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Otras opiniones

Negro sobre blanco

Julio 16, 2016

Si en algo acierta la estrategia errejonista es haber apreciado que la nueva política sólo puede venderse como religión, si nada había para ofrecer, sólo podía ofrecerse como fe, una religión transversal, la que representa la alegría y sonrisa del creyente, que engatuse a todos esos pioneros ignorando esa supuesta antinomia entre izquierda y derecha. Una fe a prueba de la cara mustia e inexpresiva de Iglesias. Al contrario que el PSOE que pretende creerse su propio mantra, UP sabe que la única contradicción es ejercer o no el poder. Quien busca el reino de los cielos, lo demás se le dará por añadidura. La sabiduría de ese pueblo español que Unidos-Podemos desprecia les ha puesto en su sitio al querer soluciones, no artículos de fe. Tal vez puede invocar la fe, pero no la práctica.

El problema de ese pueblo que Unidos-Podemos desprecia es que puede creer en la formalidad de la religión en las celebraciones sociales, en el bautizo, en la boda y en el funeral, pero ha perdido la fe. Hasta los creyentes de siempre no piden una nueva sociedad humana, sino una vivienda, o una pensión como si fuera un derecho natural. Cualquier español sabe por sí mismo que lo que cada cual declara o es una verdad a medias, o es falso y con seguridad. Iglesias, Monedero y sus acólitos, ministriles y monaguillos saben bien que han podido vocear su mensaje porque contaban con esa retribución extra de la Venezuela y el Irán corrupto. No importa que no haya ido al partido, peor aún, ha ido a su salario, el salario de la colusión y el tráfico de influencias que ha permitido hacer un partido en el interior de un departamento universitario. Como cuando los profesores obtienen en la universidad no sólo su salario y su vivienda sino la expresión de su sexualidad. Iglesias, Monedero y tantos otros de sus protegidos ignoran la ley de incompatibilidad, y vienen practicando sus particulares puertas giratorias, ahora convertidas en escaleras mecánicas dentro de la propia maquinaria para subir las plantas del poder. La incompatibilidad sólo afecta a quien no está en condiciones de sortearla. Quieren prohibir lo que ya practican, usar las instituciones para mejorar su posición y su peculio.

La sublimación de la picaresca

La explicación que no encuentran, el miedo a lo nuevo, es que de pronto pueda ser cierto que se acabe la corrupción que se practica en el país. Menos mal, que su trayectoria da alas a lo contrario. En la España gremial que trata de reservar para sí atribuciones profesionales únicas, la cultura social es la de la picaresca, el tráfico de influencias, el hurto, y como frutos de semejantes árboles, el nepotismo y la endogamia. El marido de Colau, el sobrino político de Carmena, el hermano de Garzón, el padre de Maestre, son botones de muestra, sin olvidar primos, cuñados, suegros y amantes.  Un corrupto lo corrompe todo. El pícaro español hurta, no roba y lo hace pensando en la justicia redistributiva, quien roba a un ladrón tiene cien años de perdón, toma de su entorno lo que cree que le pertenece en el peor caso como una ayuda a su salario. El español de bien, el listillo que se cuela en la lista de espera o en el aparcamiento, cobra en negro, paga sin IVA o factura con una parte menguada de sus facturas cuando no queda más remedio, o se apropia de los recursos de la empresa, ya sea material de oficina o por cualesquiera otros medios que le sirvan para sortear sus avatares económicos. El español optimiza su comportamiento y busca obtener un rendimiento extra sin correr excesivo peligro. ¿Cómo un comportamiento tan general podría ser criterio para decidir sobre sus gobernantes? El mal político no es el que se apropia de recursos ajenos, sino el que no reparte y acrece los propios.

La sublimación de la picaresca la convierte en corrupción y la corrupción no tiene ideología. La ideología no da de comer. El “hombre nuevo”, el mesías salvador de la especie, el caudillo, entregado en cuerpo y alma a la colectividad no existe, solo existe el español viejo, taciturno que, sin embargo, muestra su ira ante la injusticia. En un mitin, un líder ve a las personas como una masa informe de cuerpos y no como individuos y en este punto puede llegar a considerarlos no humanos, como los puntitos negros de Harry Lyme en El Tercer Hombre. Dirigirse a la gente y no a las personas, hablar de sus creencias, no de sus necesidades y de cómo resolverlas, hacer tangible la acción política como ejecución de pautas económicas racionales y no como ideología son estrategias de la picaresca política que buscan mediante el funcionamiento gregario de la masa una forma de control sobre su libertad política.

La corrupción como argumento

Los votantes disponen de estrategias racionales que desenmascaran el discurso politeísta de los populismos; la “transversalidad” del jefe de campaña Errejón queda al descubierto. No puede definirse la honradez por la asignación de las personas a un partido político o a otro como si existiera una pasarela entre la moral personal y la organización social. Rajoy es el pim-pam-pum al que le tiran todas las piedras, pero de ningún modo puede ser jamás más corrupto de lo que es Iglesias y sus compinches cuando a medida que pillan cacho reparten prebendas y dispendios entre sus familiares y amantes, como se evidencia en sus circunscripciones. La corrupción no es un argumento para orientar el voto. Las personas obvian esta necedad en tanto las personas honradas desean que el partido que gobierne persiga a estos usurpadores de bienes públicos con mayor eficacia.

El Partido Popular ha sido mejor gestor en la persecución del fraude, ha elaborado leyes que han puesto límite a la usura política, ha encarcelado a banqueros, tesoreros y conseguidores, famosos y políticos como no podía ser de otra manera. ¡Caramba!, hay varios miles de encausados y existen varios cientos de encerrados, algo que en la historia predemocrática que vivimos nunca ha ocurrido. Decía Giuliani que los criminales futuros se educan a sí mismos cuando se cuelan en el metro, cuando copian en los exámenes, cuando defraudan día a día, y cuando se silencia en solidaridad con los que la hacen. Es fantástico el momento que vivimos; estamos ansiosos por descubrir en el telediario  los últimos adalides del “ladrocinio”, que el italiano define como “Appropriazione indebita, furto perpetrato sotto apparenze legali atolladero sin ruberia.”

Hay que poner en vereda a esa España de charanga y pandereta que imita a los grandes personajes de las películas italianas de Fernandel y Toto, a esa España que perdona rápidamente a los defraudadores, que encumbra a los perseguidos de la justicia y los pone en la calle pronto, a esa España dogmática y fundamentalista de los Iglesias y los Sánchez que tan eficazmente enfatizan los delitos ajenos cuando se autoperdonan los propios, la inefable solicitud de perdón sin contrición, con un par de padrenuestros. ¿No es mejor esperar fidelidad a los valores a aquellos que su posición les permite ignorar los sobornos?. No copia en los exámenes el estudiante brillante, ni sacrifica vidas ajenas para su promoción quien puede deber sus éxitos a sí mismo. En la defensa del demérito una de las dos Españas ha de helarte la razón.

La corrupción no es el argumento, no seamos idiotas. El miedo a lo nuevo, es miedo a tener más de lo mismo. Que Rajoy pretenda el Gobierno que legalmente le pertenece según los resultados electorales es perfectamente lícito frente a los que detentan el poder. No existe prueba alguna ni se ha demostrado que haya metido la mano en la caja. Mejor le hubiera ido fuera de la política, al contrario que muchos advenedizos y aprendices de brujo. La corrupción es de los comensales que  comparten mesa con el poder de turno. Cuantos esconden la mano chamuscada por ponerla en el fuego y, sin embargo, se castiga a los que reconocen la equivocación de su inocencia por creer en las personas, en aquellas que tangencialmente viven a nuestra costa  sin hacer mención a sus tropelías.

El argumento de que ampara a los corruptos es falaz, o se demuestra su inocencia, o se encuentran detenidos o tienen causas pendientes, la justicia avanza inexorable con mayor acierto que equivocación. Los pícaros españoles, los honrados pícaros han decidido rendirle pleitesía votándole más y mejor que al resto de candidatos. Y no se han equivocado. Recordemos que el segundo, Sánchez, el primero de los perdedores y el resto que va a la zaga tienen más que hurtar. Y la reforma consiste precisamente en atizar con las urnas a los advenedizos que no han demostrado en absoluto su pureza de sangre. Ya tenemos elementos de juicio para sospechar de su limpieza. La España que amamos razonablemente merece su oportunidad.

Juan Pérez de Mungía