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Otras opiniones

Mitos de papel

Enero 27, 2010

‘Gran Hermano’ ha puesto punto final a cinco meses de auténtico espectáculo. Nadie puede negar que Mercedes Milà ha estado más sincera que nunca. Es la presentadora más alegre, vivaracha y espontánea que hay sobre la faz de la Tierra. Sería capaz, como la Esteban, de matar por ella, quizás porque entiendo que tras esa fachada de mujerona fortachona, rebelde y contumaz, se esconde una mariposilla almibarada que aletea siguiendo los impulsos del corazón. Eso la convierte en un ser verdaderamente irresistible. Sin embargo, hay algo que la diferencia de esos concursantes, sus niños, y es la capacidad para entender que la popularidad es tan efímera como la propia vida. Ella sabe mucho de autógrafos, pero mientras a Indhira, Arturo, lady Nagore y otras tantas del montón se creen dioses afortunados, a ella no se le sube a la cabeza.
 
No sólo esos concursantes de la casa de cristal son mitos de papel por los que niñas y niños darían gran parte de sus vidas. Hay criaturas que dejan de lado sus propios intereses para preocuparse por lo de sus ídolos. Cantantes que acaban siendo auténticos seres nauseabundos con ínfulas que no hacen más que reflejar la baja autoestima que les acompaña. Son dioses de la mentira, que endulzan a sus seguidores, triunfantes en la lejanía pero algo mucho más tristes en las distancias cortas. Por mi trabajo, conozco casi diariamente a grandes personajes de la televisión que se han convertido en verdaderos yonkis de la popularidad. Algunos de ellos balbucean entre lágrimas cuando los periodistas no les hacen el suficiente caso. Otros se hacen pasar por sus secretarios, aunque carezcan de ellos. Mascullan intermitentemente para intentar darse notoriedad, pero se ridiculizan sin apenas darse cuenta. En más de una ocasión he tenido que mirar hacia otro lado ante la vergüenza ajena que me han provocado según que comentarios con los que pretendían llamar la atención.
 
Hay anécdotas interesantísimas que se cuentan entre bambalinas. Incluso sobre esa modelo de alto nivel que prefería perderse en la noche para llegar a su casa antes de confesarle al taxista que su morada no era la que se suponía. Algo que se repite cuando otros famosos intentan ocultar sus raíces. Una presentadora radiofónica, de cabellera oscura en raras ocasiones ha confesado su lugar de nacimiento. Ella prefiere hacer creer que proviene de los ‘madriles’ elitistas que le acogieron no hace tantos años. Es ley de vida, se supone porque algunos de nuestros rostros más conocidos prefieren no ser ellos mismos. Algo similar ocurrió con un cantante de éxito, cuyas patadas y volteretas fueron más que famosas, cuando en Miami tuvo miedo a que le reconocieran y decidió colocarse una gorra. Para su sorpresa, ni siquiera sin la gorra fue conocido, con lo que se rebotó hasta tirar la visera al cálido mar. Son los gajes del oficio… Mitos de papel.
 
Saúl Ortiz es periodista y novelista