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Otras opiniones

Los hombres que odiaban a las mujeres

Enero 11, 2010

Muchas amigas me han animado para que escriba un artículo sobre hombres infieles. Otro día hablaré de las mujeres para que no se me tache de machista ni de feminista.
Cuando llegas a cierta edad, sigues soltera y practicas una vida social intensa compruebas la cantidad de hombres casados que son infieles a sus mujeres.  Algunos justifican ingenuamente que echar una canita al aire no tiene nada de malo. Otros, incluso, otorgan razones peregrinas como que es una manera de revitalizar su desgastado matrimonio. ¿A quién quieren engañar?

¿Quiénes son los hombres que engañan a sus mujeres?

Los infieles son siempre aquellos cobardes que tienen miedo de mirarse al espejo cada mañana y evitar recordar, de este modo,  quiénes son en realidad. Hay distintas clases de infieles y yo los he clasificado según su personalidad en tres:
El hombre castrado
El hombre castrado está casado con una mujer castradora, una mujer dominante que le ha transformado en un llavero colgado de un bolso.
Ese tipo de mindundi, anulado por una mujer de fuerte temperamento,   puede recordarnos fácilmente cómo se vivía en las plantaciones de algodón antes de la abolición de la esclavitud. Es la clase de hombre al que su mujer se le ha subido a la chepa y le ha mutilado para el resto de su vida, pues es ella la que organiza su vida, horarios, le regaña en público, le dice lo que tiene que hacer, cómo tiene que comportarse…
Obviamente a este pobre hombre dominado por el miedo que le produce el poder de su santa esposa, sólo le queda ponerle los cuernos con una amante dulce, sensible, que le escuche y que le haga sentirse querido y alagado.
Muy probablemente, el hombre castrado se enamore locamente de la amante pero jamás  dejará a la parienta, pues es un hombre anulado que necesita el desprecio como recordatorio constante de su verdadera identidad. Por tanto es un adicto a la infelicidad y un inseguro enfermizo que cree hallar en la bruja con la que se ha casado la falsa seguridad de la que él carece.
 
El Machista
El machista es ese hombre que se ha casado con una modosita que no hace ruido y que nunca hace preguntas incómodas, para convertirla en la madre de sus hijos, la cocinera y quien le lava la ropa, para así cubrir el rol que la inercia social le impuso en su juventud.
El machista español cree que quitando a su Santa madre y a su esposa, el resto de las mujeres son  meretrices de la más baja estirpe.
Suele llevar una vida profesional intensa y responsable, mientras que la perpetua esposa no sale de casa para nada y únicamente se limita a cuidar a la prole y ocuparse de las tareas domésticas. Este tipo de hombre se mueve por la comodidad que supone saber que los niños están atendidos y que sus camisas siempre estarán limpias y colocadas en el armario.
El problema que surge es que “la madre de sus hijos” le aburre tremendamente y le desmotiva como macho porque le recuerda a su madre, por lo que necesita salir a la caza de lobitas guapísimas que le atiendan y le recuerden de 3 a 5 que su pasión sigue viva.
Tampoco este tipo de espécimen deja nunca a la esposa fiel, pues ella es la “madre de sus hijos” y nadie le va a poner las cosas tan fáciles ni tan cómodas. Se trata de un espécimen adicto a la comodidad que piensa que  no hay que renunciar a nada pues la querida y la mujer se pueden compaginar perfectamente.
El poderoso
Es aquel que tiene un único objetivo en la vida: Ser el más rico y el más poderoso del cementerio.
Es maquiavélico, pues todos los medios sirven a un único fin: Amasar una gran fortuna.
Este tipo de hombres se casa con las Churris, Guccis y Cuquis amigas de Josemi, que son las elegantes hijas de todos los superimportantes para seguir disfrutando de un estatus mayor del que tendrían si se hubieran casado con una Pérez o Hernández cualquiera. Sus señoras esposas no son más que otra pieza de su entramado financiero empresarial.
Se casan sin amor y viven una vida de conveniencia en la que todo lo que tienen en común es la cuenta corriente, las fiestas de sociedad y tal vez unos hijos llenos de taras y complejos por su culpa.
El poderoso se ha casado con la poderosa por el único vínculo del poder y su matrimonio suele romperse cuando la fortuna de él ha crecido considerablemente y, llegando a la senectud, decide invertir en juventud. Como el punto débil del poderoso es la vanidad, entrando en la tercera edad suele perder la cabeza por una jovencita de piernas largas que le ha hecho sucumbir ante la caída de la pestaña. En este momento, y si no han muerto de una ataque de viagra, tienen el valor de tirar su matrimonio por la borda y empezar una vida ridícula creyendo que son adolescentes.

A quién quieren más, ¿a las mujeres o a las amantes?

Los hombres que engañan a sus mujeres no quieren a nadie. Existe una premisa bíblica irrebatible: Ama al prójimo como a ti mismo. Es imposible que nadie que no se quiera a sí mismo pretenda querer a alguien. Nadie con cierta experiencia vital debería de pensar que a la vida se le puede engañar mediante trucos de magia y falsos atajos. Todo está inventado y no hemos venido aquí a descubrir nada nuevo.
La vida paga en especie los resultados de lo que se siembra. Todos estos matrimonios en el fondo no comparten nada, pues no existe complicidad ni cariño de verdad. Son inmaduros, incapaces de vivir una vida auténtica y real y por supuesto que por mucho que engañen a sus esposas ante todo se engañan a sí mismos. La vida son dos días y lo más inteligente es vivirla en todo su esplendor.
Qué cierto es el dicho de que quien no ha sufrido por amor no ha querido de verdad…y todos estos viven anestesiados.

Teresa Bueyes