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A renglón seguido

Mayoristas que “son la leche”

Marzo 9, 2015

Vivimos rodeados por un entorno de organismos que velan y garantizan –o eso nos cuentan- por la tranquilidad y la confianza en el desarrollo de la convivencia con nuestros semejantes: protección en el cumplimiento de contratos, seguridad del colectivo de ciudadanos, garantía de derechos civiles, etc., lo que se ha petendido a base de darle a la ya difunta rotativa del BOE.

Uno de los éxitos, después de redactar cien folios –“no echando leches” precisamente-, de la C.N.M.C. (Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia) ha podido contrastar, que se ha cometido fraude de ley, “blanco como la leche”, en la industria láctea, donde ha habido fijación de precios a la hora de hacerse con la materia prima de los rumiantes con pintas, vulnerando la legislación ad hoc y perjudicando los bolsillos de los ganaderos con políticas empresariales de ordeño y mando.

Lucrarse “a mala leche”

Parece atribuirse al griego Tucídides el extendido adagio de si vis pacem para bellum –si quieres paz, prepara la guerra-. Esto es lo que han debido de pensar las diversas empresas mayoristas, “que han sido la leche” en el pago por el aprovisionamiento de la misma; pero con un matiz semántico muy sensible: si quieres la paz de los precios de ésta, para la guerra de los mismos.

Empresas y asociaciones han sido sancionadas con más de 80 millones de euros de los alrededor de 820 con que se han podido lucrar, “a mala leche”, en el período 2000-2013, pactando alevosamente en cuadrilla un límite en el importe de adquisición a los ganaderos, a quienes se la daban con queso en un ejercicio de espurio ilusionismo (obsérvese que no estaba todavía transformado el producto).

 
Se lo llevaban crudo

Por muy buena que sea la leche surtida por las benditas ramas del árbol de las ubres, hay que “tener muy mala leche” para buscar, una vez más, el puro enriquecimiento ilícito “a toda leche”; un nuevo triunfo del voraz capitalismo que sigue engullendo al más débil sin solución de continuidad. A esta mesa de insaciables glotones se sentaban goliardos tan conocidos como: Puleva, Danone, Nestlé –¡si Henri, fundador, levantara la cabeza!-, Pascual –tal para cual- y otras del mismo jaez lácteo.

No sólo acordaban el precio nada galáctico de compra de la leche cruda en origen, sino que se lo llevaban crudo a la cuenta de resultados en un ejercicio de añadidura de cuajo empresarial inmerso en una especie de omertà a la española, que les permitiría bañar los nada desnatados beneficios en un buen tanque de leche de burra aportadora de una agradable textura al extra de ingresos obtenidos.

Darles de su propia medicina

En descargo de los infractores, cabría pensar que este tipo de actuaciones servirían como paliativo para neutralizar esa tradicional práctica, tan arraigada en las explotaciones ganaderas, que permitía multiplicar el producto obtenido, hasta hace bien poco fruto del magreo –con perdón-, con el tradicional bautismo al que le sometían en cada extracción, intentando emular la bíblica milagrería de la conversión de agua en vino.

A todo esto, los afanados pecuarios, que se venían preguntando “¡qué leches estaba pasando!”, no verán ni las natas de las multas impuestas, y tendrán que conformarse con el calostro de la aplicación del reglamento, que llega tarde, mal y nunca. Entretanto, han ido pasando a mejor vida una buena parte de las diversas estabulaciones, cuyos propietarios tendrán más tiempo para saborear el calcio de la liga y el calcio, frente al plasma.

También verían con cierto grado de satisfacción –a falta de un “que te pego leche”… ¿recuerdan?-, que esta lechigada de infractores fueran sometidos al consumo responsable de lechetrezna para darles de su propia medicina como complemento vitamínico de la leche de trena abarrotada que no van a catar; excepto decisión judicial en contra.

Paco de Domingo