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¡Qué fuerte!

Ni olvido ni perdono

Diciembre 9, 2016
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Ya nada me sorprende, tampoco incluso que una serie de televisión genere tal polémica que haga aflorar sentimientos enfrentados sacando lo peor de cada uno de nosotros. Esta semana Tele 5 ha emitido en dos capítulos una mini serie llamada “El padre de Caín” basada en la novela homónima de Rafael Vera. Seguramente el gran error haya sido contar una parte de la historia más dolorosa de España de la mano de un expolítico que fue condenado por  delito de secuestro y malversación de caudales públicos en relación con el grupo terrorista GAL que practicó la llamada “guerra sucia contra ETA“. Tenemos la suerte, o la desgracia, según se mire, de que ahora todo el mundo puede verter cualquier tipo de opinión en las redes sociales sin dar la cara, justo lo que ha ocurrido estos días, que unos espectadores han alabado la serie por revivir la memoria de las 858 personas que fueron asesinadas por la banda terrorista ETA, pero otros han criticado que se cuente sólo una parte, que se quiera lavar la imagen del cuartel de Intxaurrondo, famoso por sospecharse que allí se torturaba a los detenidos.

Nuestra historia por delante

Ahí está la historia, nuestra historia, la que hemos vivido varias generaciones de españoles que todavía estamos vivos y que ni olvidamos ni perdonamos. La serie ha venido a remover conciencias, está claro, pero es verdad que, como en todo, no siempre se cuenta la verdad total. ¿Cuántas películas hay sobre la guerra civil que sólo cuentan la historia de un bando y nada sobre el contrario? Los que hemos vivido con ETA vivimos  años de terror en los que nos daba miedo salir a la calle por si nos tocaba, encendíamos con miedo la radio y la televisión con pánico a enterarnos de un nuevo atentado. Vivimos con miedo, mucho miedo, y cada día que despertábamos con un nuevo atentado entendíamos menos la gran injusticia que suponían esas vidas inocentes a cambio de nada. Una manera equivocada de exigir un camino que no llevó a nada, muertes en vano y sin sentido que no llevaron a nada más que al dolor de las familias de esas 858 personas que fueron asesinadas. Porque las víctimas no son sólo esas 858 seres humanos, son todas sus familias, padres, madres, hijos, abuelos, primos, tíos, amigos, compañeros de trabajo… cada muerte era una ola de dolor que se extendía, y ya no sólo a las familias, sino al resto de españoles que veíamos una sinrazón en esa guerra en la que sólo combatía un bando mientras el otro ponía sus nucas. Pero en este bando nuestro, en el de los buenos, también hubo asesinos: en ningún caso los GAL se pueden justificar. Matar porque han matado te convierte en igual de asesino que el que dispara primero y no exime de culpa.

He leído con asombro y profunda tristeza como, en twitter, gente que no se conoce se insulta y se pierden el respeto, cada uno defendiendo su ideología. Penoso ver cómo todavía hoy queda gente que se sintió y se siente oprimida por el estado porque no les deja vivir en su independencia y por eso justifica y alaba tanto tiro en la nuca y tanto coche bomba. También es muy triste leer cómo una generación menor que no ha vivido y que tampoco se habrá molestado en documentarse, habla alegremente defendiendo a la banda terrorista. Pueda que sea esa misma gente que, sin saber bien lo que hace, vote a un partido político que justifica aquellas muertes, ve como una aberración que no se realice un acercamiento de presos y que define a sus asesinos como “hombres de paz”. La libertad no consiste en tenerla para poder matar a otro sino, precisamente, en tenerla para respetar a los demás. Un sentimiento nacionalista que es imposible de entender en las mentes abiertas, libres y que no saben de fronteras sino de respetos y libertades. Así que yo, como tantos, ni olvido ni perdono, pero dejo al mundo andar.

Rosana Güiza

rosana@rosanaguiza.com