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Otras opiniones

Niño precoz

Febrero 10, 2010

Siempre he sido precoz para todo –o para casi todo, debo aclarar para las mentes calenturientas- y me enorgullezco de haberlo sido. Recuerdo que con trece, catorce, quince y hasta dieciséis años asistía impertérrito a las dos primeras horas de emisión del programa ‘Tómbola’ desde la sala Vip de Canal 9. Lo pasaba en grande y me imaginaba danzando de un sitio a otro buscando exclusivas. Allí, al cuidado de mis padres, realizaba mis primeras entrevistas e intentaba dar explicación a los grandes enigmas del cuché. Entre otras cosas, aprendí que ese mundo de algodón recubierto de azúcar era mucho más amargo e indigesto de lo que nunca imaginé. A pesar de los pesares, me encantaba ser partícipe de todo cuanto ocurría a mí alrededor y no dudaba en fisgonear en camerinos y otros santos lugares. Ahora me doy cuenta de lo importante que fueron aquellos momentos para mi carrera periodística. Estoy convencido de que, sin el firme empujón de mis seres queridos, se me hubiera quedado el sueño en el tintero. Mientras estudiaba y me formaba en la facultad, seguía con mi verdadera motivación apareciendo y desapareciendo de los medios de comunicación. Muchos miraban con escepticismo a mis padres por no interponerse en mi camino. Eso no influyó en mis estudios, ni mucho menos en mis aspiraciones personales. Muy al contrario. En aquella época viví, sin duda alguna, los momentos más divertidos y apasionantes de mi trayectoria profesional.
 
Por eso me resulta patético y sobreactuada la actitud de ciertos padres que prohíben que sus hijos intervengan en programas de televisión o espectáculos en los que realmente disfrutan. Amparándose en la protección de los menores, una falsa y absurda defensa que huele a naftalina, ponen piedras en el camino a los jovencillos que intentan destacar. Craso error. Me parece francamente ridículo, e incluso asqueroso. Estos días es noticia el plantón que María José Campanario ha dado a una organización con Síndrome de Down que organiza el próximo viernes un desfile infantil para recaudar fondos. Invitaron a su hija Julia y ella aceptó. Sin embargo, cuando se enteró de que las cámaras irían a cubrir semejante espectáculo, cambió de decisión: “mi hija no es un mono de feria”, volvió a repetir. ¿Quién sabe si a la pequeña Julia le encantaría ser una modelo, actriz o cantante? Sería importante saber escuchar y discernir, de una forma rotunda, a los niños que realmente quieren tener presencia en los medios y de aquellos que lo hacen por temor u obligación.
 
Sin embargo, lo que no entiendo es que muchos de esos padres opten por mandar a sus hijos a clases de latín, de griego o de guitarra acústica antes de hacer felices a sus vástagos con actividades que, lejos de la utopía, son realmente productivas e interesantes. Negar que hay niños que, desde muy pequeños, tienen intereses creativos y artísticos es una locura, y más cuando ahora hay organizaciones y talleres que alimentan esa ilusión. Imagino que si a Marisol, Tamara o a Michael Jackson sus padres no le hubieran tendido una mano, nos habríamos quedado sin grandes voces y, lo peor de todo, ellos se habrían quedado sin cumplir su sueño. Hay que valorarlo todo, incluso que esos pequeños se queden algo retrasados en sus estudios, pues hay artistas que, sin poseer una cultura envidiable, son mucho más inteligentes e interesantes que facultativos con gafas y maestros de greñas descuidadas.
 
Saúl Ortiz es periodista y novelista