Menú Portada
Otras opiniones

No es tiempo lo que echan en falta, sino amor

Mayo 22, 2014

SIESTA

Va en un teleférico. Escucha un grito de auxilio. Sale al exterior por la escotilla. Salta hasta el otro teleférico. Rescata al caniche. Saca un paracaídas y ambos descienden volando. Aterriza con elegancia y deposita el animal en el suelo. Se acerca la dueña corriendo y le abraza en agradecimiento. Ahora conduce un deportivo a gran velocidad con el codo en la ventanilla. Llega a un lago. Agarra el cable y se desliza sobre el agua detrás de una lancha. Suena un pitido. La embarcación está enviando una señal de alerta. El ruido es cada vez más intenso… Despierta.

       ¿Cómo va tu día en el trabajo? – le pregunta el alumno al bibliotecario.

       Un sinfín de obligaciones, no tengo un minuto libre.

Y así es mi mundo, mi vida tranquila.
VALOR

– Despacio, doctor. Más despacio. 

Con movimientos graves, retira el capuchón del estilete y aplica un corte limpio. Con unas pinzas extrae la bala de la dermis profunda. Dando muestras de destreza realiza la sutura con pulcritud. Una vez terminada, levanta la vista y mira al paciente. Éste le está observando, los ojos inyectados en sangre. Cruzan sus miradas y el facultativo le reconforta con una mano en el hombro. La operación, sin anestesia, se ha producido sin un gemido ni sobresalto. Valentía en estado puro. Los gritos silenciosos de la guerra.

CULPA

– En cinco minutos estoy ahí – le dijo a su jefe.

Según colgaba la llamada, volvió a sonar el teléfono. Era su pareja. Hablaron. Mayormente habló ella. Le recriminó algunas cosas. Se declaró incapaz de continuar con la relación. Le dijo que ya no podía volver a amar. Insinuó que lo había dado todo por él. Y ahora no le quedaba nada. El sintió hielo en su corazón. El paquete de la entrega se congeló entre sus dedos. La vida adoptó un carácter de deuda. Se declaró culpable ahí mismo. Su juez, su verdugo. El paquete llego a su destino. Más tarde de lo previsto.

Él aún navega a la deriva en mares árticos.
CIRCO

– ¡Vamos, demonio, atrévete conmigo!

Quien así hablaba tenía poco que perder, excepto la vida. No obstante, las piernas le temblaron cuando lo hubo dicho. A pocos metros, el gigante giró sobre sí y dirigió la mirada hacia la voz que lo provocaba. Era colosal. El temblor subió hasta los brazos. Todo su cuerpo estaba en vilo. Poco podía hacer contra aquella fiera de hombre. Sus ojos dibujaron la derrota antes de empezar a luchar. El gigante lo vio, y de un salto se plantó a su lado. Con un solo golpe lo batió en la arena. Y el público rugió de emoción.

El niño había quedado fuera de su alcance, escabullido entre los escombros, gracias a la distracción provocada por aquel esclavo, que le había costado la vida. Los hombres se matan como bestias por sobrevivir. Y el público se entretiene.

EL BESO

Todos los días ocurre algo similar. Algunas personas se acercan, miran el escaparate, luego el reloj. Entonces se marchan. Los televisores del otro lado del cristal muestran la misma escena, la misma repetida en todos ellos. Un beso, largo y dulce, correspondido. Un momento de pasión sincera, de entrega compartida. Ella lleva un sombrero oscuro, él un pañuelo al cuello. Sin época, sin lugar. Tan sólo dos personas y un fondo azul verdoso.

Los viandantes se quedan observando, perplejos, la belleza de la imagen. Y cada cual con sus motivos, tiene la impresión de que es tarde, de que llevan mucho tiempo ahí parados. Y continúan sus caminos.

Pero no es tiempo lo que echan en falta, sino amor.

 

© Javier González Cantarell