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Los puntos cardinales

Los paquistaníes votan sobre una bomba atómica

Mayo 8, 2013

Dentro de cuatro días se celebrarán elecciones en el que ostenta el dudoso privilegio de ser considerado el país más peligroso del mundo. Por lo menos, valoremos como buena la noticia de que es la primera vez desde que se independizó de la Corona Británica que un Gobierno de Pakistán puede agotar el tiempo de su mandato sin ruido de sables. De todos modos, en esta ocasión el ambiente previo a la cita con las urnas ha estado caracterizado por el terror, como lo demuestra que decenas de candidatos hayan sido asesinados, así como los ataques terroristas con víctimas mortales en actos de campaña. Precisamente en el capítulo de la violencia destaca la muerte del fiscal Chaudry Zulfiqar la semana pasada, abatido a tiros cuando se dirigía a un tribunal de Rawalpindi. Este prestigioso jurista se ocupaba de la acusación en el caso que investiga si fallaron los protocolos de seguridad en el atentado a Benazir Bhutto y, en concreto, cuál fue el grado de responsabilidad del ex presidente, Pervez Musharraf. Todo indica, pues, que los paquistaníes sienten la presión de una mano negra que buscará dar al traste con un proceso que, pese a todo, ha generado algún entusiasmo como salida hacia una supuesta apertura del país. Aunque el Partido Popular de Pakistán ha logrado concluir su mandato íntegramente, parece que otra vez los votantes se inclinarán por la Liga Musulmana del veterano Nawaz Sharif. Estamos, pues, ante la dicotomía entre la modernidad que aparentemente encarna la candidatura de la antigua gloria del cricket patrio, Imran Khan, y una sociedad mucho más rural cada vez más aferrada al islam.

Equilibrio en la zona

Las elecciones paquistaníes tienen una importancia determinante en el equilibro y la estabilidad de esa parte de Asia y, en especial, en el futuro de Afganistán. Pakistán es el paraíso y el refugio de los movimientos integristas talibanes, que disfrutan de protección y libertad de movimiento en su territorio. Figuras de primer nivel como el general retirado Hamid Gul, que dirigió los servicios de inteligencia ISI, una especie de estado dentro del Estado, son sus principales benefactores. El militar ha sido buen amigo de Osama Bin Laden y sigue cultivando una estrecha y fraternal relación con la familia Haqqani y con el Mulá Omar, es decir, con los principales enemigos de Estados Unidos y de buena parte del mundo occidental. Mientras sus compatriotas se preparan para acudir a votar, los fieles seguidores de Gul continúan con su política de boicot a la OTAN y se aseguran de que un islamismo radical amparado en las misteriosas redes del espionaje paquistaní siga extendiéndose por todo el país. Independientemente de cuál sea el resultado que arrojen las urnas, estaremos ante un polvorín. Porque aumenta a diario el número de ciudadanos de todas las edades que acuden a las madrasas y a las mezquitas a escuchar que sólo se puede obedecer la voluntad de Alá, porque las instituciones políticas son fruto de la blasfemia y de los pecados de los hombres. Dentro de un año, los norteamericanos habrá abandonado totalmente Afganistán, las guarniciones de la ISAF serán desmontadas y tanto en las zonas tribales fronterizas como en las principales metrópolis paquistaníes, -Islamabad, Rawalpindi o Karachi-, la interpretación del islam más extremo y el antiamericanismo más feroz gozarán de una excelente salud, para preocupación de los países vecinos y para la de quienes, por si lo ignoraban hasta ahora, se enteran leyendo estas líneas de que ese país es una potencia nuclear demasiado poco fiable.

Ángel Gonzalo, Redactor Jefe Internacional de Onda Cero.