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Los puntos cardinales

La parodia democrática de Abdala no engaña a las mujeres saudíes

Septiembre 27, 2011

Cuán magnánimo es Su Majestad, -¡que Alá le bendiga!- , que ha anunciado que las mujeres de la primera potencia petrolera del mundo van a poder votar. No, no se engañen las feministas occidentales porque ese derecho otorgado se limitará a la Shura, el consejo consultivo, y a concurrir como candidatas de sus municipios. Tan corto es el sistema saudí, porque los procesos legislativos democráticos de corte europeo no existen ni van a hacerlo. Una dinastía no renuncia nunca al omnímodo poder que detenta y los Saud lo llevan haciendo a lo largo de todo el siglo pasado, lo que llevamos de éste y lo que queda por delante.

No sólo por sus dimensiones geográficas Arabia Saudí es la gran monarquía del golfo, de las seis que integran el consejo, al que se suman Bahrein, Emiratos Arabes, Kuwait, Omán y Qatar. Bajo la arena de su inmenso desierto descansa la mayor bolsa de crudo del planeta y sobre ella se levantan los dos principales lugares santos del islam, La Meca y Medina.

En sus calles conviven hombres y mujeres en el más claro monumento a la desigualdad, oculto entre concesionarios de Rolls Royce y Versace. Este país tiene el dudoso honor de ser el único del mundo en el que a las mujeres les está prohibido conducir. Si osan ponerse al volante, pueden ser castigadas por los agentes de la mutawa, la policía religiosa. Ser mujer en la tierra de la familia Bin Laden implica también la dependencia del varón, que ejercerá el papel de guardián del namus, es decir, el honor masculino. Esta figura la suele encarnar el padre o el marido. Dependerá del grado de tolerancia de éste que su protegida pueda casarse o divorciarse e, incluso, viajar. Hace sólo tres años que fue derogada la ley que obligaba a las mujeres a contar la licencia de su guardián para acceder a un empleo, aunque sigue en vigor la obligatoriedad del permiso del hombre para abrir una cuenta bancaria o someterse a una operación quirúrgica. Otro elemento que ilustra el nivel de diferencia entre hombres y mujeres saudíes es la purdah, una cortina que divide las estancias que ocupan los dos sexos. En los edificios públicos, por ejemplo, la ausencia de cortina se modifica con puertas distintas de acceso y salida, sean hombres o mujeres quienes la utilicen.

De los ciento treinta y cuatro países que integran la relación del Género Global que hace pública el World Economic Forum, Arabia Saudí se sitúa en el puesto ciento treinta.

Algunos analistas del Golfo observan en este compromiso del rey Abdala un tímido guiño reformador siguiendo la estela del movimiento de la primavera árabe.

Políticamente no se vislumbra ningún cambio en Arabia Saudí porque ni ha sido ni será nunca una democracia homologable. Socialmente, pese al anuncio regio, tampoco. Las mujeres seguirán siendo literalmente propiedad de los hombres. Y mientras el mundo asiste a esta forma medieval de las relaciones humanas, que algunos justifican como costumbre para esconder el fanatismo religioso wahabista, reyes y gobernantes del moderno mundo occidental seguirán inclinando su cabeza ante esta potencia energética capaz de esconder en su oro negro aquello que nuestros líderes suelen denunciar indignados cuando no hay un Saud en las inmediaciones.

Ángel Gonzalo, Redactor Jefe Internacional de Onda Cero.