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Otras opiniones

Las Alcahuetas

Septiembre 7, 2010

Mucho ha llovido desde que Calisto y Melibea se toparon con Celestina para hacer de su amor un apaño que les costaría la vida. La vieja y harapienta alcahueta de entonces viste hoy de Prada como el Demonio, y ha dejado paso al botox y a la cirugía para barrer de su rostro cualquier atisbo de su pecado.
Desde hace semanas se ha puesto de moda María de Mora y otras damas de dudosa reputación que no dudan en vender los secretos propios y ajenos. Antaño quedó el ostracismo de las pensiones, las barras americanas y los jacuzzis en chalets de postín…en la España de pandereta nadie duda que la intimidad es patrimonio común y siguiendo la marcianada de un Ilustre Magistrado – hoy inhabilitado por loco– que me espetó un día que “la intimidad cuando es compartida deja de ser intimidad” se impone la moda de Dominguín de contar con todo lujo de detalles cómo se espatarra Ava Gardner o cualquier celebrity del momento. Hoy las putas y reputas inundan los espacios circenses televisivos convirtiendo en una gran alcoba los estudios de televisión. Sus representantes,  chulos de barrio chino practican el onanismo detrás de los focos mientras se frotan las manos con la golosa ganancia.  Satán se nutre de audiencias y sus sectarios no dudan en sacrificar damiselas impregnadas de anécdotas de medianoche. Todo vale, como siempre en este contenedor de basura irreciclable.
Hoy para ser puta no hace falta ejercer tan conocido oficio, basta que el dedo de cualquier desaprensivo que compone estas tertulias televisivas, apunte a quien sea para imprimir el hierro innoble de su casta a aquellas asociadas a tan livianas señoras.
Pero no se crean que sólo es María de Mora y sus voayers los que están de moda. Yo conozco alguna a la que se le cae todo, menos la cara de vergüenza y que se mueve a las mil maravillas con toda la elite española. Parapetada en una empresa fantasma, la casi setentona, se vende como una alta ejecutiva en el mundo de la comunicación. Como no es oro todo lo que reluce se dedica a colocar a amigas y conocidas con empresarios muchimillonarios que ya poco tienen que perder y  nada que levantar.

Por una cena o unos festejos la buena señora se lleva una pasta gansa  maquinando celestinajes que sólo ella y su pagador conocen. Con la Zeta de Zalamera sí señora, deje usted de implorar a la amistad y  los escasos favores que hace a aquellas a quien usted recuerda cuando se pasa el arroz. A usted ya se le oxido la cazuela hace muchísimos años. Que no me enteré yo que anda cerca de mis protegidas porque la próxima vez no amenazo con iniciales, sirvo su cuello en bandeja… Al fin de cuentas a mí sólo me pagan por ejercer mi noble oficio y en mi hambre mando yo.


Teresa Bueyes