Menú Portada
Otras opiniones

Miedo a la intensidad

Marzo 28, 2010

Iba a casarme. Estaba todo dispuesto para mi boda, la fecha, las invitaciones, el catering. Ana y yo nos conocíamos desde niños. Nos queríamos muchísimo, habíamos sido amigos y salíamos juntos desde los dieciséis años.

Quizá el error fue la inercia. Ana era más amiga que amante, existía cariño, quizá el más intenso del mundo pero faltaba la llama de la pasión. Faltaba esa locura que todos soñamos, ese dejarse llevar sin límites. En definitiva, podíamos decir “te quiero” pero sin embargo un “te amo” se nos quedaba grande.

Una mañana fui a elegir la última pieza para el evento, el anillo de compromiso. Me habían hablado de una joyería magnífica en la calle Serrano y no me lo pensé dos veces. Casarse no es algo que suceda todos los días y yo quería dar lo mejor de mí. Ella se merecía todo eso y más.

No había nadie en el mostrador, se escuchaba la voz de una mujer en la trastienda. A los cinco minutos apareció. Dijo: “discúlpeme, era una llamada importante”

Una mujer morena, de piel aterciopelada, increíblemente clara. Tenía una profundidad en sus ojos que me dejó hechizado de por vida. Su cuerpo iba adornado con perlas, de un gusto exquisito. Perlas cultivadas en el lóbulo de su oreja, perlas acariciando su pecho.

Dije titubeando que buscaba un anillo de compromiso, el más bonito que tuviera. Entonces se agachó y sacó una bandeja con varios anillos de brillantes. El destello era espectacular; ella se apoyó en el mostrador explicándome características de las joyas que ponía ante mis ojos. Ligeramente inclinada, y yo también, casi rozándonos.

Me hablaba con una dulzura que embelesaba, su perfume era embriagador, invitaba a la seducción. Me quedé perplejo mirándola, pretendiendo conocer y memorizar cada milímetro de su piel. Observando sus labios cuando me hablaban.

– ¿Se decide entonces por alguno?
– Me decido por usted…pensé; Ehm…no, son todos demasiado bonitos. Vendré mañana

Tenía que volver, una y mil veces. Las que hiciera falta. Pero había encontrado algo que sólo sucede una vez en la vida, a veces incluso ninguna. O simplemente no la esperamos, o nos equivocamos. Lo cierto es que no hay duda, cuando se tiene enfrente el tiempo se detiene. Es inexplicable de palabra.

Aquella tarde pasee sin rumbo, por calles desconocidas. Cruzándome con miles de personas. Me senté en una cafetería, y observé. Observé parejas de amigas, padres con sus hijos, parejas de… ¿enamorados? Que miraban cada uno a un punto distinto, sin cruzar palabra. Otros hablaban entre sí, pero les faltaba pasión.

Me acosté temprano, qué más da si sabía que aquella noche poco podría dormir. En mi mente estaban las perlas cubriendo ese torso descubierto. Y esos labios, perfilados, imaginándolos decir “te amo”. Me estremecía recordando aquella voz.

Al día siguiente volví, tenía que hacerlo. Y de nuevo ella, ni siquiera sabía su nombre. Simplemente ella, simplemente todo.

– Buenos días, ¿ya se decidió?
– Sí… por fin.

Se agachó para sacar de nuevo la bandeja con los anillos. La colocó sobre el mostrador, se inclinó, me incliné. Y mirando ambos hacia abajo sin mediar palabra fuimos a coger la misma pieza, chocando nuestras manos. Nos miramos entonces, ella estaba ruborizada, demasiado cerca… no pude resistirlo y sellé sus labios con los míos.

Fue uno, dos, tres… cien besos. Se desató la magia. Pasamos a la trastienda, besé su cuello, besé sus manos. La miré a los ojos tantas veces como años la había esperado. Desnudé su cuerpo, las perlas rozaban sus senos. No sabía su nombre, sólo pude decir “te amo” entre suspiros.

Por primera vez estaba sintiendo algo fuera de lo común, algo desconocido. Algo que incluso me impedía pensar, que se escapa de todo raciocinio. Nuestros cuerpos se fusionaron, sentí que la había estado esperando todo este tiempo, y los pocos minutos que estaba viviendo con ella llenaban con creces toda una vida.

En pleno éxtasis y fulgor sus labios dijeron “te amo”. Entonces el sueño pasó a llamarse realidad.

Pero fuera de aquellas paredes había otra realidad. Ana me estaba esperando. Y no sólo Ana, sino un mundo lleno de prejuicios y de gente que opina y critica. Es por ello que esta historia no tiene un final, al menos no seré yo quien se lo ponga.

¿Debemos dejar pasar sentimientos que sólo llegan una vez en la vida? ¿O tal vez para alcanzar la felicidad debemos ser egoístas?

Ese extraño miedo a la libertad, a la intensidad de la vida. Miedo a amar. Aquellos momentos clave en la vida que, desgraciadamente ya no vuelven. Trenes que pasan… ¿Subimos o los vemos pasar?

Mary Lou

marylou@extraconfidencial.com