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Los puntos cardinales

Los disturbios y el centenario, examen para Bosnia

Febrero 11, 2014

Los diecinueve años que Bosnia ha intentado vivir en paz después de la peor guerra que ha padecido Europa tras el armisticio han sido bastante tormentosos. Porque cien mil muertos pesan demasiado en la memoria y amenazan cualquier posibilidad de levantar sobre los escombros del odio un proyecto de convivencia. Las heridas no se han cerrado del todo y la reconstrucción ha demostrado ser una tarea titánica que, traducida a números, se comprende mejor en toda su amplitud. En los últimos días hemos visto a través de las imágenes de la televisión a ciudadanos desencantados que atacaban edificios oficiales como el de la Presidencia de la República en Sarajevo y otras ciudades como Mostar o Tuzla. El caso de ésta última es especialmente significativo y, con la prudencia que exige cualquier comparación, podemos ilustrarlo estableciendo un paralelismo con lo ocurrido cuando el derrumbe de la URSS que dio lugar a una carrera privatizadora contra reloj.

Al igual que ocurriese en la extinta Unión Soviética, el proceso hacia la economía de mercado hizo florecer una extensa red de corruptos, ex funcionarios del antiguo régimen que jugaban con la ventaja de la información privilegiada y de poder estar en el lugar adecuado en el momento oportuno. En Bosnia, el cambio de modelo económico también ha mostrado sus deficiencias y las fábricas que funcionaban durante los tiempos de Tito acabaron por cerrar sus puertas, provocando impagos y despidos masivos. Y, claro está, el rechazo a la mala gestión de las autoridades y los efectos de la crisis, especialmente duros en esta parte de los Balcanes, han  añadido combustible a la antorcha del  rechazo social.

Una señal de hartazgo

Curiosamente desde el poder se ha intentado ofrecer la imagen de que han sido jóvenes indignados los responsables de estos actos recientes de protesta que se han saldado con choques y destrozos de inmuebles y vehículos. Pero la realidad es bien distinta; lo ocurrido en los últimos días es una señal de hartazgo, una protesta que reúne por igual tanto a las nuevas generaciones con un futuro incierto como a sus mayores, víctimas también de la ferocidad de una crisis económica para la que no ven salida alguna. Como decíamos, todo esto se entiende mejor si trasladamos la situación a guarismos. Así, vemos que en Bosnia el paro supera el veintisiete por ciento de la población y los salarios apenas se acercan a los doscientos euros mensuales. Ese, pues, es el caldo de cultivo de unos disturbios que se han ido extendiendo por las principales ciudades, en algunas de las cuales con una represión policial especial virulenta.

Suspicacias con los vecinos

De hecho, no se descarta solicitar ayuda a la Unión Europea para realizar labores de seguridad. Para la población bosnia, la influencia de los vecinos que en su día formaron parte del mismo Estado suscita alguna envidia. Frente a la debilidad territorial y anímica de la Bosnia diseñada en los Acuerdos de Dayton para albergar a las comunidades serbobosnia,  musulmana y croata, los habitantes de estos territorios ya han visto a Croacia convertirse en el socio número veintiocho de la Unión. El Gobierno de Belgrado, por su parte, sigue negociando con Bruselas su futura adhesión a las instituciones comunitarias. Los bosnios saben que las miradas del mundo estarán puestas en breve en Sarajevo, cuando se conmemore el centenario del asesinato del archiduque Francisco Fernando que dio lugar a la Primera Guerra Mundial. Quizá las protestas sean una forma de llamar la atención. Por ahora, lo único que demuestran es que son los musulmanes bosnios los que se han sumado a las algaradas, mientras que serbobosnios y croatas parecen tener menos afición a la bronca callejera. Si de lo que se trata es de captar la atención internacional, la consecuencia lógica sería que Bosnia-Herzegovina mostrase al mundo su decidida vocación de contar por fin con unas instituciones funcionales y eficaces, en las que prevaleciese la necesaria honestidad de la que los bosnios se vienen sintiendo huérfanos hasta la fecha.

Ángel Gonzalo, Redactor Jefe Internacional de Onda Cero.