Menú Portada
¡Qué fuerte!

Manos negras que acarician uvas

Octubre 14, 2010

“En un lugar de la mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme…”. Qué bien vendría este comienzo para este artículo. Resulta que hay un sitio en este país, donde habita gente sin corazón, quizás sólo sea un puñado de personas, pero no se necesita más para hacer tanto daño, por eso no me quiero ni acordar del lugar.
Ahora que la vendimia ha llegado a su fin en la mayoría de pueblos, ahora que el tiempo empieza a arreciar en este otoño amarillo, que las hojas ya se han caído y hacen que el suelo parezca una alfombra crujiente de tonos fríos, ahora es tarde para darse cuenta y lamentarse de que haya hombres en la faz de la tierra que no tengan sentimientos, piedad ni corazón. Acabó la vendimia y comienza un proceso laborioso y lento para que sus resultados sean maravillosos y podamos disfrutarlo, saborearlo y degustarlo como se merece. Bendita bebida, el vino, que nos hace pasar momentos inolvidables compartidos con amigos, familia o amantes. El vino, lleno de olores y sabores diversos que te trasladan a otro mundo. Para que ese vino llegue hasta nosotros ha tenido que haber unas manos, curtidas, expertas, ásperas y ajadas que hayan cogido esos racimos de uvas de los viñedos. Campos enteros llenos de vides, cepas y sarmientos ensombrecidos por cuerpos encorvados del esfuerzo y las horas. Así es la vendimia.

Las manos de Senegal

Un vendimiador normal tiene un contrato, un seguro por riesgos laborales, está dado de alta en la Seguridad Social, cobra por unas horas de trabajo y tiene derecho a varios descansos para comer porque el día en las viñas es muy largo. Esto es una cosa, y otra muy distinta son las manos negras de Senegal. Cada madrugada, cuando suena el despertador, se dirigen hacia la furgoneta que los va a llevar al viñedo. Se amontonan 15 en 7 plazas. Una vez allí, trabajan “como negros”, –qué ironía-, hasta que el sol se pone, sin más comida en el cuerpo que un bocadillo en todo el día. Empieza a anochecer y la misma furgoneta los recoge y se los lleva de regreso a su hogar: una nave sin luz, sin agua y en precarias e infrahumanas condiciones.
Todo esto después de haberles exigido cortar 1.800 kilos de uva por cabeza al día y si no, a la calle, cuando lo normal es no llegar a los 1000 kilos. Sin ninguna parada para descansar, sin ningún tipo de atención por parte del encargado, al sol o a la lluvia, sin contemplaciones, a la intemperie pase lo que pase. Y si la hora se paga a 7 euros, a ellos les dan sólo 2.50. Un robo en toda regla. ¿Por qué?, ¿por qué son negros?, ¿acaso no son personas?, ¿qué lleva a un ser humano a tratar de ese modo a otro de su misma condición? Increíble injusticia, llena de egoísmo y de abuso por parte de esta gentuza. Vergonzosa esta parte de la condición humana. Gente sin conciencia, sin escrúpulos y sin dignidad. Y luego, cuando llega la noche, “cómo no me has cortado suficiente uva, vente a mi cama, negra”. Repugnante.
Ojala en el próximo destino, -probablemente la aceituna-, tengan, estos hombres y mujeres, más suerte. Sobre todo para no tener que avergonzarnos en un futuro. Porque nuestras generaciones pasadas también tuvieron que emigrar a Alemania, Holanda, Francia y otros lugares dónde jamás fueron tratados con esta crueldad e injusticia con la que los tratamos nosotros ahora a ellos. 

Rosana Güiza