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Otras opiniones

Mis Tiempos

Mayo 13, 2013

Cuando mi hijo, como si hablara del pleistoceno me dice, papá, en tus tiempos……., yo siempre le respondo, dándomelas de filósofo vitalista, que mis tiempos son los de ahora y, sobre todo, los que comienzan mañana. Pero no es verdad:

Es cierto que tengo ebook, ipod, iphone y cuenta en facebook y skype, pero tengo que confesar que los uso muy poco porque prefiero leer en papel, escuchar mis vinilos, usar mi ordenador y mi cámara de fotos convencionales y dedicar mi tiempo libre a ver y charlar personalmente con mis amigos reales en lugar de a chatear con los virtuales.

Pero lo peor, lo que me hace más retrogrado y fuera de estos tiempos, no son los aspectos tecnológicos, sino los humanos y culturales.

Me gusta la música clásica, el rock y las baladas tradicionales y no soporto el rap ni la música tecno.

Me gustan las pelis en las que lo fundamental es el desarrollo del argumento, e incluso esas que mi hijo denomina “de sentarse a ver crecer la hierba” y me aburren en cambio los actuales éxitos de taquilla en los que el fundamento de la acción es la acción misma y no tratan de otra cosa.

Cualquier tiempo pasado fue mejor

 Me gustaba mucho el futbol de cuando en cada equipo jugaban tres defensas y cinco delanteros y lo normal es que los partidos acabaran 5 a 3 y no me gusta en cambio el actual en que el protagonista es el entrenador, el debate, el decidir si se va a jugar con un delantero o con ninguno, el resultado normal 0 a 0, la táctica, el que los 20 jugadores estén apelotonados en una franja de 10 metros para que el contrario no pueda jugar y el ganador habitualmente se decide en virtud de quien consigue gestionar con más éxito el fuera de juego, lo que en gran parte de los casos se debe al azar de que lo que  el árbitro decida sobre una situación que el ojo humano, sin ayuda tecnológica (y a veces ni con ella) es incapaz valorar con un mínimo de garantía.

Me gustaba el tenis cuando el que ganaba era el que mejor jugaba y el saque la manera de poner la pelota en juego para iniciar los puntos y me aburren los partidos de ahora en los que entre los dos contendientes se reparten más de 70 puntos directos de saque y solo pueden jugar los superdotados físicos.

Me gustan las mujeres que me permiten enamorarme de las imperfecciones que las hacen diferentes y no me atraen en absoluto las caras estiradas que fabrican en serie los centros de cirugía estética ni las tetas y los culos de silicona (¿a quién le puede “poner” el acariciar un trozo de plástico?).

 Me gustan el cocido, la fabada, la paella y el chorizo y el vino de mi pueblo y cada vez que la cortesía me impide evitar que me lleven a uno de los templos de la nueva cocina y veo la insignificante “delicatesen” en el centro de un plato enorme que he aprendido a saber que va a constituir la parte principal del menú, tengo que resistir la tentación de decir al camarero que me puede traer ya la comida, preferiblemente en plato hondo que rebose un poco.

Me gustaba ceder el paso y decir piropos a las mujeres sin que nadie pensara que era un comportamiento machista y poder pensar, sin que fuera incorrecto, que había diferencias entre nosotros y que la igualdad significa equiparación de trato y oportunidades y no que hombres y mujeres seamos intercambiables; las cuotas y la discriminación positiva de las mujeres, que las asimilan a los discapacitados, me parece que las rebajan y provocan que planee sobre las que triunfan la sombra de la duda; coincido con las muchas que consideran que lo que es discriminatorio es que las “ayudemos” como si fueran débiles mentales. No soporto lo de los soldados y las “soldadas” y los miembros y las “miembras”.

Luchar por utopías

Añoro los tiempos en los que luchábamos por lo que hoy se denominan “utopías”, como la libertad, la igualdad y la justicia social, creyendo que eran cosas realizables, y siento rabia e impotencia cuando veo en lo que se han convertido nuestros sueños y asisto al inmoral sistema sociopolítico actual de pensamiento único y corrupción generalizada, con el poder y el éxito como únicas metas… de los que tienen metas (la mayoría carece de ellas y se conforma con el botellón, la play station y los amigos virtuales).

Me gustaba que en España hubiera regiones con sus propias peculiaridades sociales y administrativas, pero me parece un disparate el que se haya convertido en 17 miniestados, cada uno con un enorme aparato político y administrativo y con sus propias leyes diferentes a las de los demás y a las del Estado Central. Si el caos no es todavía mayor es porque es imposible conocer el fárrago normativo y sus demoledores efectos están atemperados por el incumplimiento. Me gustaba que en toda España se hablara español y, respecto a nuestra actual “riqueza idiomática”, baste decir que la confusión (babel) de las lenguas fue el castigo bíblico con el que Dios castigó la soberbia de los hombres que pretendían construir una torre que llegara hasta el cielo.

Pero es cuando me paro ante un círculo de “indignados” y escucho las explicaciones y propuestas de los más ilustrados sobre los desgraciadamente terribles y reales males que nos aquejan y cuando trato de hablar de política u otros asuntos “serios” con mi hijo y sus amigos y, salvo excepciones, con “los jóvenes” de menos de 40, cuando quizá siento de una manera más intensa que estos no son mis tiempos; el grado de desideologización y de incultura llega a espantarme (todos dicen ser universitarios ¿qué enseñan ahora en la universidad?) y no puedo evitar pensar que cada sociedad tiene los dirigentes que se merece y que nuestros políticos, jóvenes o talluditos, no son sino el reflejo de unos tiempos que, aunque los padezcamos, no son los míos ni los de los que realizaron la transición e incorporaron España al primer mundo.

Adolfo Barrio