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Otras opiniones

Lo que no queremos ver también existe

Abril 11, 2014

 CON GAFAS DE SOL

Caminaba calle abajo con una flamante camisa azul bajo americana verdosa. Parecía que los adoquines tuvieran que agradecer el que los pisara, ¡esos pocos escogidos en tan gran acera! La sombra se hacía en ese lado de la avenida, mientras silbaba con las manos resguardadas en sus bolsillos. 

Una señora elegante de mediana edad salió de la pastelería con su sobrino de su mano. Le sujetaba la puerta un encargado, mientras buscaba en su bolso un par de gafas. El pequeño llevaba un monstruoso trozo de tarta selvanegra, que no alcanzaba a abarcar con una sola de sus manos.  Sus ojos fijos en el manjar no le permitían ver más allá. El dulce fue a parar a la pernera del traje del caballero que caminaba con mirada altiva tras sus gafas de sol.

Así comenzó una relación, que se culminó en boda y concluyó en los juzgados.


PRETENCIOSA

Con atuendo exultante quitaba el sueño al hombre que tenía enfrente. Le mareaba con sus pestañas mientras conseguía llevarle por vericuetos caprichosos. El ayudante del notario se deshacía en explicaciones para no provocarla. Ella disponía de un repertorio de estados de ánimo propios de una actriz. Él se sometía a sus encantos. Ella le preguntaba lacónicamente por su familia y él se extendía en detalles.

Mientras otro cliente esperaba en la sala de espera, contemplando la escena. Cuando por fin le atiende, dice:

– Menudo despliegue de pretensiones. 

– No se crea, nada comparado con el señor notario.

 

EL REAL

Sobrecogido. Muchas veces había estado en la plaza de Ópera, y visto el monumental edificio. No obstante, a sus ojos era nuevo esta vez. Sus columnas exigentes, altura provocativa y solemne silencio. Vertía estupor sobre quien lo contemplara osando enfrentar su mirada a tan esplendoroso pasado y presente. Estaba todo escrito ahí. Excepto que ésta era la primera vez que lo veía, que lo escuchaba, lamentarse en silencio como un Coloso de bronce. En pie, con la mirada vidriosa y los hombros caídos, hizo un gesto de pleitesía y decidió volver a verlo con estos ojos, no con los de ayer, que han conversado con él, con su historia y su armonía. 

– ¿Me llamas? Voy.

 

DESGASTE

No sabía muy bien dónde había oído esas palabras. La misma entonación. Perplejo, miró a su interlocutor con aire distante y cauteloso. ¿Qué le pasaba? ¿De dónde provenía esta inquietud? El hecho de no recordar, de no poder trazar un vínculo entre ambas situaciones, le impedía centrarse en sí y volver a la negociación. Era un profesional. Sus sentimientos no estaban sobre la mesa. ¿Por qué entonces este pinzamiento en la secuencia del tiempo, este agujero negro que le absorbía? 

Volvió a mirar a ese hombre que tenía ante sí. Un recuerdo, leve, una imagen encadeno a otra. Afganistán. Una mesa de negociación parecida a esta. Un acuerdo firmado. Otro acuerdo roto. Estaba mayor para esto.

Abandonó Crimea a la mañana siguiente.

 
LA PLANTA

Llegó el día. Pedro cerró la carpeta y se dispuso a abandonar el despacho. Lo había organizado para no tener que ir mañana a la oficina. Oficialmente estaba de vacaciones. Descolgó la chaqueta del perchero. Por el ventanal se veían luces de ciudad. Atravesó las dependencias desiertas, despidiéndose con alivio. Pasarían varios días hasta volver a este ambiente. Los encontronazos con su jefa, los desalientos de su equipo, las plegarías de los clientes. Necesitaba un descanso. Pasar unos días con sus hijos, a quienes no conocía últimamente. Crecían muy deprisa.

Con estos pensamientos en la cabeza, tropezó con un hombrecillo que estaba limpiando una enorme planta que había junto a los ascensores. Se miraron. El hombrecillo tenía rasgos indios, cabello lacio oscuro. Se disculpó cortésmente y le dijo: – Esta planta requiere de mi atención todos los días. Si la descuido, se marchita. ¿Le parece hermosa? -. Pedro, que apenas se había percatado de la planta que presidía la estancia, respondió: – ¿Acaso importa? -. A lo que el hombrecillo respondió: – Señor, lo que no queremos ver también existe -.  

Pedro se fue a su casa con la certeza de estar descuidando muchas cosas de su día a día.

 

© Javier González Cantarell