Menú Portada
Los puntos cardinales

Las porras de Yanukovich y el gas de Putin

Diciembre 3, 2013

La Unión Europea se encuentra ante el difícil desafío de demostrar cómo puede gestionar una crisis que no le es propia pero que tiene consecuencias directas para Bruselas. Desde Ucrania, la Europa de los veintiocho es la tierra prometida y se evidencia la división de un país que tras el derrumbe de la URSS no pudo encontrar un modelo propio ni logró emanciparse del todo de la dependencia rusa, tanto en la política como en la energía y, por qué no, tampoco de sus hábitos corruptos. Ayer mismo conocíamos el último informe de la Organización Transparencia Internacional en el que, de los ciento setenta y siete países evaluados, Ucrania figura en el puesto ciento cuarenta y cuatro. Y es precisamente esa falta de transparencia y la escasez de costumbres democráticas la que ha sacado a la gente a las calles.

Hay una diferencia geográfica y cultural evidente que se comprende bien observando los anhelos de los ciudadanos y los de sus administradores. Así, mientras que los de la parte Este muestran añoranza hacia la Madre Rusia, en la occidental se respira una clara vocación europeísta. Nos encontramos, por tanto, no sólo ante la partición de un pueblo en razón de sus orígenes. Lo que está sucediendo en Ucrania es fruto de una sensación de desencanto y de hartazgo por ese Estado que al intentar separarse de la tutela del Kremlin demostró su incapacidad para avanzar en las reformas y acabar con una corrupción galopante.

Un problema que traspasa las fronteras de Ucrania

Salvo en esa mitad oriental pro rusa, donde la gente teme más al fantasma del pasado y de la represión a la soviética, los manifestantes que han tomado las calles y se han enfrentado a la contundencia de los antidisturbios son gentes mayoritariamente moderadas que comprenden un abanico en el que cabrían todas las opciones del centro derecha. Los choques más violentos han sido protagonizados por jóvenes de movimientos inspirados en el nacionalismo radical. En el fondo subyace un problema que traspasa las fronteras ucranianas y que en la práctica supone un pulso entre las instituciones de la Unión y los deseos de control de Moscú.

Acercamiento a la UE

La Comisión Europea quiere encontrar cauces que permitan el progresivo acercamiento de seis países que en su momento formaron parte de la URSS, -Ucrania,. Bielorrusia, Moldavia, Georgia, Armenia y Azerbayán-, mientras que Vladimir Putin quiere recuperar la influencia en esas seis naciones en las que hasta comienzos de la década de los noventa ondeaba la bandera roja con la hoz y el martillo. La losa de la historia del siglo veinte pesa mucho y quienes sufrieron la bota del Kremlin y los abusos totalitarios del KGB como Lituania y Polonia son los principales valedores de las aspiraciones de Ucrania para integrarse en las instituciones europeas como miembro de pleno derecho. Esa es, digamos, la excusa de la deuda histórica con Kiev. En la práctica, no podemos dejar de lado que gran parte del suministro de gas que llega a las espitas de la unión procede de Rusia y que las tres naciones caucásicas antes mencionadas resultan determinantes en el flujo de las energías fósiles procedentes de Asia Central. En el caso de Azerbayán, además, el patrocinador del Atlético de Madrid produce su propio gas y su petróleo. Así que, donde unos ven un canto de libertad frente a una porra antidisturbios, otros más pragmáticos ven la llave de paso de un gaseoducto y la mano de Putin abriéndola o cerrándola según convenga.

Ángel Gonzalo, Redactor Jefe Internacional de Onda Cero.