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Los puntos cardinales

La teoría del teléfono de Kissinger para hablar con Teherán

Junio 18, 2013

La semana pasada, la responsable de la Diplomacia comunitaria, la británica lady Catherine Ashton, recordaba durante un desayuno coloquio en Madrid aquella célebre pregunta que Henry Kissinger solía hacerse a sí mismo, incapaz de saber a qué teléfono tenía que llamar cuando buscaba interlocución europea. En otro escenario bien distinto, pero en primera línea de la actualidad mundial, nos encontramos ante una situación parecida desde el último fin de semana. Las elecciones en la República Islámica de Irán han dado la Presidencia del país al moderado Hasan Rohani, quien ha contado con el apoyo de sus antecesores de la línea suave, Mohamed Jatami y Ali Akbar Hachemi Rafsanjani. Es lógico hacerse una idea de la corriente de entusiasmo que rápidamente corrió como la pólvora por las calles de Teherán, porque con el antecedente de las dudas en los comicios de 2009 y la inmediata represión que se desencadenó, el triunfo de Rohani suponía una bocanada de aire fresco. Desde las cancillerías occidentales llegaba una cierta sensación de alivio porque todo indicaba que la era Ahmadinejad ya era parte de la historia.

Israel: pesimismo y realidad

Pero el contrapunto a medio camino entre el pesimismo sionista y la realidad más descarnada lo puso el primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, que recomendaba a sus naciones amigas no hacerse ilusiones con el recién elegido. ¿Por qué Netanyhu prescindía de esa moderada alegría y sacaba a la luz los temores de la comunidad internacional? Tenemos que recurrir a la teoría Kissinger para hallar la respuesta. Hasan Rohani es, desde luego, el presidente de Irán, pero para los grandes asuntos que preocupan al resto del mundo es el líder supremo, el ayatolá Ali Jamenei, quien tiene las llaves de los cajones. Dando por sentadas todas las diferencias posibles, el modelo iraní podría asemejarse al del primer ministro de la República Francesa, en el sentido de que el presidente electo puede asumir una gran cantidad de competencias. Sin embargo, las que dan carta de naturaleza al estado, y más un estado teocrático de tan difícil relación con los demás, son la política exterior y la defensa. Y no parecen, hoy por hoy, sujetas a viento de cambio alguno, toda vez que continuarán descansando en la figura casi mística del líder supremo, que por supuesto es infalible.

Hasan Rohani se sitúa en un escalón inferior de esa jerarquía religiosa, en la que disfruta de la dignidad y los privilegios de ayatoleslam. Ahora tiene que ponerse a trabajar, a medir prioridades y a buscar soluciones para un país que, merced a las sanciones, ha visto reducidas sus exportaciones de crudo en más de un sesenta por ciento. Esa política de castigo internacional ha elevado la inflación por encima del treinta y los precios han experimentado un incremento cercano al sesenta por ciento. Así que, con esas expectativas, sólo un diálogo sincero y una actitud de colaboración en el marco de la Agencia Internacional de la Energía Atómica pueden hacer que la antigua Persia recupere el papel que le corresponde y salga de ese aislamiento, tal y como claman a gritos sus jóvenes. El nuevo presidente tiene también que ofrecer confianza, y en primera instancia la receta puede pasar por permitir que recuperen la libertad los centenares de personas, -periodistas, abogados o activistas diversos-, que vienen padeciendo la brutalidad represora del régimen anterior encarnada en las milicias del régimen y en su policía secreta. Y, por supuesto, dejar de ser aliado de Bashar El Assad. Así que está bien que se perciba algún cambio en Teherán, aunque nos tememos que, pese al resultado de las urnas, por el momento las grandes decisiones se seguirán tomando en la misma extensión telefónica.

Ángel Gonzalo, Redactor Jefe Internacional de Onda Cero