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Otras opiniones

Madrid Arena: suma de negligencias

Noviembre 4, 2012

Cuan doloroso debe ser para un padre o madre acostarse una noche y que al despertar tu hija esté muerta. Aplastada. Pensar en su frágil cuerpo comprimido por rodillas, codos, espaldas… Pensar en que debió saborear el pánico en su boca seca por el humo de alguna maldita bengala antes de perder el conocimiento. Belén, Katia, Rocío y Cristina. María Cristina evoluciona favorablemente pero su cerebro dejó de recibir aire durante muchos minutos. Nunca volverá a ser la misma ni a hacer las mismas cosas que antes de quedar atrapada en uno de los vomitorios del Madrid Arena. Sus padres, los de las cinco, no pararán de torturarse pensando en que también son culpables por dejarlas salir, por no haber estado para ayudarlas o por cualquier otra absurdez. La culpa suele funcionar así. Ahora son incapaces de ver que lo que en realidad ocurrió fue una fatal concatenación de errores, un cúmulo de presuntas negligencias que se unieron en un desdichado momento.
 
Concatenación de errores
 
No se si usted tendrá la misma impresión que yo, pero el aforo (número máximo de personas que pueden acceder a un recinto) parece que fue el primer eslabón de la cadena. Presuntos miembros de la organización (y le digo presuntos porque yo no he conseguido que ninguno me enseñe un documento que acredite que trabajaban para la empresa que organizó el evento) afirman con rotundidad que se vendieron en torno a las 20.000 entradas, cuando el aforo máximo era justo la mitad. En este tipo de eventos, en los que se piensa hasta en el tamaño de los hielos para que cada copa deje más beneficios, parece que también funcionan las entradas “no oficiales”. La leyenda urbana dice que son vendidas por los relaciones públicas en connivencia con los organizadores y se convierten en una fuente de ingresos B, que por no pagar, no pagan ni los derechos de la SGAE, esa organización que casi nos persigue hasta la ducha para vigilar si cantamos y, en su caso, cobrar.
 
La falta de control interno es otro de los factores que desembocaron en tragedia. Desconozco cuántos tipos de chaleco amarillo, no quiero llamarles Vigilantes de Seguridad porque a estos les obligan a prepararse, estaban pendientes de lo que ocurría dentro del recinto, pero, sin duda, eran insuficientes. No sé si ellos o sus jefes, pero alguien permitió por ejemplo que los jóvenes pudieran apelmazarse en las escaleras sin advertirles que allí no podían pararse con sus copas ni descansar. Que en caso de incendio era una vía de escape que debía permanecer libre. Tampoco ordenaron el flujo de personas y permitieron que todos los vomitorios tuvieran doble sentido de circulación. Para entrar y salir. Y eso, unido al exceso de aforo probablemente provocó el tapón. Un nutrido grupo entró a eso de las 3:30 de la madrugada por el pasillo que estaba justo enfrente del escenario, en dirección a la pista central, para ver el comienzo del DJ Steve Aoki. Al mismo tiempo, otro grupo abandonaba la pista porque rebosaba gente e intentaba refugiarse en la primera y segunda planta donde no había 8.000 almas luchando por la misma bocanada de aire.
 
Chocaron las dos masas. Los que entraban se vieron arrastrados por la masa en dirección opuesta. Caminaban pegados, como un puzzle humano. Alguien se trastabilló y cayó al suelo. Dicen los testigos que una chica y un chico. Los que iban justo detrás trataron de parar y permitir que se levantasen, pero la presión que venía de la pista se lo impidió. Intentaron evitarlos, pero cayeron unos pocos más. En unos segundos una muralla humana bloqueaba el pasillo. Cuerpos encima de cuerpos. Pechos comprimidos. Ausencia de aire. Gritos desesperados.
 
Otras negligencias
 
El final ya lo conoce, incluido el comportamiento de los imbéciles que tiraron petardos y encendieron bengalas. Me cago en su estampa. Pero hubo más negligencias que aunque, en principio, no colaboraron en la desgracia si merecen ser denunciadas. Los asistentes al acto accedieron sin que nadie les registrase las mochilas. Pudieron introducir en el recinto, petardos, bengalas y lo que hubieran querido. Podría enumerarle muchas más, casi infinitas: nadie pidió el DNI a los asistentes y así entraron muchos por debajo de los 18 años de edad, se permitió tácitamente que se fumara en el interior (muchos lo hicieron y nadie de la organización puso una pega), se consumió droga (lo dicen los testigos), no se impidió que la gente saltase los torniquetes y se colase (también cuentan esto los testigos)…
 
He escuchado que dicen, supongo que usted también, que el dueño de la empresa que organizaba el evento, el Sr. Flores, tenía trato de favor en el Ayuntamiento. ¿No quiere usted saber si untaba a alguien con regalos, dinero o viajes? ¿No quiere saber si todos los papeles del Madrid Arena estaban en regla? ¿Si contaba con todas las licencias en orden? ¿Si las instalaciones cumplían la ley? ¿Si se hizo la vista gorda? Y si se hizo, ¿quién o quiénes lo permitieron?
 
Nombres y fallos
 
Los familiares y amigos de las víctimas, el resto de padres y la sociedad en general necesitamos que se haga Justicia y para eso es necesario que se despejen todas las incógnitas. Hay que poner nombres y apellidos a los culpables directos e indirectos pero en esta búsqueda no podemos olvidar que también hay que localizar todos los fallos técnicos que acabaron transformado una fiesta de Halloween en una tragedia perversa. No sólo para conocerlos, sino para corregirlos y evitar que vuelva a morir más gente.
 
Nacho Abad