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Otras opiniones

Las maldades de la Iglesia

Noviembre 17, 2010

Soy católico. Creo en Dios. Y soy homosexual. No oculto que no comulgo con muchas de las pretensiones de la Iglesia, pero sí creo en los mandamientos de Jesucristo. Sin embargo, me repatea la actitud de quienes siguen provocando con un ultracatolicismo que debería ser delito. No comulgo, ni lo haré jamás, con esos curas y monjas retrógrados que siguen ordenando que no se use el preservativo, ni siquiera como método para evitar la contracción de  enfermedades venéreas.
 
Sigo perplejo, y algo alucinado, al escuchar a una religiosa que, en un especial de La Noria, aseguró que se había demostrado científicamente que el condón no podía combatir con la virulencia del Sida. Semejante aberración no puede causarme mayor espasmo. Según su testimonio, es mucho mejor follar sin utilizar protección, antes que luchar contra las enfermedades de esta forma. Es un argumento tan raquítico y bochornoso que me alarma. Y no porque haya la gran mayoría del clero divulga este pensamiento, sino porque hay jóvenes de mi edad que están plenamente convencidos de que el preservativo no es bueno. Desconozco hasta qué punto actitudes como esta, que fomentan el sexo insegura, debían ser condenables ante la ley. Al igual que avivar el consumo de drogas es un auténtico golpetazo a la moralidad, asuntos cómo estos también deberían serlo.
 
Por otro lado, tampoco entiendo el revuelo de la visista del Papa a España. A pesar de no entender el fanatismo de quienes han pasado la noche a la intemperie para guardar primera fila en el paseíllo de Ratzinger, entiendo que haya quien viva con fervortan magnánima presencia. De todas formas, resulta abusivo, y un reflejo de desequilibrio social que aqueja a nuestra población, que bebés sin sentido común sean paseados a bajas temperaturas y con agrupaciones de personas por todos los lados. Sobre todo porque el Papa no es un mito. Ni tampoco debería serlo.
 
Saúl Ortiz es periodista y novelista