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Atando cabos

Maleducados

Junio 9, 2013

La realidad social de la educación nos depara sorpresas. Hemos llegado a un punto que ahora mismo el joven universitario que no proteste, que no haga huelga, que no insulte o desplante al ministro de Educación, o que no se ponga la camiseta verde, todo aquel que no comparta esas consignad es el que va contracorriente, es la oveja descarriada, es el “rajado y esquirol” que acepta, por ejemplo, dar la mano a un ministro en un acto académico. Como si el tener un gesto normal de educación fuera compartir todos los parámetros de una determinada ideología. O si por el hecho de negar un saludo o dar la espalada a un ministro ya te convirtiera en el mejor luchador de los derechos del estudiante o el mayor defensor de la educación pública. La realidad es bien diferente. Y los datos son la mejor prueba de ello.

En España, tal y como recordaba hace poco el periodista y profesor de universidad, Antonio Naranjo, hay cerca de 80 universidades, incluyendo las 29 privadas, y alrededor de 264 campus, un número desproporcionado para la población total y universitaria al compararse con otros países: España, con la mitad de población que Alemania, tiene sólo 20 universidades menos; y algo más que Italia pese a la inferioridad demográfica. Sólo el Reino Unido, tal vez, tiene una proporción mejor de universidades por habitante, aunque con matices: sí, tienen nada menos que 120, pero una inmensa mayoría de ellas son privadas o imponen un copago del estudiante muy elevado. Toda esta estructura, tan sobredimensionada como ineficaz alberga además a 170.000 empleados y 1,6 millones de alumnos, con una proporción entre unos y otros que ya quisiéramos para todos los servicios: ¿Se imaginan disponer de un policía por cada mil habitantes? ¿O a una enfermera? Pues esa quimera es una realidad en este glorioso oasis del conocimiento del que nada se conoce en realidad.

Ninguna de las universidades españolas, además, figura entre las 100 mejores del gremio, según todos los informes internacionales elaborados por distintas entidades e instituciones que cada año analizan el sector con arreglo a unos parámetros que, al parecer, sólo perjudican a España pese a ser los mismos para todos.

No es cuestión de presupuesto

Pero es que además, el último informe de la OCDE sobre la Educación en España nos confirma que la buena o la mala educación no dependen tanto del Presupuesto que se asigne, sino quizá de otros factores. Según ese informe, “España destina 10.094 dólares al año de gasto público por alumno en la educación pública“, esto es un 21% más que la media de los países de la OCDE y de la UE. Este gasto es “superior en todos los niveles educativos: infantil, primaria, secundaria y terciaria”.

En función del PIB, España dedica un 30 por ciento por alumno, por encima de Francia, que destina un 29%, Países Bajos 28%, Italia 28%, Noruega 26% y, ¡atención!, Finlandia que destina un 28% de su PIB a la Educación. En otro de los enunciados del citado informe dice: “las tasas que han de pagar los estudiantes universitarios en España son en general bajas”, a pesar de ello, el porcentaje de jóvenes que estudia en la universidad es limitado en comparación con la OCDE y la UE. Sigamos. “La ratio alumno-profesor en España está por debajo de la media de la OCDE y de la UE en todos los niveles educativos“. Francia, Alemania o Países Bajos acumulan más niños por clase en la enseñanza pública que España. “El salario de los profesores es superior en nuestro país en todas las etapas“, aunque aquí se necesitan más años de vida profesional para alcanzar el salario máximo, destaca la OCDE.

Son datos oficiales que están negro sobre blanco. Es una realidad. Pero algunos prefieren quedarse con el prejuicio de que todo lo que se hace para luchar contra esos datos es en realidad el deseo de fulminar la educación pública. Es fácil y demagógico, a pesar de que nada ni nadie pretende ese propósito. Educación pública siempre, pero de calidad, también. Ahora, estamos maleducados.

Juan de Dios Colmenero es Redactor Jefe de Nacional de Onda Cero Radio