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Otras opiniones

Newtown, el porqué de una masacre que se repetirá

Diciembre 17, 2012

Últimamente estoy soñando más. Puede que lo haya hecho siempre, o no, pero ahora al despertar soy capaz de capturar algunas de las secuencias que han ocupado las horas de mi descanso y guardarlas en la memoria de forma consciente. Le confieso que siento un pequeño orgullo al lograr retener lo que involuntariamente juega con mis neuronas en la oscuridad.

Paseaba por la plaza Vendome de París. Al acercarme a los escaparates comprobé que los gruesos cristales de las joyerías habían desaparecido. Podía acariciar collares, relojes y pulseras valoradas en miles de euros. La barrera física se había evaporado. Dentro de las tiendas, los dependientes yacían inconscientes sobre el suelo junto a botellas de champán vacías. No se de dónde aparecieron ni cómo, pero de repente, mujeres con visones, sus chóferes, turistas y hasta uno vestido de trapecista cogían todo lo que podían y salían a la carrera. Un mendigo les gritaba: “¡¡¡Ladrones!!! ¡¡¡Que alguien llame a la policía que yo no tengo móvil!!! Cuando desperté no logré recordar si yo había aprovechado la ocasión para afanar algo. Incluso rebusqué en los bolsillos pero nada. Es broma.

Prevención secundaria

Le cuento este sueño en relación con el debate sobre las armas que ahora tristemente vuelve a estar de actualidad en Estados Unidos después de la reciente matanza en Newtown. En este país es más fácil acceder a cualquier artilugio con gatillo que entrar en un bar a beber alcohol. Es lógico pensar que si en la tierra del sueño americano, donde casi cada uno de los 300 millones de habitantes guarda un arma en su casa, estadísticamente tiene que haber quien pueda hacer un mal uso de ellas. Por eso si se limitase esa posibilidad, habría menos desdicha, rabia y lágrimas entre los padres de las víctimas de centros escolares. Por la misma razón que en los escaparates de las joyerías existen barreras de cristal entre el ser humano y las piezas valoradas en miles de euros. Evite la tentación del potencial delincuente y controlará el delito. Es lo que en Criminología se conoce como prevención secundaria.

Los defensores de las armas en Estados Unidos utilizan otro argumento para desmontar esta tesis. Aluden a la matanza de la Isla de Utoya en Noruega en 2011 donde fueron asesinados más de 60 personas. Aducen que en este país del norte de Europa están prohibidas las armas, pero que Breivick, el asesino, quiso matar y pudo hacerse con un rifle y una pistola. Si las víctimas hubieran tenido acceso libre al mercado de armas, podrían haber repelido la agresión y habría habido menos víctimas.

La falta de límites

Pero más allá de la prevención y del manido debate sobre la legalización de las armas (que para mí está claro, menos armas en las calles menos delito), donde debe radicar el verdadero debate es en la sociedad que estamos construyendo entre todos. ¿Qué pudo pasar por la cabeza de Adam Lanza para cometer semejante masacre? He manejado varias teorías en estos días y he leído que padecía un síndrome de Asperger, un trastorno antisocial de personalidad o incluso que estaba tomando un medicamento para la esquizofrenia. Todos datos confusos y sin contrastar. Pero más que en los numerosos diagnósticos cerrados ofrecidos por unos y por otros, prefiero fiarme de las manifestaciones más profanas pero más ilustrativas de aquellos que conocían a Adam, y de las cuales, en principio, y a falta de más datos, se desprende que su incapacidad para relacionarse, el aislamiento y sus nulas habilidades sociales fueron ennegreciendo su ya oscura personalidad. Probablemente culpaba a los demás de su frustración y por eso se vengó.

En cualquier caso, lo que sí que tengo claro es que la forma de ser del asesino se fue construyendo desde su infancia. Él no tuvo la culpa de nacer con un sustrato de personalidad determinado. Tampoco de su introversión o falta de empatía hacia el prójimo, de su nula emoción. ¿No vieron sus padres que ese temperamento había que neutralizarlo con factores ambientales? ¿Qué su “disco duro” necesitaba programas de socialización? ¿Qué había que llevarlo al psicólogo? Estoy convencido de que la ausencia de referentes morales, la laxitud en su educación y la falta de límites, cada día más habituales en nuestra sociedad, contribuyeron a consolidar esa forma de ser. Porque si la pregunta es: ¿naces o te haces?, la respuesta es: ambas cosas.

Y dicho sea de paso, y sin atreverme a relacionarlo directamente con el caso que me ocupa por evidente falta de datos, como decía, me gustaría contestar a otra pregunta que no se formula por miedo, que no se contesta por horror: ¿hay niños psicópatas? La respuesta es sí. Los hay. La reticencia de la sociedad a admitirlo nos lleva a no tratarlos cuando todavía estamos a tiempo. Nos arrepentimos de ello cuando el niño psicópata se ha convertido en un adulto tirano en el mejor de los casos, o en un asesino en serie en el peor de ellos.

La pulsión del asesino

Pero volviendo a Adam Lanza, se cuenta que un simple incidente en los días previos con alguien del centro fue el catalizador de la masacre. Lo que yo llamo el famoso factor estresante presente en la mayoría de las tragedias de este tipo y para el cual el sujeto no encuentra mecanismos de escape. La solución la encontró colándose en el colegio y acribillando a balazos a 26 personas, 20 de ellos niños en torno a seis años. Probablemente al terminar se sintió aliviado. A continuación, acabo con su insoportable existencia.

Nadie se lo podía imaginar. Gran error: un niño es un libro abierto que deja pistas a lo largo de la infancia y adolescencia. Nadie supo verlas ni identificarlas. Prefiero creer que por desconocimiento más que por desidia. O, como ya le he adelantado, por reticencia a calificarlas ya que creemos que lo que callamos no existe.

Me duele el alma sólo de pensar en los padres de las víctimas o en el miedo que debieron de pasar los niños y sus profesores. Tengo la sensación de que las tragedias dejan tras de si un hondo dolor, lagrimas y tristeza, pero nunca aprendemos de ellas y con el tiempo se olvidan. Los colegios con más recursos económicos podrán guardias de seguridad armados o cerrarán mejor puertas y ventanas para convertir en bunkers inaccesibles los colegios o universidades. Evitaremos la oportunidad, desplazaremos la tragedia. Sin duda, algo es algo. Pero nos olvidaremos de la motivación, de la etiología del hecho criminal. Seguiremos negando que nuestros hijos puedan ser pequeños psicópatas en potencia. 

Nacho Abad

nachoabad@extraconfidencial.com