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Los puntos cardinales

Mahoma también se cabreaba antes de la primavera árabe

Septiembre 19, 2012

Cada vez que se escuchan gritos de “Alá es Grande” en las calles de los países musulmanes, desde Occidente se suele tender al reduccionismo simplista y enseguida surgen titulares que hablan de “la ira de la espada del Islam” y otras frases rimbombantes propias de Saladino frente a los cruzados. Lo que está ocurriendo tras la difusión de la célebre película no pone de relieve ningún odio sistemático de los musulmanes del mundo a Estados Unidos. La infumable cinta es, desde luego, blasfema para los seguidores del profeta, como lo fue la quema de ejemplares del Corán por parte de civiles o militares norteamericanos. Recordemos las páginas destrozadas por soldados de la ISAF en Afganistán o al pastor evangélico de Florida, Terry Jones, reivindicando la destrucción del libro sagrado.

Sin embargo, ahora la película es sólo un pretexto. A los gobiernos norteamericanos, -fuesen republicanos o demócratas-, se les ha acusado de proteger a dictadores sin escrúpulos en muchos de estos países, así como de matar a civiles inocentes durante las operaciones militares como las de Irak, Pakistán o Afganistán, además de haber fracasado en sus políticas para resolver el conflicto palestino-israelí.

Con o sin primavera árabe

Me gustaría saber si ustedes, amigos lectores, se han preguntado si la reacción popular hubiese sido tan violenta en el caso de que este hecho hubiera ocurrido antes de las revueltas árabes del pasado año. Personalmente pienso que con Mubarak, con Gadaffi o con Ben Ali en el poder, la respuesta ciudadana a esa afrenta a la sensibilidad y a las creencias religiosas mayoritarias hubiese muy sido similar. En 1989, la Organización de Propaganda Islámica de Irán confirmó la fatwa del ayatolá Jomeini contra el escritor indio Salman Rushdie por sus aburridos “Versos satánicos”. Se ofrecían dos millones y medio de dólares para quien ejecutase al impío narrador, una recompensa que acaba de ascender a los tres millones trescientos mil dólares. A Rushdie, por tanto, se le considera el pionero de la blasfemia. Los dictadores apoyados por Occidente han prohibido el islamismo en la esfera política a largo de los años, como el caso de los Hermanos Musulmanes egipcios. Sin embargo, nadie se ha atrevido a reprimir los sentimientos más profundos y compartidos mayoritariamente por todos.

De modo que podemos situar este movimiento en la excusa, en una razón justificada para tomar las calles en las que ha quedado claro que la paciencia de unas sociedades marginadas ha tocado a su fin. Y ha ocurrido en el momento en el que las instituciones de los países que han vivido las revueltas demuestran ser muy débiles, incapaces de ofrecer soluciones después de decenios de desigualdades. Son sociedades jóvenes sin un horizonte claro de prosperidad que han aprovechado esta desgraciada circunstancia, este monumento a la zafiedad del que nadie sabía nada en Los Ángeles, donde se realizó, para acabar dando la vuelta al mundo. A estas alturas del siglo XXI queda suficientemente demostrado que la tecnología hace imposible levantar barreras para frenar hechos como éste. Es como si un simple goteo inicial acabase reventando la presa Hoover.

Ángel Gonzalo, Redactor Jefe Internacional de Onda Cero.