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Otras opiniones

Lisboa, las orillas del Tajo

Marzo 10, 2013

Tan interminable como el Tajo son las historias que me asaltan cada vez que paseo por las calles de nuestra vecina capital lusa. Lugar de reyes, de navegantes, de colonizadores y descubridores, Lisboa es una amalgama de colores, volúmenes, formas, de luces y de sombras.

Desde lo alto del Castillo de San Jorge –en el barrio de Alfama- se tiene una de las mejores vistas de los otros barrios que tantas veces han sido azotados por incendios y por algún que otro terremoto, entre tanta desgracia el portugués es de carácter alegre –cuando no tararea fados-, de tez oscura –el sol está siempre presente en esta ciudad-, de sentimiento profundo –tener un amigo portugués es tener un tesoro-. Desde la enorme Plaza del Comercio que parece abrazar la gran desembocadura del río enfrentándose con la otra orilla, la de la localidad de Almada, en la que todavía pervive el antiguo trazado urbano del pueblo de pescadores que un día fue, hasta la moderna Avenida da Liberdade, uno de los principales ejes-bulevar donde se encuentra el imponente y discreto edificio de la Embajada de España, todo está impregnado de variados y exquisitos aromas porteños. El olor a café está siempre presente en todos los rincones, o como dicen por aquellos lares –uma bica-.

Lisboa es el ejemplo de ciudad que se “re-construye” a si misma, que evoluciona y que crece con la sabiduría que sus gentes le otorgan y que, en sus nuevos desarrollos urbanos, siempre tiene presente el pasado de conquistas y descubrimientros que con Fernando de Magallanes alcanzó su máximo esplendor. Muerto Magallanes en Filipinas, el español Juan Sebastián Elcano, uno de los supervivientes de la expedición que dio la vuelta al mundo en tres años, acabó la aventura. Por aquel entonces Portugal y España se habían repartido medio mundo, algo que hicieron patente en el famoso Tratado de Tordesillas.

Ya en nuestra época, el moderno Tratado de Lisboa, constituye el fortalecimiento de la actual Europa y el gran espaldarazo a años de desencuentros y aislamiento de muchos de los países de la Unión. Hoy es impensable vivir sin contar con la riqueza cultural, social y económica de cualquiera de los estados miembros. Se han abierto las fronteras, acortado los caminos, establecido nuevos y más fuertes lazos de amistad y cooperación entre los miembros, sin duda potenciando los valores de cada uno de ellos. En definitiva, el citado tratado es la materialización de las ideas que sobre la Europa unida se habían estado barajando en el seno de la Unión y, en definitiva, es el verdadero principio de un Estado Europeo.

La labor de los portugueses

En estos días, en los que tratan de hacernos ver que la corrupción política está generalizada, que los descomunalmente ricos dan la espalda a los que menos tienen, y que todo está ya perdido, hay que poner una pica en Flandes por la enorme labor que Portugal y los portugueses ha realizado para conseguir su merecido reconocimiento dentro de la Unión Europea. No olvidemos que los fondos de solidaridad europeos que tanto han hecho por Portugal, y porqué no decirlo, por España también, han mejorado las infraestructuras, las comunicaciones, la calidad y el bienestar social catapultando a los países más pobres a los niveles de sus vecinos más ricos y, por tanto, se ha producido una equidistribución de la riqueza en todos los terrenos.

Sin desviarme del tema, Lisboa es un exponente de bienestar social, ha tenido su Exposición Mundial en 1998; se han construido edificios tan fabulosos y llamativos por grandes arquitectos como Alvaro Sizá o Souto de Mora, pero también por los más jóvenes y menos conocidos como Nuno Brandao Costa o mi viejo amigo Joao Cassiano Santos. Lisboa reúne, en muy pocos metros cuadrados, una apabullante vanguardia de la cultura que, a menudo, resulta muy representativa a la vez que desconocida. Fernando Pessoa, poeta educado en Inglaterra, muere a los 47 años seguramente por su desmesurada afición al aguardiente, dejando una de las frases más magistrales y enigmáticas que hoy cobra especial importancia vistos los recientes acontecimientos: “No sé lo que nos deparará el mañana…”.

La vida en Lisboa

Pessoa, Camoes, de Andrade, Ramos Sossa, han plasmado en sus poemas cómo era la vida en Lisboa a lo largo de su existencia y sus experiencias, desde el nacimiento de Lisboa como puerto fenicio (o griego) hasta la reciente historia moderna e impulsora de cambios, pasando por la época de expansión de los descubridores y conquistadores.

A pocos kilómetros del bullicioso centro de la Plaza del Rossio, se encuentra una zona de la ciudad muy especial para mí. Fue allí donde por primera vez pude contemplar las aguas del río desde lo alto: El Puente sobre el río Tajo (unos lo llaman Puente 25 de abril, otros Puente Salazar), Portugal también tuvo su dictadura que terminó con la Revolución del 25 de abril –de los claveles- y la recientemente puesta en escena en el Parlamento portugués del viejo himno de la revolución, Grandola vila morena, como consecuencia de los recortes sociales.

Pues bien, el puente colgante sobre el Tajo es una obra de ingeniería que he cruzado muchas veces camino de las playas de Costa Caparica. Se hiergue sobre dos grandes pilares que lo elevan sobre el río y lo sostienen con sus enormes catenarias. Para aligerar el peso hubo de introducirse grandes planchas de tramex (rejillas de acero que dejan pasar el viento de abajo a arriba) que hacen a veces que los coches vayan literalmente flotando sobre el trazado.

Y por supuesto, el fado

Hablar de la ciudad es también hablar de su música, del fado, de los locales nocturnos que entre las vías de los tranvías amarillos discurren de día. A la caída del sol dejan paso a los miles de turistas ávidos de conocer las costumbres y el folklore portugueses y que en el barrio del castillo tienen su sitio.

Portugal es un país pequeño pero grande a la vez, reflejo de su capital, de variedad de mulatos y habitantes que han llegado de las antiguas colonias –Brasil, Macao, Mozambique-. Mezcla y resultado de un comercio activo que hoy se mantiene con el café y el té que provienen unos de Brasil y otros de las Indias.

Llegar a Lisboa en tren, a la estación de Santa Apolonia, era recorrer la distancia en una noche en un mítico tren plagado de literas. El Lusitania Express, hoy desaparecido por las conexiones a más velocidad existentes con Madrid, me recuerda bellos pasajes con multitud de amigos charlando hasta que caíamos rendidos.

En ese tren aprendimos que los lisboetas y los madrileños no éramos tan diferentes y que gracias a las más de doce horas que tardaba en arribar a su destino establecimos los primeros contactos que aún perduran. Llegar temprano, mochila a la espalda, a la conocida Pastelería Suiza y desayunar al sol en su terraza “falando portugués” con nuestros amigos no dejaba de ser una apuesta por Lisboa, por Portugal que tenía de inmediato su recíproca correspondencia en Madrid. Esos años nos sentimos parte integrante de la vanguardia internacionalista que seguimos propugnando hoy más que nunca.

Algún día veremos terminada la vía de alta velocidad y podremos recorrer los 500 Kms que la separan en línea recta en poco más de dos horas, pero hasta ahora nos conformaremos con los 630 Kms por carretera, eso sí, todo por una moderna autovía que hace que el viaje no llegue a las cinco horas.

Antonio Lambea Escalada. Arquitecto.