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La primera vez

Mayo 2, 2010

Ella estaba sentada al borde de una barandilla cercana al mar cuando él la vio. Llevaba un vestido azul cielo que daba a la joven un aspecto angelical. Sus mejillas rosadas resplandecían con la luz del sol mientras los volantes del vestido jugueteaban entres sus piernas juveniles, piernas de seda… Eva miraba al mar, miraba la gente paseando, estaba sola, sola como siempre. Su cabello rubio volaba sobre sus hombros, sus ojos entrecerrados cegados por la luz, su boca a medio abrir, labios húmedos de tacto divino. La joven de diecisiete años, eterna observadora pudo darse cuenta de los ojos que agresivos pero tiernos se clavaban sobre ella, desnudándola tanto por fuera como por ese inmenso interior colmado de inquietudes que sólo ella conocía.

El extraño permaneció allí durante horas. Horas que compartieron ambos con la mirada, hasta que el sol desapareció tras la lejanía del mar. Él se acercó, avergonzado, sigiloso pero de frente. Eva sintió un temblor, un latigazo le recorrió la espalda. Era un hombre maduro, pasados los cuarenta. Por un momento pensó que se caería de la barandilla, no sabía bien que era lo que le estaba sucediendo. Él se sentó a su lado y se acercó a ella lo más que pudo, hasta que sus pieles entraron en contacto. Ella se sonrojó y mirando al suelo le preguntó quién era, asombrada por el sentimiento de cercanía que le producía su presencia.

Tú y yo tenemos algo en común. . .tenemos mucho en común, no lo has notado ?

Eva de nuevo miró al suelo, con su sonrisa de niña. No pronunció palabra.

Sí, lo vi en tus ojos. . . no puede ser de otra manera.

Se miraron con encanto, con añoranza, con deseo reprimido, con gesto de confusión, como sólo dos personas con mucho en común pueden mirarse.

Me llamo Ángel, mira como soy…un viejo a tus ojos, no se bien por qué me acerqué aquí.

Yo soy Eva, no eres un viejo, pareces una buena persona.

De nuevo los dos miraron al suelo, los granos de arena se movían de un lado a otro. Conversaron y se miraron, se miraron mucho. Así pasaron la tarde aquel 12 de julio.

A las diez de la noche Ángel puso su mano sobre la de ella. Sus dedos se entrelazaron haciendo desaparecer sus edades, el tiempo, los ojos curiosos. Él se llevó su mano a la boca, y la besó, la besó tiernamente. Ella se estremeció, ingenua y sin experiencia llevó los dedos de él hacia la comisura de sus labios y rodeó las yemas con su cálida lengua. Apenas quedaba gente en la playa, Ángel tomó suavemente de la cara a Evaa, que le miraba con desconcierto y besó sus labios. Los besó de la manera más dulce posible, como jamás había besado a nadie. Eva le correspondió, inexperta respondió a sus besos. Se besaron…una y otra vez en la playa que ahora se había convertido en un lugar solitario alumbrado únicamente por la luz de la luna.

Ángel tomó a la joven por la cintura, y la levantó en el aire, mientras ella se agarraba a su cuello. La rodeó por la cintura, palpando sus curvas perfectamente dibujadas. Bajó cuidadosamente hasta sus nalgas, manteniendo su peso entre los brazos.

El vestido de Eva era de seda, suave como el terciopelo, pero nunca más que su piel. Ella miraba a su hombre con cierta vergüenza de principiante. Se acariciaban, se olían, se sentían mutuamente; cada beso era algo totalmente nuevo para ambos. Hubo un momento en el que se volvieron locos, locos de deseo, de amor, locos sin más.

Ángel tumbó a Eva sobre la arena y se dejó caer sobre ella cuidadosamente. Era como una figurita de cristal frágil. Eva se encontraba en un camino intermedio entre la seguridad y el miedo cuando sintió el primer roce.

Ella clavó sus dedos en la espalda de él. Ángel presa del miedo y del desconcierto pero envuelto en el ensueño del momento besaba su cuello, sus mejillas, su nariz, sus labios y la miraba, se miraban. . .

Eva comprendió que aquel hombre había conquistado su vida en una tarde, un instante.

Y así, jadeantes, uno sobre el otro, sudando gotas de pasión se quisieron, y se quisieron ambos con la misma novedad. Ella por joven, y él por la ausencia de intensidad en su vida. Porque nunca sabremos cuando será la primera vez.

 

Mary Lou

marylou@extraconfidencial.com