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Otras opiniones

Mi abuela

Diciembre 10, 2010

La última vez que estuve con ella le quise interpretar el pegadizo villancico con el que había participado en una especie de gala de fin de año que mi colegio preparaba anualmente para que los alumnos desarrollaran su parte más artística. Recuerdo que me miró con los ojos anegados y me dijo, en voz bajita, que nunca me olvidara de ella. No lo he hecho y sé que nunca lo haré. Aunque yo no me di cuenta en ese momento, luego entendí que sus lágrimas no eran de emoción, pues aquella fue la forma con la que se quiso despedir de mí. Era Navidad y mi abuela Esmeralda estaba postrada en una cama porque sus incontables problemas de salud ya le habían arrebatado casi toda su independencia. No tenía apetito y sus carnes tembleteaban sin ningún sentido. Hacía meses que vivía con mi abuelo en el pisazo que teníamos en Cullera porque los médicos le habían aconsejado que estar cerca del mar podría darle una mayor calidad de vida. Era la segunda vez que se le desahuciaba porque cuando en la ocasión anterior se le ingresó en un nosocomio de Bétera en el que sólo había enfermos terminales que rabiaban de dolor, se recuperó milagrosamente. Esta vez no se obró el milagro.
Supongo que para todo el mundo su abuela es la mejor del mundo. Puede que sí, pero la mía era alguien especial, insustituible y mágico. Recuerdo que cuando todavía se calzaba el tacón, cardaba su melena y se ponía el bolso para ir a jugar “unos cartoncitos al bingo”, me pedía cada tarde de verano, a escondidas, que le fuera a comprar un granizado de café con una bola de leche merengada para refrescarse cuando el bochorno se hacía insufrible: “Saulín tienes que ir a la heladería de la esquina que en la de aquí bajo el café no está tan bueno. Y si te ve la mamá, dile que vas a comprarte un batido” me decía con una sonrisa pícara que me convencía cada tarde. Mi abuela no podía tomar café porque tenía la tensión revolucionada, sin embargo a mí no me importaba ser cómplice del riesgo. Es curioso, pero ni siquiera me mosqueaba plantarme el bañador para cruzar el parque que separaba el edificio de la heladería, supongo que porque siempre se ponía de mi lado cuando a mi madre se le fruncía el ceño y me soltaba una de aquellas regañinas que me dejaba temblando en cualquier esquina de la casa. Mi abuela sacaba la cara por mí en cualquier situación y ante cualquier comentario. Siempre lo hizo, incluso cuando era consciente de que había hecho algo mal intencionadamente. Me estremezco al recordar cuántas cosas viví junto a ella, la extrema dureza de las experiencias que me hicieron madurar antes de tiempo y esas confidencias a pleno sol cuando nadie nos escuchaba. Era muy joven cuando murió, tenía sesenta y ocho años, pero su salud se había resquebrajado años antes con un problema renal que la obligaba a hacer hemodiálisis tres veces en semana: los lunes, miércoles y viernes. Pese a que cuando llegaba a casa después de estar enchufada durante interminables horas a una máquina que le depuraba la sangre, debía estar innegablemente agotada, yo jamás me di cuenta, puede que porque ella siempre le quitó importancia al asunto. Es más, yo alucinaba cada vez que posaba mis minúsculos dedos en su brazo y notaba correr la sangre por sus venas. Aquella extraña sensación jamás se me olvidará.  Tampoco se me borrará el día en el que, cuando su problema de artrosis era más bien una tragedia, se nos escurrió por las escaleras y mis manos se tiñeron de rojo. Le falló la rodilla izquierda y una de sus frágiles piernas se quedó atravesada en mitad de la peligrosa escalera de la casa. ¡Le queríamos enseñar el aparato de aire acondicionado que nos habían plantado en mitad del salón y terminamos en urgencias! Aquella tarde no derramó ni una lágrima mientras yo estuve delante.
De mi abuela añoro muchas cosas. Nunca podré olvidar el sabor de sus guisos, la picaresca de sus comentarios y su enorme espíritu de lucha y superación. Jamás se me borrará el aroma que desprendían sus ropas, los cigarros mentolados que fumaba y sus entrañables anécdotas, incluso las relacionadas con la Infanta Doña Pilar con la que me dijo que compartió uno de esos cursos que hizo en su juventud para crecer internamente. Todavía no sé si aquello fue una fanfarronada o realmente estuvo a su lado. A mi abuela le sonreía todo el mundo, incluso el día en el que se convirtió en mi ángel de la guarda.