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Otras opiniones

” Ninfomanilla “

Octubre 26, 2010

Me llamaba ninfomanilla. ¿El motivo? Supongo que lo conserva bien guardado bajo llave, su mente no tiene igual a la hora de tapar secretos.
Ninfomanilla… tal vez por la excesiva demanda de mi cuerpo, ya no sólo por el placer carnal que conllevaba, sino por el inmenso vacío cultivado desde hacía tanto tiempo que ni siquiera podía cuantificarlo.
Me caracterizaba una falta tremenda de cariño, la cual me hacía aún más susceptible. Un hueco generado por la inexistencia de un ser que compartiera mis días, mis ilusiones y anhelos. Las preocupaciones, las alegrías y las penas. Mis días peores eran igual que los mejores, teñidos de una soledad aplastante.
Buscaba en él el refugio, una cueva en la que pretendía ingenua e inconscientemente permanecer inalterable. Un lugar para encontrarme conmigo misma, con mi mente y mis sentidos entrelazados. Sus manos conociendo mi cuerpo, eran el instante que acaparaba todos mis recuerdos. Me abandonaba a las sensaciones que pedía a gritos mi ser, pretendiendo de alguna manera desaparecer del mundo. Sí… eso es exactamente lo que sentía. Me sentía inexistente, en otra órbita cuando su cuerpo hacía peso sobre el mío.
Ese es el verdadero motivo de mi adicción al sexo, matar mi soledad y frenar mi pensamiento, bloquearlo. En muchas ocasiones deseaba que mi mente se detuviera, no pensar más, descansar aunque sólo fuera por unos segundos. El pensamiento me hería, odiaba ser presa de mis emociones y, especialmente, del resto del mundo.
Solía calmar ese torrente instintivo con mis propios medios, tampoco pretendía incomodar a nadie, ni mucho menos sobrepasar sus límites. Era una especie de escape, pero demasiado fugaz. Tras el clímax volvía a sentir el peso, la opresión en el pecho, y especialmente algo que me martirizaba: el silencio, la nada… la falta de un abrazo en medio de todo aquello, de la quietud abrumadora.
Él era una víctima, derretido en mi fuego. Y yo la nínfula, su nínfula. El espacio recogido entre las cuatro paredes de su habitación eran mi reducto, allí dejaba de respirar, todo a mi alrededor desaparecía, se difuminaba como los trazos del pastel sobre el papel estraza. Una vida embotellada en cristal.

No tenía límites, he de reconocer que cuando me adentraba en aquella espiral no podía parar. Necesitaba cada vez un poco más, seguir flotando en aquella “petit mort” interminable. Hasta que las gotas de sudor dibujadas en mi piel formaban surcos. 

Ninfomanilla… en el fondo me gustaba ese apodo. No por lo que implicaba, sino porque el diminutivo dejaba entrever que existía cariño, era todo un detalle, tal vez inapreciable por muchos. Me gustaba, me gustaba cada vez más. Sabía que allí, entre sus brazos hallaba el respiro. Desconozco su impresión al respecto, pero qué más da; no me habría solucionado nada, todo seguiría intacto.

Puedo ocultar lo que soy pero no lo que siento. Se desprende de alguna extraña forma como el perfume, emana por los poros de la piel. Si me avergonzara de ello me estaría negando a mi misma. Cuando mi cuerpo goza, mi mente vuela y me alejo, poco a poco, lentamente. Muy… lentamente…