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Los puntos cardinales

Maniatados por la influencia del Kremlin

Julio 23, 2014

Incluso a los estadistas más avezados y conspicuos hay ocasiones en las que una circunstancia imprevista les deja a los pies de los caballos por culpa de algún hijo descarriado. Tomemos como ejemplo a Vladimir Putin, que regresó al Kremlin después de una arrolladora victoria en las Presidenciales de Marzo de 2012. El retorno de Putin se producía seis meses antes de la reelección de Barack Obama y auguraba momentos de enorme tensión entre Moscú y Washington, como la actualidad nos ha venido demostrando a lo largo de este bienio. En todas las cancillerías occidentales se temía que Vladimir Putin pusiese en marcha un plan para devolver a la Madre Rusia el esplendor y la potencia de los tiempos de la URSS y de la Guerra Fría, un hecho que hemos seguido puntualmente en esta sección. Pero las aspiraciones anexionistas han llegado a un punto que el apoyo paternal a las milicias separatistas pro rusas del Sureste de Ucrania ha acabado por colocar al presidente ruso en el umbral del aislamiento.

Sin saber que paso dar

No conocemos todavía el resultado de la investigación llevada a cabo por la agencia internacional de la aviación civil para saber quién abatió al Boeing 777 de la Malayisian Airlines. Por eso, aunque los ministros de Exteriores de la Unión Europea se reuniesen ayer de urgencia, nadie sabe qué paso dar ni cómo logar una presión real y efectiva sobre el Kremlin y su inquilino. Porque la única barbarie similar que se recuerda es la del avión de la Pan Am que cayó sobre la ciudad escocesa de Lockerbie pocos días antes de la Navidad de 1988, un acto terrorista en el que doscientas setenta personas perdieron la vida, el mayor hasta entonces.

Pasaron los años y un pacto entre el Gobierno de Londres y el régimen de Muammar El Gadaffi logró echar tierra en un asunto turbio y nauseabundo. Ahora, consciente o inconscientemente, el recuerdo de aquella tragedia ha vuelto a la memoria colectiva. Pese a las declaraciones de Barack Obama, que centran más el tiro de la acusación, los países occidentales parecen enfriar la indignación con la cautela. En la masacre de Lockerbie no había dudas de que el responsable último era un apestado para todo el mundo como Gadaffi, a quien nadie quería tener sentado a su mesa. El coronel libio no tenía ningún peso en las instituciones internacionales. En este caso, aunque no haya dudas de que el derribo del vuelo MH-17 sólo pudo llevarse a cabo con tecnología y adiestramiento rusos, se miden los tiempos y se calcula cada paso.

Midiendo los tiempos</span>

Vladimir Putin no es un títere ni un desquiciado. Muy al contrario, es frío y calculador y analiza con exactitud hasta dónde puede llegar con sus provocaciones, aunque en esta ocasión el adiestramiento y la protección de una partida de bandidos con actitudes propias de delincuentes comunes y salteadores de caminos haya ido demasiado lejos. El ingenio que abatió a Boeing 777 era ruso, como rusos eran quienes enseñaron a manejarlo a los rebeldes. Europa, y desde luego España, prefieren conocer hasta el último detalle de la investigación para adoptar medidas ulteriores.

El problema es que, pese a que se demuestre la autoría de las milicias pro rusas, es muy complicado decidir qué hacer con su mentor. Si fue un lanzamiento accidental de misil, sería gravísimo. Si se tratase de un ataque premeditado, un acto de guerra. Las principales organizaciones no son capaces de coordinar un escarmiento porque saben que el concurso de Vladimir Putin es determinante en la resolución de los grandes dossieres de la política internacional, como Irán, Irak, Siria y, por supuesto, Oriente Medio. Por eso, aunque se pasen de frenada, los sátrapas acaban sabiéndose impunes.

Ángel Gonzalo, Redactor Jefe Internacional de Onda Cero.