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Otras opiniones

La reforma laboral

Mayo 26, 2013

Hace poco más de un año, inmediatamente después de ser aprobada la reforma laboral realizada por el actual Gobierno, escribí lo siguiente:

“El que los nuevos contratos laborales tuvieran un tratamiento similar al del resto de los contratos, pudiendo pactar las partes lo que estimasen conveniente y subsumiéndose de facto buena parte del  derecho laboral en el civil, creo que a la mayoría de los juristas, máxime en la actual situación de masivo desempleo en la que cualquier parado preferiría tener un trabajo sin garantías a no tener ninguno, no nos inspiraría ninguna reticencia; lo que si nos la inspira es la inseguridad jurídica, las normas con efectos retroactivos y el no respeto a los derechos adquiridos en base a los cuales muchos trabajadores han tomado decisiones vitales, como cambiar o no de empresa o profesión o establecerse o no como autónomos

Y es que lo importante y preocupante de la actual reforma laboral, no es la parte relativa a las nuevas contrataciones (que, simplemente, me parece insuficiente y que no servirá para nada), sino el tratamiento previsto en la misma para los trabajadores con contrato fijo en vigor. Parecería imposible, si la realidad no lo desmintiera, el imaginar que nuestros responsables políticos ignoren que para conseguir el objetivo teóricamente buscado de reducir los índices de paro hay que conseguir crear empleo nuevo pero, en estos momentos de crisis, sobre todo, evitar que se destruya el actual.

Respecto a lo primero, la creación de nuevo empleo, la actual situación de recesión de la demanda y restricción del crédito hacen que ello resulte muy difícil, por lo que las medidas para promoverlo deberían ser mucho más intensas que una moderada rebaja en las indemnizaciones por despido, y la homogeneización de los nuevos contratos con una indemnización general muy reducida me parece que sería preferible para los que están en el paro que continuar en este.

Mantener indemnizaciones con carácter disuasorioRespecto a lo segundo, el que no se destruyan los actuales puestos de trabajo que, en mi opinión, es en estos momentos de crisis lo más importante, me parece evidente que deberían mantenerse las anteriores indemnizaciones como elemento disuasorio, que es justamente lo contrario de lo que hace la reforma laboral, con consecuencias que me temo que van a ser trágicas para el empleo y para España.

Es muy importante facilitar la contratación de los más de 5 millones de parados, pero debería serlo mucho más  el no propiciar el despido de los más de 18 millones de ocupados que es precisamente lo que se desprende inevitablemente del núcleo esencial de la reforma laboral.

En relación con dicho fundamental aspecto relativo a la destrucción de los actuales empleos, debe señalarse que, en una situación de recesión económica generalizada, pocas son las empresas de nuestro país que, aun manteniendo beneficios multimillonarios, no cumplen los requisitos legales de haber disminuido sus ingresos en los últimos nueve meses o sus ventas en los últimos seis meses y, si no, les basta invocar la necesidad de cambios técnicos, organizativos o productivos que no tienen que justificar.

Permisividad en los despidos

Conforme a la reforma laboral aprobada por el Gobierno, estas empresas van a poder despedir de forma procedente, con un coste mínimo (20 días por año que, además, se calculan sobre una base más reducida), a todos los trabajadores que quieran (en el caso de los nueve meses de disminución de ingresos) o reducir sus retribuciones y modificar a su antojo sus condiciones laborales (en el caso de los seis meses de disminución de las ventas o de cambios técnicos, productivos u organizativos decididos libremente por la empresa)- y, recordemos, que para ello es suficiente un solo euro menos de ingresos o de ventas y que van a ser libres de hacerlo incluso cuando sus beneficios hayan aumentado.

Haciendo la advertencia de que una flexibilización controlada de las condiciones laborales como fórmula para evitar los despidos no me parece mal, lo verdaderamente grave, y no hay que ser adivino para predecirlo, es que una parte importante, quizá la mayoría, de los trabajadores de cierta edad con retribuciones superiores a la media, salvo que por sus circunstancias personales resulten imprescindibles para la empresa, parece inevitable que sean despedidos de forma “procedente”. El sueño empresarial de los ERES semigratuitos se ha hecho realidad.

Frenazo en el consumo para agudizar la crísis

Por otra parte, y ello me parece importantísimo, la espada de Damocles del despido que, como consecuencia de la reforma, ahora se cierne sobre la práctica totalidad de los que tienen trabajo, parece evidente que frenará su consumo y agudizará la crisis, con la inevitable secuela de generar más paro.

Si los millones de trabajadores que no han participado en la fijación de las reglas del partido y se han limitado a su adecuar su actuación a las que había (por ejemplo, manteniéndose en la empresa para conservar su antigüedad en lugar de marcharse a otra, cambiar de profesión o establecerse como autónomos) a los que se les pretenden cambiar dichas reglas a mitad del juego, siendo la inevitable consecuencia en la mayoría de los casos el que pierdan cuanto tienen, no reaccionan y obligan al Gobierno a modificar la reforma, me temo que las consecuencias serán dramáticas; por supuesto para ellos, pero también para España.

Me atrevo a profetizar que los objetivos de recuperación del empleo que teóricamente de persiguen con las medidas de flexibilización del despido, no solo no se conseguirán, sino que se agravará de forma muy importante la situación actual y, aunque el empeoramiento de los actuales índices de paro parezca casi imposible, su comparación con los que se vayan produciendo en el futuro demostrará que no es así, ya que, como se ha dicho, poco nuevo se aporta para favorecer las nuevas contrataciones y, en cambio, se favorece y facilita de forma muy importante la destrucción de los puestos de trabajo de los actuales trabajadores con contrato indefinido que la legislación anterior frenaba y se crea una situación generalizada de incertidumbre laboral que retraerá el consumo y creará más paro.

Brazo armado de la patronal

El Gobierno ha demostrado lo que muchos nos temíamos: que es el brazo armado de la patronal para la consecución de sus objetivos; y las prioridades de los empresarios no pasan en este momento  por mejorar su situación respecto a unas nuevas contrataciones que, ni ahora, ni a medio plazo, están pensando en realizar, no les preocupa el abaratar el coste del despido en los nuevos contratos, sino rebajar las retribuciones y demás condiciones de sus actuales trabajadores y, sobre todo, poder despedir con el menor coste posible a los que quieran; y a ello, ni más ni menos, es a lo que va dirigida la reforma laboral, a mejorar la situación de los empresarios a costa de los trabajadores que anteriormente han posibilitado su enriquecimiento.

Es cierto que ello se ha hecho de una manera sibilina y que, de una forma escandalosamente demagógica, el Gobierno vende la reforma como su propósito de lograr que no existan dos categorías de trabajadores y evitar una discriminación entre los antiguos trabajadores y los nuevos pero, aparte de que, como decía Aristóteles, no hay mayor injusticia que tratar por igual a los desiguales, dicha diferenciación resulta imprescindible para evitar una masiva destrucción o degradación del empleo que implicaría una nueva causa de retracción de la demanda con nefastas consecuencias para el conjunto de nuestra economía.

Destruir y no crear

La reforma laboral no va a crear empleo nuevo y va a destruir el antiguo, no se puede hacer peor de lo que lo ha hecho el Gobierno, es insensato el establecer de golpe, en un momento de aguda crisis, la posibilidad de despido libre y barato de los anteriores trabajadores y, quizá lo más lamentable, es lo fácil que resultaría la receta correcta: mantener las anteriores condiciones de despido para los trabajadores con contratos en vigor a fin de dificultar en lo posible la destrucción de sus empleos (pudiéndose flexibilizar sus condiciones de trabajo)  y reducir al máximo los condicionantes de despido para los nuevos contratos a fin de promover estos partiendo, como se ha dicho, de que siempre será preferible tener un empleo sin garantías que estar en paro.”

 

Transcurrido poco más de una año desde que se escribió lo anterior, el paro, que estaba en niveles de récord y parecía que no podía subir más, ha aumentado en más de un millón de personas, el mayor incremento experimentado jamás en un periodo similar, y ha pasado del 22% a casi el 28% de la población activa superándose ya los 6.200.000 parados y, pese a que la reducción de costes y degradación de las condiciones laborales, que, actuando de forma similar a una devaluación monetaria que soportan en exclusiva los trabajadores, están favoreciendo las exportaciones, día a día dicha cifra de parados sigue subiendo.

Gobierno impávido

Y, mientras tanto, el Gobierno asiste impávido a esta escandalosa y dramática situación y su Presidente nos repite todos los días, mientras se lamenta por los parados, que “su” reforma laboral es perfecta y que no tiene intención de cambiar nada en ella.

Resultan esperpénticos los reiterados anuncios de la futura recuperación del empleo “perseverando en la senda correcta” sin dar argumento alguno que contradiga lo que el sentido común y la experiencia nos están diciendo con gritos estruendosos ni dar plazo a la anunciada recuperación. En la Edad Media, cuando después de una epidemia de peste llegaba una nueva familia a asentarse en un pueblo junto con la única que había sobrevivido, la población aumentaba el 100%; quizá es ese el momento de la futura recuperación del que nos habla nuestro Presidente mientras derrama lágrimas de cocodrilo por los parados que, en connivencia con la patronal, contribuye mientras tanto, y ni él sabe hasta cuándo, de manera decisiva a incrementar.

Adolfo Barrio