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A renglón seguido

Magna Carta, Carta Magna

Septiembre 23, 2012

A finales de los años sesenta (1969), apareció en el Reino Unido un grupo musical folk bajo -no instrumento-, el nombre de Magna Carta. Formado por tres componentes, para sus seguidores, amigos y familiares tendrían la categoría de magníficos músicos. En el tramo final de los setenta (1978), vio la luz en nuestro desunido reino, gracias a la partitura diseñada con otro tipo de instrumentos y escrita por siete magníficos, nuestra Carta Magna.

En ella se recoge que: “Todos los españoles tienen derecho a disfrutar de  una vivienda digna y adecuada. Los poderes públicos promoverán las condiciones (…), regulando la utilización del suelo de acuerdo con el interés general para impedir la especulación” –artículo 47-.

¿Alguien cree que se da alguna de las dos premisas anteriores? Pues que dé un paso adelante con el correspondiente hacia atrás para coger impulso dialéctico, antes de que le tiemble el pulso a la hora de ratificarse en su reflexión.

La tentación del juego

Al parecer, los conceptos de disfrute, dignidad y adecuación deben de estar directamente relacionados con la contemplación visual -cuando no virtual-, de las mansiones de los epulones -con todo lujo de detalles-, a través de la televisión o publicaciones, expertas en ponernos los dientes largos, y en acortarnos la ansiedad de la entrega de los de la llave de seguridad -carece de ellos-, que nunca tendremos, recordándonos nuestras miserias y carencias presentes y futuras; eso sí, con permiso de LAE, juegos  on line y demás formas más de tentar a la suerte, que, al final, siempre le llega a otro.

En cuanto a la regulación para impedir la especulación, estoy plenamente de acuerdo; excepto en el infinitivo verbal, ya que se debería sustituir por el de fomentar, vistos los resultados del P.V.P. que se le traslada al público en general; y en particular, al de menor o nula capacidad adquisitiva. No obstante, los “malos tiempos para la lírica” de la vivienda han finalizado. El secretario de Estado de Economía -y suya- (Jiménez Latorre), ha manifestado que el precio de la vivienda “podría haber tocado suelo”; lo que no significa que esté por el mismo, aunque, curiosamente, siempre se construya sobre él.

Además, descubrimos que aquél pretendía –boom inmobiliario-, llegar a tocar no solamente techo, sino rozar en el mercado de la compraventa la bóveda celestial; como si aspiráramos a vivir dentro del espacio de un rascacielos comprado con billetes de ida… y sin vuelta a la entidad bancaria, máxime cuando albergábamos la idea de habitar, incluso, una planta baja… sin tiestos, un ruidoso entresuelo, ó en última instancia, previa solicitud al vecindario, compartir un saludable rellano de escalera relleno de huellas y contrahuellas.

Eso sí, a condición de dejarlo despejado a primera hora del día, no fuera a ser que se personara la comisión judicial, procuradora del dominio bancario sobre el enésimo producto tóxico que descansaría sobre  los anaqueles informáticos de su salón contable.

D. Fernando, ¿dimitirá si no acierta en su funambulesca y vacua aseveración?

Paco de Domingo