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Los puntos cardinales

Mujeres musulmanas, marginación y silencio

Marzo 25, 2014

Es un hecho incontestable que la profesión periodística se viene devaluando por muy diversos motivos. La precariedad de muchas empresas de comunicación y la bisoñez de gran parte de sus redactores están en el núcleo del problema. Sin embargo, hay compañeros de los que siempre se aprende, como Ángeles Espinosa, cuya experiencia de muchos años en las grandes ligas del oficio hacen que no existan secretos para ella en las orillas del Golfo Pérsico. Gracias a sus reportajes en El País hemos sabido que el rey Abdalá de Arabia Saudí mantiene a sus cuatro hijas en un curioso régimen de cautiverio. Están en un palacio en Jedah, pero a diferencia del resto de la familia y del enorme séquito de súbditos, ellas pernoctan en una vivienda dentro del recinto regio que carece de lo más elemental, incluso comida. En la política internacional se producen situaciones de una profunda hipocresía con demasiada frecuencia. El caso saudí, probablemente, sea uno de los más clamorosos. Y curioso también.

Me temo que estamos demasiado acostumbrados a mirar para otro lado cuando salen a relucir violaciones de derechos elementales en países que, en razón de su fuerza política, económica o energética son literalmente intocables. Resultó sorprendente que durante las celebraciones del Día Internacional de la Mujer el pasado día 8 no se vieran pancartas ni se escuchasen voces en defensa de los derechos de las mujeres del reino de los Saud, y eso que son verdaderas ciudadanas de segunda fila. El caso que denunciaba Ángeles Espinosa es uno más de una serie de atropellos a la dignidad. Porque también nos hemos enterado hace muy poco de que una organización con un nombre tan estremecedor como Comisión para la Promoción de la Virtud y la Prevención del Vicio ha prohibido a las saudíes de cualquier edad que se columpien en los parques o en las plazas. Consideran sus responsables que, con sus movimientos y sus balanceos, las mujeres se convierten en un reclamo para el abuso y el acoso sexual de los varones de Arabia.

<strong>Interpretación del Corán rigorista y extrema

Recordemos junto a todo esto que hace tres años, una valiente llamada Manal Al Sharif, de la que hablamos aquí en su día, inició una campaña de desobediencia contra los próceres wahabitas y su versión de la sharia que prohíbe explícitamente conducir vehículos a cualquier mujer. En todos los casos citados es la Policía Religiosa la que vigila por el estricto cumplimiento de esa interpretación del Corán rigorista y extrema, sin reparar en zarandeos o en humillaciones.

Ante esta actitud de quienes se sienten soldados de Alá, estoy a la espera de que destacadas feministas tanto españolas como de los países de nuestro entorno pongan el grito en el cielo y promuevan manifestaciones de apoyo y de igualdad. Cuando los talibán se hicieron con el poder en Afganistán en 1996, el mundo civilizado de las libertades y los derechos individuales consideró al movimiento de los estudiantes islámicos como un peligroso retroceso a los tiempos de la oscuridad. Se alentaron campañas muy loables en contra del sometimiento de las mujeres de esa parte de Asia Central. Fueron seis años de un Gobierno fanático que acabó con la operación militar internacional puesta en marcha tras los atentados del 11 de septiembre. Demonizaron a los talibán los mismos o las mismas que guardan un silencio cómplice con las prácticas de la monarquía saudí. Y no cayeron en la cuenta de que ingentes recursos económicos de Arabia permitieron que proliferasen las madrasas paquistaníes, las escuelas coránicas en las que desde muy jóvenes los varones son adiestrados en esos mismos principios radicales. En todos los casos, las víctimas siempre son las mujeres.

Ángel Gonzalo, Redactor Jefe Internacional de Onda Cero.