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¡Qué fuerte!

La historia de Anna

Julio 23, 2010

Anna vino al mundo el 23 de febrero de 2005 a las 13 horas. Su padre, Manel, no pudo contener las lágrimas de alegría y emoción al ver a esa guapa, pequeña y morena de más de 50 cm y tres kilos y medio de peso. Pero los médicos detectaron que algo no iba bien y se llevaron a Anna a la incubadora. Cuando su hermano mayor, Carles, de 7 años, fue a verla, ya se la habían llevado a otro hospital en una ambulancia UVI. Manel bautizó a Anna, por si acaso, con el agua de una botella. Días más tarde lo hizo una monja del hospital. Fue el bautizo más bonito al que jamás han asistido. Esos momentos de angustia y desesperación dieron paso a una pequeña luz y esperanza al ver que no era un problema demasiado grave; creyeron que Anna tenía un pequeño soplo en el corazón. Desde ese momento, Manel se propuso animar a Gloria, su mujer, todo lo que pudiera. Esa fue su misión.

Allí, en la UCI de neonatología, padres y madres desesperados, nerviosos e inquietos sufren y temen por la vida de sus hijos que están tras esas puertas conectados a cables y máquinas, sometiéndose a pruebas y análisis, luchando contra la muerte y sin que ellos puedan ayudarles ni hacer nada por salvarles la vida. Allí, Manel, consiguió entrar a ver a su pequeña Anna. Anna estaba llena de tubos, sondas, cables, etc. Manel se derrumbó y con él, el mundo a su alrededor. Sus lágrimas eran ardientes como la lava, igual que su furia interior era como la furia de un volcán. Diagnóstico: tiempo. El tiempo que dicen que todo lo cura pero que, en este caso desespera, corroe, enerva y no pasa. Le dieron el alta a Gloria, la madre y, por fin, pudieron estar una hora cada tres con Anna. La primera vez que Gloria vio a Anna, tuvo que ser asistida por el personal médico porque el dolor, la desesperación y la ansiedad al ver a su hija pudieron con ella.

A vida o muerte

El diagnóstico final: a Anna le faltaba una válvula en el corazón entre aurícula y ventrículo. Las arterías aorta y pulmonar eran excesivamente grandes y esta última, le había presionado los bronquios durante la gestación, lo que le dificultaba la respiración. Además, también padecía el síndrome de “Di George”, resumiendo, su organismo era incapaz de crear defensas. Manel y Gloria se hundieron aún más. Era necesario operarla, abrirle el pecho, sacar su corazoncito y arreglarlo junto con sus arterias mientras ella permanecería enganchada a una máquina y volver a hacer que el corazón funcionara. Complicado, difícil, casi imposible que Anna sobreviviera a la operación. Freddy fue el médico que les hizo ver la luz y, a la semana de nacer, Anna fue operada durante 5 largas, eternas e interminables horas por las santas manos del doctor Caffarena, al que Manel y GloriaAnna superó esa tremenda y desesperanzadora operación.

Pasaron los días, las semanas y, a diario, asistían al hospital para estar con Anna, que se iba recuperando. Recibía las visitas de su hermano Carles, que le contaba cosas y le cantaba. Por fin Gloria pudo coger a Anna entre sus brazos y darle todo el cariño del mundo y transmitirle con su cuerpo todo su amor y fuerza. Mientras tanto, iban compartiendo desgracias con otros padres o viendo como otros niños iban saliendo de la UCI, pero Anna seguía allí. A mediados de abril, Anna pasó a la UCI de pediatría. Allí le practicaron una traqueotomía para facilitarle la ventilación aérea. Los médicos no se rindieron, Anna tampoco. El 7 de mayo Anna sufrió una crisis cardiorrespiratoria y la anestesiaron. Estaba grave.

“Los equipos médicos luchan sin descanso contra la despiadada muerte que viene a robarnos a un Ángel. Anna está anestesiada y conectada a diversas máquinas. Regresamos a casa con la desesperanza y el dolor a flor de piel. Vuelven los pensamientos sombríos. Tenemos la sensación de caer al vacío por un precipicio con muchos salientes y ramas en sus paredes, pero logramos asirnos a una rama o plantar los pies en un saliente. Desesperación y ansiedad…” son las palabras de Manel en aquellos momentos… Estaban en casa cuando sonó el teléfono. “Anna ha fallecido”. Se la llevó algo tan simple como una infección en orina y en sangre. Era la una y cuarenta minutos del 9 de mayo de 2005. Anna fue incinerada y descansa cerca de la Cripta del Tercio de Monserrat.

Durante todo ese tiempo de hospitales, dudas, temores y miedos, recibieron al apoyo, el cariño, el respeto y la compañía de cientos de personas a las que nunca sabrán cómo agradecerles todo lo que hicieron por ellos y por Anna de manera desprendida, desinteresada y sin esperar nada a cambio.

Continuar con la vida

Dice Manel que, “unos años después nos queda el dolor por su pérdida, pero nos consuela saber que habrá aprendido a caminar en el cielo mientras mi madre la llevaba de la mano. Nos consuela saber que mi tía Eloísa le habrá cambiado los pañales. Y nos consuela saber que está al lado de Nuestro Señor mientas la Virgen le canta una nana. Nos consta que está a nuestro lado y, a diario le mandamos besos. Nos consuela que, a pesar de su edad, luchó como una valiente, con dignidad y sin rendirse jamás porque quería estar con su hermano y sus padres”, Carles, Gloria y Manel.

Quién le iba a decir a Manel que él, que se había propuesto cuidar y animar a Gloria y a Carles, no iba a poder animar y cuidar a Anna. Manel es un ángel, el ángel de la guarda, de su familia, de sus amigos y puede que de mucha más gente, porque Manel está dónde tiene que estar, cuando tiene que estar, para ayudar, cuidar y proteger siempre a los demás. Pero Manel no pudo salvar a su hija Anna. Seguramente haya cuidado y protegido a otros muchos, pero no pudo hacerlo con Anna. Fue imposible. No estaba en su mano. Si no, Manel, hubiera dado la vida por su hija. Pero hoy, Manel tiene a Anna guardándole las espaldas desde ahí arriba, y también las de Carles y, como no, las de Gloria, que le dio la vida. Anna es el ángel de la guarda del Ángel de la Guarda. Gracias Manel, Gloria y Carles, gracias por esta lección de vida.

Rosana Güiza

rosanagüiza@extraconfidencial.com