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Mensaje en una botella

¿Me whatsappeas, te tuiteo o hacemos check-in en Foursquare?

Diciembre 6, 2012

Si me hubiera quedado dormido hace diez años y despertara hoy, creería que estoy viviendo en otro planeta. ¿Dónde pensaría que he despertado si veo a los demás frotar las pantallas de los teléfonos con los dedos, si oigo hablar de tabletas que no son de chocolate o si alguien me pide que le haga una foto con un móvil que lleva incorporada una cámara de alta resolución con flash? Hace diez años yo no vivía en este mundo. Y hace diez años no habría podido mantener una conversación fluida porque me faltarían conceptos.

Hace diez años habría sido incapaz de responder a alguien que me preguntara: “¿Me whatsappeas cuando vayas a llegar o te pongo yo un whatasapp cuando salga?”. Tampoco hubiera dado pie con bola si alguien me espetara: “Luego te tuiteo. Y si te gusta mi tuit, retuitéalo tú para que lo vean tus seguidores”. Las arenas movedizas del lenguaje me habrían engullido con frases que me resultarían ininteligibles: “Si quieres, hacemos check-in en Foursqure cuando lleguemos. Como lo tenemos conectado a Twitter y Facebook, los demás pueden ver dónde estamos. ¡Qué guay! ¿No?”. Pues no. No me enteraría de nada.

Sólo hay que echar la vista atrás una década para comprender cómo la tecnología se ha apoderado de nosotros, de nuestra conducta y de nuestro lenguaje. ¿Quién iba a decirme que ahora ya no necesito hacer anotaciones en un cuaderno porque lo que debo hacer es poner un post en el blog? Si hubiera despertado hoy después de haber dormido durante diez años, sufriría un shock del que tardaría en recuperarme. Necesitaría aprender a hablar. Otra vez. Con un lenguaje desconocido para mí. 

Abuelo Cebolleta 

La tragedia de sentirse como un marciano en La Tierra tendría, no obstante, sus ventajas. Hacerse el ignorante es a veces una herramienta efectiva. Claro que en mi caso, la ignorancia no sería fingida. El ignorante que quiere aprender es un ser al que cualquier persona inteligente aprecia. Querer aprender es una demostración de inteligencia que no sé si está en desuso ahora, diez años después de la época a la que nos remontamos. Tal vez he envejecido diez años y mi reflexión es más propia del abuelo Cebolleta.

Lo que no es abuelocebolletismo es el salto en el espacio-tiempo que se ha producido en los usos y costumbres de la tecnología que tanto ha mejorado nuestra calidad de vida. Tecnología. Una gran palabra a la que recurrimos entre whatsapps, tuits, mensajes de Facebook, chek-ins de Foursquare o posts en el blog. Una palabra, como tantas otras de la lengua española, procedente del griego. Formada a partir de los sustantivos tejné (arte) y lógos (tratado o estudio). La tecnología es sencillamente el estudio del arte.

Tanta palabrería de última generación, tanto anglicismo importado forzadamente, tanta modernidad en la forma de expresión, tanto tratar de emplear un vocabulario que otros todavía no conozcan, tanta memez… y resulta que la palabra tecnología ya era utilizada por los griegos hace 2.500 años. Qué lástima que una parte importante de los que utilizan el vocabulario tecnológico de moda no tengan ni la más remota idea de etimología griega porque los sucesivos Gobiernos de nuestra Democracia han ido arrinconando la enseñanza de la Cultura Clásica. Consideran que el latín y el griego son lenguas muertas. Cuando lo pienso, me muero de la risa. O de pena.

 

Juan Diego Guerrero es director de Noticias Fin De Semana en Onda Cero

Sígueme en Twitter: @juandiguerrero