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Mátame

Marzo 21, 2010

El cielo estaba parcialmente nublado. Caía la noche, las nubes paseaban sobre nosotros en la misma dirección del viento que movía mi cabello, que desplazaba las hojas caídas de los árboles. El campo estaba sereno, muy a diferencia de mi mente, completamente atormentada. Y digo atormentaba porque me encontraba en un espacio irreconocible, recorriendo un camino inesperado con una persona a veces no mucho más reconocible que el propio camino. El automóvil en el que viajábamos era negro, y conforme iba oscureciendo se distinguía menos entre las sombras.

No sé bien como habíamos llegado hasta allí, de hecho no reconocía el lugar. Ninguno de los dos había pronunciado palabra durante el trayecto. Ninguno de los dos había mirado al otro, ninguno de los dos…

Él me utilizaba de una forma cruel, había jugado durante años conmigo, apoyado por mi amor incansable. Estaba empezando a pensar que era una obsesión, sinceramente ya no sabía bien por qué seguía con él, por qué no lo dejaba pasar como una anécdota más, deshacerme de una vez por todas; como una bola y una cadena… me arrastraba a la perdición, a mi propia perdición.

El campo fue testigo de la pasión con la que Ricardo se abalanzó sobre mí, poco después de haber desabrochado su cinturón. El cinturón de seguridad, el suyo fue desabrochado de otra forma. Debí haberme apartado, pero una vez más el amor, mi propio sentimiento me jugó una mala pasada. Su boca buscó mi boca, nuestras lenguas se reencontraron como siempre lo hacían, ardientes, llenas de vida… abrumada por su aroma me dejaba hacer, me sentí como una pluma, sin fuerzas. Las manos de Ricardo ya tocaban mis pechos, masajeándolos de tal forma que la pasión podría haber pasado por brutalidad. Mordió mi cuello, tomándome de la mano izquierda, se la llevó a la boca y mi dedo índice quedó aprisionado entre sus dientes, feroces, hambrientos… Me hacía daño, pero me encantaba; me encantaba sentirme presa de él, suya. A pesar de la gran inseguridad que me caracterizaba con Ricardo, en aquel momento me di cuenta de su cobardía. Él sentía lo mismo que yo, estaba segura de que yo era la única para él, aunque quizás no se había dado cuenta…aún.

Me incorporé, el deseo era más fuerte que nosotros, nos besábamos con auténtico ardor, mis pechos de nuevo en sus manos, varoniles; mis pezones habían sucumbido a sus encantos, erectos a más no poder, atrevidos, con ganas de romper mi camiseta. Una descarga de calor tras otra, y un aumento de la misma cuando Ricardo hundió sus manos bajo mi camiseta, bajo el sujetador, rozando mi piel, mis pezones desnudos. Unas pequeñas gotas de sudor caían por mi frente. Ya había anochecido. Sentí un pequeño mareo a consecuencia del terrible calor que hacía en el interior del coche y salí sin dar ninguna explicación. Me quedé de pie, cerrando la puerta detrás de mí, allí parada; con los ojos de Ricardo clavados en mi cuerpo, dejando ver una mezcla de asombro y de pasión interrumpida. Salió y se colocó en frente, el auto se interponía entre nosotros. Con las mejillas sonrosadas por el calor contenido, se acercó. Me tomó por la cintura y me besó de nuevo. El mareo ya había desaparecido. Me agarré de su cuello, deslizando mi pierna izquierda por su trasero, acariciando sus piernas, pegando mi intimidad contra la suya. Desabroché su camisa con fuerza, rompiendo sin querer los dos últimos botones. Ricardo se la quitó y la echó al suelo, justo detrás de mí, encima de un montón de hojas. Me despojó de la camiseta, y tras desabrochar y quitarme el sujetador, me tiró sobre las hojas, parcialmente cubiertas por su camisa.

Y allí, en algún lugar, besándome, recorriendo mi cuello con su lengua incansable. Desabrochó mi pantalón, y yo ayudé a que me lo quitara levantando levemente las caderas. Hizo lo mismo con las demás prendas, me dedicó una sonrisa y se dejó caer sobre mí.

Era tal el grado de excitación, que sentir a Ricardo completo dentro de mi fue cosa de una fracción de segundo. Los dos emitimos un gemido. Sus manos sudorosas resbalaban acariciando mi piel tersa, y la parte trasera de mis muslos. Mis manos apretaban su camisa con fuerza, se levantó un viento repentino erizando mi piel. Éramos como dos animales salvajes en plena naturaleza, que satisfacían sus instintos.

Rodeada de aquellos árboles altos, cubierta por el viento que envolvía nuestros cuerpos, y sintiendo nuestros cuerpos como uno sólo, comprendí una cuestión; hiciera lo que hiciera, siempre estaría ligada a Ricardo. Nadie sabría cuanto tiempo estaríamos juntos pero qué importaba… A veces le odiaba, otras le amaba, así es la vida.

Segundos antes de sentirme presa del sutil orgasmo, estas fueron las palabras que llegaron a oídos de Ricardo:

Mátame…pero no dejes de estar a mi lado…

La respuesta de Ricardo fue inmediata, instantánea. Una erupción indescriptible, inenarrable.

Mary Lou