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Otras opiniones

La inmigración, otra bomba de relojería para Zapatero

Enero 19, 2010

Se veía venir. Fueron avisados por activa y en sede parlamentaria. Cuando recién llegados al poder, los chicos de Zapatero decidieron que este país era el más grande, el más rico, el más amplio y ellos los más listos del mundo mundial, pusieron en marcha su famosa Ley de Extranjería que en roman paladino no era otra cosa que un inmenso coladero para que cualquier sujeto pudiera apuntalarse en España.
La canciller Merkel, el primer ministro francés Villepin, el entonces premier Blair y otros altos mandatarios europeos, asustados ante la apertura de las fronteras europeas a la inmigración indiscriminada, avisaron muy seriamente al Gobierno de Zapatero y, en concreto, al ministro Jesús Caldera, luego expulsado sin explicaciones del propio Ejecutivo socialista, que la Unión Europea no era un pozo sin fondo y mucho menos la estación términis para todos los ciudadanos del mundo.
Aún así, continuaron con sus intenciones, abrieron de par en par las puertas del más viejo país del mundo -que vivía en un espejismo de bienestar y en un marasmo de mentiras económicas-, y llegaron millones, unos con papeles y trabajo, otros en pateras por doquier.
En poco tiempo se instalaron cinco millones de inmigrantes y otro millón pululaba por las calles y pueblos de España sin destino fijo.

Estalló el espejismo

Bastó que la industria del ladrillo se desplomara y la crisis económica apretara su dogal para que esos millones de ciudadanos que habían llegado a España en busca de su particular “El Dorado” quedaran al pairo. Y quedaron.
Nunca se tuvo la previsión -como se puede exigir a cualquier político al uso, no ya a grandes estadistas-, de lo que podía acontecer y acontece. Así que el rechazo de los autóctonos era mera cuestión de tiempo. Porque por estos lares se conoce la vieja máxima de que la “caridad bien entendida empieza por uno mismo”.

De Vic a Finisterre

Tal y como están las cosas, lo sucedido recientemente en Vic (Girona), donde el Ayuntamiento rechaza empadronar a los “sin papeles” -gobernado por el nacionalismo y la izquierda radical catalana, PSC incluido-, viene a poner sobre el tapete uno de los asuntos más serios que sacude la convulsa y desmoralizada sociedad española.
Será legal o ilegal la decisión de los “abertzales” de Vic, pero su decisión es compartida por muchos ayuntamientos que no pueden dar la asistencia que demandan los inmigrantes, ahora ya mayormente en paro.
Aquellos polvos trajeron estos lodos. Es lo que ocurre cuando al frente del poder están aquellos que no tienen capacidad para ello y no cuentan con lo mínimo exigible.
Lo que he querido escribir es que estamos ante un auténtico polvorín social.
¿Piensa hacer algo el Gobierno con esos cinco millones de inmigrantes, legales o ilegales, que se están quedando mano sobre mano?
¿Van a comer con el “progresismo” de salón y taberna pregonado, vendido e instalado por el zapaterismo?
Responde, Presidente. Estás escondido, asustado, desarbolado. No das para más. Y muy visto.  
Graciano Palomo es periodista, analista político y director de Ibercampus.es