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A renglón seguido

Lencería fina

Mayo 14, 2013

Salvando la ley divina, conocemos dos tipos de justicia: la pasiva, con los efectos secundarios propios de la supervivencia, y la construida por el ser humano. En el primer caso, el precio que se paga sigue siendo bastante alto; al menos en lo que al agro se refiere, puesto que doce solanáceos de piel curtida han perecido bajo un “sol de justicia” en la penuria de su actividad en el campo, yermo o feraz –que no del PSOE-, de secano o regadío.

Una docena de hombres bien barbados que, durante el incansable plañidero mes de Abril, han perecido afeitados por el destino bajo el implacable peso de los caballos; pero de los de potencia, la de los tractores volcados sobre ellos mientras se enfrentaban a su madre… naturaleza.

Pero al ciudadano lo que le desespera, a su manera, es la segunda, aplicada por los profesionales “puñeteros”, y auspiciada por la estupefacción civil nacida de las decisiones tomadas por algunos de los jueces y tribunales, las cuales compartimos –pocas veces-, y padecemos siempre.

Parece cohabitar una extraña pareja (folklore + justicia) con raigambre de convivencia entre: “la connivencia, la colaboración necesaria y la prevaricación”. Al menos, esta es la sensación que se percibe entre la, en ocasiones, poco fiable masa social española. El ya “aparcado” caso de “Farruquito” –afea mi nombre de pila- y los de “la” Pantoja y Ortega –no GassetCano, “ponen en tela de juicio”, porque “tienen tela”, las entretelas de algunas resoluciones judiciales.

¿Quién no ha oído hablar de la verdad?

Da la impresión, de que la balanza de la homérica justicia ha dejado de ser fiel al sopeso de su horizontal equilibrio, imparcial criterio y deontológica filosofía. Quizá habría que hacerle pasar por la I.T.V. del Centro Español de Metrología para equilibrarle la vara de medir, o lo harán otros, algunas alambicadas decisiones e indiciarias conclusiones. Subordinados también al CEM, ¿Quién no ha oído hablar de la verdad sospechosa de la tradicional romana?; ¿Quién no pagó el papel de estraza o de periódico a precio de azafrán en los pesos de antaño?; y ¿Quién confía en que se minora la llamada tara de los envoltorios alimentarios empleados al peso en la maquinaria electrónica?

Pues bien, el peso específico de la credibilidad es el que se cierne sobre determinados contenidos resueltos por los jueces. Este “juntaletras” cree en el sistema, pero los que rodean al hombre caen en senectud: nervioso, informático… y también el de justicia. El componente de contaminación ambiental judicial actual nos impide, en ocasiones, ver el sol de la neutralidad y la luz de la oportunidad en sus contenidos; ya sean: providencias, autos ó sentencias.

Si la “lex está sujeta a interpretación, cabe pensar que la actual corsetería mental de sus administradores, además de encorsetada, se ha quedado pequeña, muy dada de sí, ó fuera de temporada. Exijamos una renovada pasarela de fina lencería profesional acorde con los nuevos tiempos, que vista el diseño de la intimidad de los maniquíes de la esperanza de las futuras víctimas.

Paco de Domingo