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A renglón seguido

Las nieves… y sus bienes

Febrero 16, 2015

¡¿Quién no recuerda alguna conversación celebrada en la acogedora atmósfera del interior de un ascensor?! Eso sí, siempre y cuando el edificio estuviere dotado con el claustrofóbico habitáculo sujetado por las aceradas lianas, que actúan como los tirantes del Gran Wyoming. Caso contrario, en ausencia de este apoyo mecánico de la tecnología en pretéritos inmuebles, se departiría con los convecinos en el entrañable rellano de la escalera, estancia en la que de algunos nunca se sabrá si suben, o si bajan.

Uno de los contenidos más socorridos de este tipo de participativa oratoria ha sido, y será, la inagotable fuente del “tiempo”, como pariente directo de la climatología, con frases tan célebres como: ¡vaya tiempecito!, está de cambio, parece que haenfriao”, ¡uf!, qué calor… y otras perlas del cultivo de nuestro impagable joyero del saber meteorológico popular.

La revancha

Dentro del abanico de posibilidades el más reciente en el calendario ha sido el fenómeno de la nieve; ¡tan poética ella! cuando se disfruta desde el otro lado del mirador, en torno a una mesa camilla –como la que propone Bono-,  como elemento propiciatorio para la práctica de deportes de invierno, o al calor del amor en un bar.

Claro, que este albino elemento monocolor de la naturaleza, al que por la blancura en su ralentizado descenso imitan las madres en su colada, se deposita y nos cubre con sus pulcros y silenciosos “trapos”, obligando a enfundarnos otros para evitar una de sus efectos más directos: el frio. Si bien este pasado año se ha mostrado perezosa y lasa al no cumplir con las tradicionales expectativas del refranero: Por Todos los Santos, nieve en los altos, se ha tomado la pertinente revancha compensándolo con su invasiva compañía a posteriori.

Nunca llueve a gusto de todos

Durante un buen puñado de jornadas la convivencia con su suave –diríase de algodón– y compacta presencia ha generado la habitual controversia a la hora de valorar la diligencia de las autoridades en la recogida y eliminación de la red viaria. Tradicionalmente en algunas localidades se depositaba el cadáver de su manto en el cauce de los ríos, pero, por el contenido en sal utilizado para neutralizarla, su vertido ha sido prohibido por las Confederaciones Hidrográficas al afectar el equilibrio del ecosistema. ¿Opiniones?, pues tantas como traseros y copos y para todos los gustos; con la generalizada “desalzón” ciudadana por la incapacidad del responsable de rigor a la hora de mantener expedito el entramado de carreteras.

Mientras, otras voces han clamado al cielo –…y no me oyó– poniendo su grito en él por los frecuentes cortes al tráfico y aislamientos de la civilización a los que se han visto sometidos conductores y ciudadanos en diversos puntos, con dificultades de desplazamiento y aprovisionamiento como consecuencia de su muda visita. Hasta los animales silvestres tendrían quejas que presentar, pero al no estar sindicados y carecer de un portavoz oficial, desaparecido su patrón San Antón –por cuya fecha (17 de Enero) una mosca vale un doblón-, sus lastimeras reivindicaciones pasarán, paradójicamente, por salvarse de la quema de la falta de alimentos a pesar del apoyo aéreo recibido.

Nunca llueve a gusto de todos, pero esta singular e irrefutable propuesta va de la mano y se abraza, por su “naturaleza”, con la discutible: Año de nieves, año de bienes. Le tenemos recién estrenado y el lazo de su comienzo apenas desenvuelto para comprobar la asonancia.

Paco de Domingo