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Otras opiniones

Los sueños acabados

Octubre 5, 2010

No sé si me pesaba más el cansancio del día de trabajo, el viajecito en avión o la tristeza de mi desamor con Juan Pedro. Habíamos tenido una fuerte discusión que me había robado la paz y la tranquilidad de los sueños.
Cuando era pequeña mi padre solía decir que el sueño era sagrado y que no se debía nunca despertar al que dormía… Pero es una legión la gente que vive dormida, como aquellos zombies del vídeo de Michael Jackson, y me pregunto si esos también se merecen el respeto de no despertarles. Viven la rutina de cada día como su baluarte vital y sueñan con que un día, de pronto y por arte de magia, todo cambiará. Claro que el “de pronto y por arte de magia” es la aparición de un amor. Parece como si en sus vidas no hubiese existido más emoción que la rutina y que los únicos sobresaltos vitales se los hubiesen provocado sus éxitos profesionales o alguna que otra subida bursátil.
Torcí con demasiada energía el volante del coche. Tenía ganas de llegar a casa. No vi la columna de mi izquierda y me empotré en ella. No saltó el airbag y resquebrajé con mi cabeza la luna delantera. El aturdimiento se llevó mi pena de amor por un momento, mientras escenas sin sentimientos pasaban por mi mente a la velocidad del rayo. Ojalá hubiese visto el famoso túnel con la luz al fondo y se hubiese cumplido mi deseo de no regresar a esta mierda de vida.

Viva pero sola

La salida del parking de la T-4 se llenó de gente rodeándome. El SAMUR hizo una rápida exploración. Estaba bien. Seguía en el mundo de los vivos en perfecto estado de salud, al menos física. Salí de la ambulancia donde me habían hecho el improvisado chequeo ante la expectación de un numeroso grupo de curiosos.
Me sentí tan sola en medio de aquella marabunta de caras desdibujadas…
Sola, porque Juan Pedro no estaba allí, en los momentos cruciales de mi vida.
Él no es mi pareja… Juan Pedro está casado aunque dice que no es feliz. Y yo soy su “de pronto y por arte de magia” que en realidad nunca le cambiará la vida, porque se ha acostumbrado a que esté ahí sonriéndole a través de los años, mientras la vida pasa. Sola porque es así cómo me siento siendo “la otra”, la que se oculta, la que no tiene nombre y la que sólo comparte las sobras del tiempo y las caricias que él me dedica de vez en cuando.

Cuando la ilusión se agota

Juan Pedro, no se ha dado cuenta que su indecisión le ha consumido la vida, pues nada hay qué más envejezca que una infelicidad fosilizada en los años. En su esperanza, no es consciente de que el futuro con el que sueña, le ha robado su presente y que se ha convertido en un viejo quejicoso que juega a ser adolescente. Y yo, juego a no darme cuenta, mientras mi mirada le ilumina y le da fuerzas para continuar con la mentira. Sólo yo sé la fría realidad y el triste final, como esos familiares que ocultan al enfermo terminal su inminente desenlace. Cuando la ilusión se agota sólo queda el frío glacial del vacío.
Él, que tenía su felicidad tan cerca y durante tantos años la ha dejado pasar, mientras su vida se consume tan rápido como esos cigarrillos que siempre odie en su boca.
Un policía municipal de cierta edad, acompañado de otros dos más jóvenes me extendió un papel: “Firme aquí por favor, es por si AENA reclama daños de la columna”.
No daba crédito a lo que veía. Una multa. Un pequeño papelito amarillo del Ayuntamiento de Madrid. Un Boletín de Denuncia que me sancionaba por “circular en sentido contrario al autorizado” con quinientos euros.
Miré a “la autoridad” atónita y con las lágrimas a punto de asomar, pero él ya había cumplido su misión y se alejaba sin que le mereciera más atención.

Arrollada por la vida

El coche estaba a un lado, contrario a la marcha obligatoria. Imagino que lo habrían movido porque obstaculizaba la salida. La grúa llegaba también en ese momento, para llevarse el coche y ser testigo de mi impotencia. Me sentía arrollada por la vida: por la cobardía de Juan Pedro para dejar a su mujer; por mi nuevo trabajo que me hacía depender de él; porque ese golpe en el coche que me iba a dejar un mes sin coche, por el Policía que tan injustamente me había multado y por los quinientos euros que me descabalaban el mes…
El conductor de la grúa parecía sacado de un calendario de bomberos. Moreno, de ojos grises y unos treinta y pocos años. Le miré. Necesitaba un mimo de la vida. Unas palabras de cariño, aunque fueran falsas.
– Señorita, ¿Se encuentra mejor? .Estos días tienen que existir para que vengan otros mejores…
Y van a venir. No será algo que lo cambie todo. Estoy preparada para compartirla. Lo estoy porque sé que Juan Pedro no es lo que quiero en mi vida. Lo estoy porque no me voy a desahogar con un desconocido, para mañana olvidarme y meterme en mi rutina. Mañana recordaré que hay relaciones que nacen sólo para morir y para recordarnos que estamos vivos y que los sueños sólo los tienen los que están dormidos y no quieren despertar.
[Basado en la historia real de tantas “otras” mujeres que un día tocan fondo…y en la de un taxista, Enrique, que después de ser atendido por el SAMUR en la T-4, le multaron porque su coche, accidentado y parado, estaba en sentido contrario]

Teresa Bueyes