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Los puntos cardinales

Lecciones periodísticas del Gran Hermano Obama

Mayo 14, 2013

Al margen de la imagen abiertamente progresista y de defensa de las libertades y los derechos individuales que se ha ganado a pulso, la Administración Obama está demostrando también que le gusta bucear en las intimidades de aquellos de quien sospecha. El fin de semana pasado los norteamericanos vivían el debate generado por las investigaciones que los agentes del Internal Revenue Service han llevado a cabo en las cuentas de opositores del Partido Republicano y, en especial, de las de figuras próximas al Tea Party. Barack Obama aseguraba en la tarde del lunes que había perdido la paciencia y que se comprometía a conocer todos los detalles de esa práctica fiscal que llegó a calificar de escandalosa. Los conservadores, en cambio, no se fían del compromiso del presidente y para ellos se trata pura y simplemente de un modo de presión por parte del poder.

Y sin que se haya apagado el eco de esas denuncias, surge una nueva polémica tras hacerse público que una veintena de líneas telefónicas utilizadas por periodistas de la agencia de noticias Associated Press fueron meticulosamente espiadas a mediados del año pasado. Los informadores tenían datos de una operación antiterrorista sobre objetivos de Al Qaida en la Península Arábiga, que planeaba atentar contra un avión de una compañía norteamericana. Los “fisgones” se pusieron en marcha y no dudaron en pinchar las líneas de la redacción e incluso las de los domicilios particulares de los periodistas. El episodio pone de relieve que la guerra de Obama contra los filtradores de su administración va mucho más allá de las palabras, como lo demuestra que media docena de funcionarios hayan sido acusados de revelación de datos sensibles.

Constitución vs Seguridad Nacional

 La primera potencia del mundo en la que dos periodistas, Carl Bernstein y Bob Woodward, escarbaron hasta terminar con el entonces presidente, Richard Nixon, vive ahora un encendido debate en el que se mezclan la Constitución, la Declaración de Derechos y los protocolos de seguridad nacional. Porque de los muchos cambios a los que dio lugar el 11-S uno ocupa un lugar especialmente destacado, el concepto de la protección de los intereses ante cualquier amenaza terrorista. En la Casa Blanca, el actual equipo sabe que es muy difícil alcanzar el equilibrio entre la seguridad y la libertad de información. Por lo menos no han desvelado la identidad de ningún oficial de inteligencia como sí lo hizo el Gobierno Bush en 2003 al difundir a través de un articulista amigo que Valerie Plame era agente de la CIA. Era una puñalada de venganza contra su esposo, el diplomático Joseph Wilson, quien negó que Níger hubiese proporcionado uranio a Sadam Hussein. Wilson echaba por tierra los embustes de Bush, Cheney y Rumsfeld y había que darle donde más le doliese.

La dicotomía prensa/poder en Estados Unidos es objeto de estudio en universidades de todo el mundo y modelo también en las redacciones de los países occidentales. Imagino que habrá colegas en el nuestro que considerarán con una sonrisa maliciosa que las escuchas a los compañeros de Associated Press suponen un borrón en la sacrosanta libertad de la que, se supone, disfrutan los periodistas en un país en el que las leyes amparan su trabajo. Por experiencia puedo asegurarles que una rueda de prensa en Washington y otra en Madrid son mundos antagónicos. Allí se repregunta, se pone contra las cuerdas a quien comparece y los editores son capaces de plantar cara a la presión de las instituciones. Los periodistas de AP han sido víctimas de una violación inadmisible de sus valores profesionales. Pero, al menos, de ello podemos extraer alguna enseñanza. Allí ha sido el propio Departamento de Justicia quien lo ha puesto en conocimiento de la dirección de la agencia, es decir, del medio investigado. El hecho, pues, se ha sabido. Aquí, en cambio, hay demasiada costumbre de que los gabinetes de prensa inviten al silencio del periodista.

Ángel Gonzalo, Redactor Jefe Internacional de Onda Cero.