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Los puntos cardinales

Los narcos, las autodefensas y el pasado amenazan a Peña Nieto

Enero 21, 2014

Les prometo, y sobre todo a los amigos de México, que me encantaría que ese país acaparase portadas y minutos en los medios audiovisuales por la infinidad de maravillas que atesora. Sin embargo, las últimas semanas han sacado a la luz una realidad que pone de manifiesto el peor problema al que se enfrentan los mejicanos en los últimos veinte años. Los estremecedores datos que arroja la violencia vinculada a las drogas no son nuevos. Si les interesa el asunto, les recomiendo la lectura de “Los señores del narco”, de Anabel Hernández, o “Narcomex”, de Ricardo Ravelo, dos valientes periodista mejicanos de investigación cuyas obras, de entre todo lo escrito, aportan el gran valor de abarcar no sólo los orígenes y el modo de operar, sino que tienen el coraje de añadir las identidades de quienes desde altas instancias de la administración de la República han establecido durante años alianzas perversas y muy provechosas con los capos de los carteles de la droga. En el caso de Anabel, se puede decir que en su libro no falta nadie.

El pasado día 1 se cumplieron dos años de la toma de posesión de Enrique Peña Nieto como presidente de los Estados Unidos Mexicanos. El mandato de su antecesor, Felipe Calderón, se zanjó con un calamitoso balance en la lucha contra los narcotraficantes,  con el sonoro fracaso de la incorporación de unidades militares a peligrosísimas misiones para las que no estaban ni entrenados ni, desde luego, mentalizados. Peña quiso edificar su mandato sobre cinco ejes que a su juicio eran fundamentales para sacar adelante su ambicioso programa de reconstrucción del país después de los cinco años de Presidencia de Calderón que se saldaron con sesenta mil muertes. El primero de esos ejes era lograr un México en paz, poniendo el acento en la reducción de la violencia y haciendo hincapié en la necesidad de una coordinación eficaz entre todos los niveles del Gobierno para combatir la impunidad y hacer prevalecer la justicia. Toda una declaración de principios que el paso del tiempo y la realidad más descarnada se han ocupado en echar por tierra.

El polvorín del estado de Michoacán

De los muchos frentes abiertos por el narcotráfico a lo largo de todo el país, hay uno que preocupa especialmente a Peña Nieto. Es la situación en el estado suroccidental de Michoacán, donde han comenzado a proliferar las patrullas ciudadanas de autodefensa ante la ausencia de policías que apliquen las leyes y la libertad total de movimientos de los sicarios de la banda conocida como Los Caballeros Templarios, que poco a poco han ido conquistando terreno hasta el punto de hacerse con el control de pueblos enteros.

La contraofensiva de las autodefensas ha provocado una curiosa triangulación, obligando a que sea el ejército quien se ocupe de desarmar a los civiles, hartos de denunciar la inoperancia policial. Como ejemplo, tomemos en cuenta que más de mil doscientos agentes han sido investigados por sus posibles vínculos con las bandas de narcos en una zona que se ha convertido en el gran proveedor de marihuana y de meta, además de un paso obligado para cualquier actividad delictiva transfronteriza de las muchas que atraviesan el país. Los Templarios han visto hace unos días cómo su jefe, Jesús Vázquez Macías “El Toro”, era apresado en su feudo. Pese a ello, su detención no hace pensar en la disolución del grupo.

En algunos sectores de la opinión pública se critica una cierta condescendencia de Peña Nieto con esas milicias civiles y el presidente sabe que el levantamiento armado de los ciudadanos es el símbolo de la ausencia de un estado, de la incapacidad para cumplir ese eje sobre el que quiso articular un periodo de paz y sin impunidad. Porque combatir la impunidad puede provocar grandes momentos de desasosiego a un gobernante. Es el caso del actual presidente, al que Anabel Hernández en “Los señores del narco” sitúa en las exclusivas veladas que organizaba Guillermo Ocaña Nadal, conocido como “Ocañita” en la vida social del D.F. En las fiestas de ese manager de artistas eran habituales las estrellas de culebrón, los empresarios, los narcotraficantes y el entonces gobernador del Estado de México, Enrique Peña Nieto.

Ángel Gonzalo, Redactor Jefe Internacional de Onda Cero