Menú Portada
Otras opiniones

Maricones a la horca

Diciembre 17, 2009

Es una realidad que se niega, pero sí se castiga. Por primera vez en la Historia, España concede asilo político a un iraní que iba a ser ahorcado por ser homosexual. Se llama Ali y ha sido salvado de acabar muerto por sus preferencias sexuales. Él, que todavía no tiene fuerzas para mostrar su rostro, estuvo en prisión, fue castigado, torturado e insultado. Es el primer refugiado político por su orientación sexual y no será el único. La ley iraní aprueba operaciones de cambio de sexo para ‘curarles’ de su enfermedad, pero no reconoce las libertades sexuales. De traca. En estos momentos hay cerca de una docena de ciudadanos condenados a muerte por no querer esconder su sexualidad o, en su caso, pasar por quirófano. Cualquier muestra de afecto entre dos homosexuales puede ser el pasaporte hacia la muerte. Ahorcados, asesinados a punta de pistola, los gays son señalados como personas non gratas en aquel país. Algo similar ocurrió hace un tiempo en el nuestro. Durante una conferencia en una universidad de Murcia, la catedrática Gloria María Tomás Garrido berreó contra los homosexuales, de quienes dijo que sufren perversiones sexuales. Así pues, desde esta tribuna exijo a las instituciones pertinentes que depuren responsabilidades y, por supuesto, la destituyan automáticamente de su cargo, pues Gloria María Tomas y Garrido no sólo atenta contra la dignidad de las personas, sino que incumple uno de los principios básicos que regula la disciplina de la bioética como es el respeto a los derechos inalienables del ser humano. Comportamientos hitlerianos como el de semejante personaje promueven las actitudes violentas de grupos extremistas que aluden a la agresión para erradicar lo que ellos consideran un lastre para la sociedad. Esta inconsciente es de las que incita a que los homosexuales sean arrinconados y señalados en las aulas. Gloria es responsable -desde luego sus ideales lo dejan claro- del bullyng y de los suicidios y depresiones que sufren los que son acosados en el colegio. Vivir eso en carnes propias es muy duro. Me cuesta, por tanto, concienciarme de que en este siglo todavía pululen alimañas del lenguaje ventilando su homofobia sin tabúes. Me produce un estremecimiento únicamente comparable al que siento cuando soy testigo indirecto de movimientos machistas o xenófobos. De verdad, ante semejante actitud únicamente puedo transformarme en un petulante orador del insulto para intentar calificar a alguien con semejante catadura moral, ética y de principios.
 
Saúl Ortiz es periodista y novelista