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Los puntos cardinales

Las pesadillas de 2014: guerra en Siria y repliegue de Afganistán

Enero 2, 2014

Justo dentro de una semana, por espacio de dos días, y desde luego si el transcurso de la guerra no lo impide, la oposición moderada siria acudirá a Córdoba invitada por el Gobierno. La bellísima ciudad andaluza es el marco en el que la delegación siria se sentirá en casa, en un entorno de recuerdos omeyas, como en Damasco. Será una buena ocasión para analizar con detalle y hacer balance de un conflicto que se prolonga ya durante tres años y que presenta peculiaridades a las que merece la pena dedicar unas líneas. Comprobamos, por ejemplo, la paradoja de que mientras Bashar El Assad se comporta como un hombre de palabra que cumple sus compromisos internacionales y se deshace de los arsenales químicos, sigue bombardeando con mayor devastación, sin importarle los objetivos ni la cantidad de víctimas.

El presidente sirio era el enemigo, el ser diabólico con el que había que terminar, y sin embargo el devenir del conflicto ha puesto de relieve que es él quien lleva la iniciativa, algo que ya hemos comentado hace tiempo en esta sección. Occidente, en especial Estados Unidos, tiene suficientes experiencias como para conocer el riesgo de los países que dejan de tener una estructura de estado. Por muy sátrapas que hayan sido algunos gobernantes árabes, su mano de hierro garantizaba una cierta tranquilidad institucional, una sensación de cara al exterior de que no había peligro de cambio. Las cosas estaban bajo control y en su sitio. La intervención externa era imprescindible, bien fuese mediante algunas de las más aberrantes mentiras de la historia moderna, como fue el caso de Irak, o de fronteras hacia adentro, como en Libia.

La experiencia de Libia e Irak

Este último caso es especialmente significativo porque tras la caída de Muamar El Gadafi, la república revolucionaria dio paso a una proliferación de grupos armados y señores de la guerra que dictan la ley a su antojo en sus respectivos territorios. Es decir; no hay estado. Por no mencionar que los arsenales libios después de Gadafi se convirtieron en un gran supermercado de precios de saldo para proveer de armamento a cualquier milicia islámica con dinero, como pudimos comprobar en Mali. El Irak de Sadam Hussein había sido en los tiempos de Ronald Reagan un estado fuerte, poderoso y amigo de Washington. Y la Siria de la familia Assad esta institucionalmente bien articulada y donde no cabían experimentos o secesiones.

Pero es ahora cuando la realidad muestra toda su crudeza y enseña al mundo que hay una gran franja de terreno que se extiende desde el norte de Irak hasta casi la frontera de Siria con Turquía en manos de bandas afines a Al Qaida, aunque con una relación no totalmente directa con la organización que fundó Osama Bin Laden. La existencia de esos grupos que propugnan el salafismo y el islam rigorista financiados por los petrodólares saudíes genera la desconfianza de las cancillerías occidentales, que temen que cualquier envío de armas a los opositores homologados y tutelados por la Casa Blanca y Downing Street acabe en poder de los enemigos declarados de las dos potencias anglosajonas con las que el fanatismo se ha cebado con especial saña.

Empezamos el año, por tanto, como lo terminamos. Pendientes de una guerra para cuya posible solución se ha convocado una conferencia internacional en Ginebra el próximo día 22 del presente mes, una reunión auspiciada por la ONU, Estados Unidos y Rusia. Y acabaremos 2014 con la salida de las tropas internacionales de Afganistán y, por ende, con enormes dudas sobre la capacidad de las autoridades de Kabul para garantizar la seguridad en su territorio. El modelo del pasado afgano tras la derrota de las tropas soviéticas es lo que todos quieren impedir para Siria. Occidente fue generoso con la resistencia afgana y al final la historia acabó como el monstruo de Frankenstein, que se volvió contra quien lo creó.

Ángel Gonzalo, Redactor Jefe Internacional de Onda Cero.