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Otras opiniones

La vida lo da y la vida lo quita

Noviembre 21, 2014

Tanto se alegró por ella que sintió lágrimas aflorar. De verdad que se merecía esta etapa, había sido muy difícil hasta ahora. Con un beso se despidió de ella, deseándole lo mejor de todo corazón


El nuevo orden mundial amenazaba con tumbar su fortaleza. Su salud se resentía a medida que las fuerzas se alteraban. Todo parecía indicar un colapso en el equilibrio existente. Y esto implicaba un periodo de incertidumbre y caos. Siempre había gozado de una estupenda vitalidad, pero estos tiempos estaban acabando con eso. Había dejado de creer en su soberanía. Se estaba quebrantando su fé en sí mismo. Había empezado a dudar. El rey se giró hacia sus súbditos y les dijo: 

       Pronto amanecerá un sol que no gobernaremos -.

Ninguno entendió muy bien a qué se refería. Pero unas semanas después, el monarca fallecía con una invasión de los pueblos limítrofes en ciernes. Y es que el hombre, grande o pequeño, muere cuando deja de creer en sí.

 
SANACIÓN

 Era un hombre sencillo y enjuto. Tenía barba de pocos días y la mirada penetrante de quien ha visto demasiadas cosas y ha dado buena cuenta de todas ellas. Se ladeo ligeramente porque le incomodaba la cámara. La prensa le producía poca confianza. Tendían a tergiversar las cosas con fines sensacionalistas. Y él era alguien sencillo. Con cualidades extraordinarias. A nadie interesaba su sencillez. Pero sus cualidades sanadoras eran otra cosa. Cientos de enfermos se congregaban en su domicilio para ser curados. Y esto estaba dando que hablar en toda la región. Algún periódico nacional se había hecho eco. En la entrevista se mostró parco, resultaba obvio que preferiría no estar ahí. Pero el lobby médico estaba haciendo presión por imposibilitarle realizar sus obras de caridad. Y era necesario luchar contra ello.

       Yo no hago nada. La gente se cura porque creen firmemente que pueden hacerlo. Yo sólo les escucho -. Semejantes testimonios traían de cabeza a la comunidad médica, acostumbrada a “hacerlo todo”.

Y es que hay dos tipos de enfermos: los que quieren sanarse y los que quieren que les sanen.

 
ELLA

Corría por la bajada del callejón hacía la avenida principal. Se había hecho tarde. Pasó junto a una parada donde estaba estacionado un autobús y entonces la vio. Estaba sentada junto a la ventana, mirando distraídamente a la calle. Durante un instante sus miradas se cruzaron. Fue como entrar en un túnel del tiempo, porque ese instante duró mucho tiempo. Al menos, así lo recuerda él. La imagen de ella quedó grabada en su retina, la ropa que llevaba, el pelo, los dedos en el pómulo. Él tenía los dos pies en el aire en ese momento, pero no estaba en sí para percatarse de este hecho. En la zancada siguiente había perdido contacto visual con ella. Él continuó corriendo y ella observando la acera. Se perdieron el rastro y hasta hoy.

¿Se acordará ella del él? Porque él aún recuerda la chica de aire distraído que apoyaba su cara en el cristal.

 
CAMBIOS

 Viendo las fotos de su nueva casa sintió que la fortuna había llegado a manos de su amiga. Era un momento bonito en la vida de ella, momento de muchos cambios, cuyo envoltorio era una hermosa relación que amparaba las expectativas de cosas maravillosas: convivencia, hijos, chimenea, celebraciones, arte. Tanto se alegró por ella que sintió lágrimas aflorar. De verdad que se merecía esta etapa, había sido muy difícil hasta ahora. Con un beso se despidió de ella, deseándole lo mejor de todo corazón. Su amiga, humildemente, le despidió con unas palabras que le marcaron:

       La vida lo da y la vida lo quita. Nada es para siempre. Hay que disfrutarlo mientras es.  

 
AMISTAD

Le hablaba mientras terminaban de secarse después de la piscina. Apenas entendía una parte de lo que le decía. Pero era tal el entusiasmo de haberse conocido, que él le respondía con otra parrafada. Y es que la amistad es eso: devoción por otra persona sin entender que está pasando.  Siguieron intercambiando frases, hilando un intento de conversación que enlazaba dos culturas diferentes con idiomas distintos. Fueron unos minutos que equivalen a horas. Entusiastas los dos, no alcanzaban a despedirse en un amago de separación de caminos. Se dieron las manos tres veces. Volverían a encontrarse la semana próxima. Seguro. O quizás no se volvieran a ver. El azar es caprichoso.

© Javier González Cantarell