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Mi Tribuna

Le petit Nicolás: el lobo solitario bien acompañado

Octubre 26, 2014

En las mejores tramas mafiosas siempre aparece la figura del menor como si fuera el bufón gracioso de la banda, incapaz de despertar sospecha alguna. Su apariencia inocente, su aspecto todavía infantiloide, esa mezcla entre imberbe y simpática, conforman una especie de escudo protector aparentemente infranqueable que otorga una completa libertad de movimientos.

El caso del pequeño Nicolás ha pasado de broma a serio. Ha sufrido una metamorfosis de lo gracioso a la sospecha. Dentro de la enorme caradura de este aprendiz de vividor, no me negarán su mérito para fabricarse un personaje capaz de codearse con eso que denominamos “las altas esferas”. Nicolás vivía en el decorado de un mundo de lujos, relaciones y fantasías que derivaron en estafas, y cuando apareció el dinero se desmoronó ese montaje con más de una lectura.

Muñeco elegido

En síntesis, Nicolás emulaba ese sueño de poder en forma de conexiones políticas, coches con chófer, recepciones reales o vivienda de alto standing. Reproducía el guión de un sueño que él había convertido en realidad; temporal o no, pero realidad.

El pequeño Nicolás no era más que el muñeco elegido para interpretar un papel determinado en cada uno de los escenarios que tocaba actuar. Es imposible pensar que un veinteañero tuviera no solo imaginación, sino capacidad para generar esos recursos con los que adornar su farsa. Imposible contratar vehículos con conductor incluido; imposible mantener una vivienda así con servicio en la que recibía visitas y celebraba reuniones; imposible acceder a determinadas agendas y entrevistarse con personas de influencia; imposible, incluso, estrechar la mano a los recién proclamados Reyes de España aunque fuera en calidad de invitado de quien sea. Imposible.

Clínex de usar y tirar

Pero como en las bandas mafiosas, al menor se le utilizaba para todo. Y cuando se descubre el pastel el término utilizar se transforma en abandonar para crear la leyenda del lobo solitario con aires de grandeza que se creyó un mundo diseñado por él mismo. Porque a petit Nicolás le han utilizado como un clínex de usar y tirar al que encargaban misiones imposibles lanzadas al azar de sus delirios, sus fotografías con caras conocidas, sus fantasías.

Nicolás no estaba solo. Nicolás, era un trapo de guiñol con una sola marioneta. Otra cosa bien distinta es saber quién manejaba los hilos que movían a este juguete roto, representante de una filosofía de vida bien emparentada con estos momentos actuales de corrupción política, tarjetas negras o paraísos fiscales. En Nicolás caló demasiado pronto el mensaje ficticio de que todo vale y ahora el clínex está en la papelera. 

Félix-Ángel Carreras Álvarez
Director Tribuna Valladolid