandés donde había quedado con Elsa. Ella ya estaba sentada en la mesa. La encontré estupenda, como si el tiempo apenas hubiera pasado. Habían pasado seis años. Al verme sonrió ampliamente.

– Hola guapa… ¡Estás fenomenal!
– No, no tanto –le dije mientras nos besábamos- tú si que estás estupenda.

Me senté en la mesa. Nos hicimos un rápido vistazo de inspección disimulada. Yo estaba segura que pasaba con nota su revista; llevaba un modelo de Chanel auténtico y un bolso de Louis Vuitton de la temporada. Me lo acababa de regalar una cliente a la que había resuelto un problema en su empresa sin haber tenido que llegar a celebrar juicio alguno.

Entonces me di cuenta de que algo no iba bien. Elsa llevaba una blusa de verano, a pesar del frío y lluvioso día. Se había maquillado, pero no disimulaba las sombras grises bajos los ojos. Y su piel… no lucía como la última imagen que recordaba de ella.

– ¿Qué te apetece? Yo casi preferiría que eligieras tú, porque nunca me acuerdo del nombre de los platos que me han gustado… -Me dijo Elsa mientras dejaba la carta cerrada a un lado suyo.
– ¿Y si pedimos el menú de degustación? Yo es lo que suelo acabar haciendo cuando vengo aquí. –Mentí intencionadamente. No tenía ganas de revisar la carta. Venía de tener que leer más de trescientos folios de un caso penal.
– Ah… ¡perfecto!
– ¿Y si nos tomamos antes un aperitivo? ¿Martini?
– Yo prefiero agua. Pero pide tú.

Entonces me fijé en sus uñas. Elsa siempre había llevado una manicura impecable, que realzaba aún más sus manos. Excepto hoy. Sus manos parecían las de una persona con más edad de la que ella tenía, y pedían a gritos un cuidado intensivo urgente. Algo no encajaba. Me pregunté cuál sería el verdadero motivo de nuestro encuentro. Pero no tuve que esperar mucho más. Elsa no podía disfrazar más su angustia.

– Eloisa… Necesito tu ayuda profesional. –Elsa buscó mi mano y la apretó con fuerza.
– ¿Profesional? ¿Cómo abogada?
– Sí. En cierto modo sí.

Empezó a contarme su historia sin derramar una lágrima. Permanecía impasible, como si hablara de una vida que le era ajena. Y desde aquella distancia me relató la pesadilla de su noche de bodas; cuando abrió la puerta y se encontró a otro hombre junto a su marido. Desde aquel desentendimiento inicial, me aclaró la bisexualidad de su marido y de cómo ella entró en aquel juego perverso a cambio de no perder el elevado status social que le proporcionaba.

Elsa me miraba a los ojos, sin retraimiento.

A mí me parecía que ya no tenía nada que ver con la veinteañera sonriente con la que había compartido tantos buenos ratos. Me daba cuenta que la vida me devolvía una muñeca rota. Ella parecía haberlo tenido todo: belleza, simpatía, inteligencia, humor, posición social… Pero le había faltado lo principal: creer en sí misma. Hoy lo veía al fondo de esos ojos sin brillo, lo descubría en sus manos descuidadas, en la necesidad de narrar una historia desdoblada de sí misma…

Elsa siguió relatándome su “nueva vida” en la que el alcohol acabó siendo su compañía más fiel y segura. El alcohol le permitía perdonarse por no tener la valentía de romper una vida que no era suya; le consolaba su vacío y le posibilitaba el camino del olvido.

Fue al tiempo de tomar los cafés cuando me sorprendió con un nuevo giro en su relato, que convirtió el desenlace en algo imposible de imaginar. Mientras ella hablaba, yo barajaba un divorcio complicado al dirigir su marido un embrollado conglomerado de sociedades participadas las unas en las otras.

Yo proyectaba la dirección que debería tomar el asunto, cuando Elsa introdujo un personaje nuevo en la historia: un amante. Un hombre que la sacó del submundo en el que ella se había sumergido; la permitió reconstruirse y diseñar con ilusión el nuevo rumbo de su vida. Se quedó embarazada y tuvo a su hijo.

Felicité a Elsa por ello. No lo sabía. El niño tenía ocho meses. Me enseñó la foto de un regordete bebé con aspecto saludable. Y entonces Elsa rompió a llorar.

Me había contando con una frialdad misteriosa su biografía más deshonrosa; y se resquebrajaba en el episodio más feliz. Evidentemente faltaba aún alguna pieza más en su puzzle vital. Imaginé que el niño era del amante; y que ella dudaba si divorciarse por el tema económico.

Pero no. Aún no había acabado su historia. El amante era el padre de Enrique. Y el niño era hijo de él. Enrique no podía tener hijos.

– ¡Elsa! ¿qué me estás contando? ¡Dios mío! –No pude evitar interrumpirla. No podía haberme imaginado nada parecido. Se me acababa de desbaratar toda mi composición mental.

Elsa volvió a buscar y apretar mi mano. Aún no había acabado de contar la vida tan singular que ella misma había ido escogiendo día a día con cada una de sus desorientadas decisiones.

El padre de Enrique se enfrentó a su hijo para que reconociera al bebé y no estallara ningún escándalo social; y eso le costó la vida. Falleció de un infarto. Enrique reconoció al niño, pero sometió a Elsa a un infierno de vida diario, donde las vejaciones acabaron siendo su pan de cada día.

– No puedo más Eloisa. No puedo más. Tengo que sacar a mi hijo de esa pesadilla, tengo que ofrecerle una vida de verdad y no una mentira que sólo le puede llevar a una tormento seguro… ¡tengo que acabar con esto por el bien de mi hijo! Ayúdame. Porque si no puedes ayudarme, te adelanto que acabaré en la cárcel por asesinato.

Me asustó de nuevo la apatía con la que pronunciaba cada palabra. ¿Ayudar? Trataba de encajar aquél rostro con el que una vez había compartido ilusiones y risas… Me preguntaba cómo enfocar el asunto por el tema del maltrato, cómo conseguir que Elsa se fuera con un buen colchón económico, cómo poder alejar a un supuesto padre de un bebé que no es su hijo real… cuando vi la mirada sin fondo de la madre que le iba a custodiar y guiar. Mi vieja amiga Elsa. Una persona que un día lo tuvo todo… menos confianza en sí misma. Mi vieja amiga que decidió no tomar las riendas de su vida.

Ha sido la única vez en mi vida que pronuncié estas palabras: “Lo siento. No puedo ayudarte”

Pedí la cuenta y antes de abandonar la mesa le apreté la mano. Elsa no vino buscando una amiga, vino buscando alguien que llevara su pesada carga. Para mí no era un cliente más; y eso me arrastraría a un punto que yo no había elegido. Elsa necesitaba algo más que una abogada.

La voz cariñosa de mi Científico me ayudó tamizar la experiencia vivida cuando me llamó para darme las buenas noches. Concilié rápidamente el sueño, gracias a su voz; y a mi conciencia tranquila.

Teresa Bueyes