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Mi Tribuna

La gran mentira de Teresa Romero

Enero 18, 2015

Hace semanas escribí en este mismo espacio un artículo titulado Teresa Romero y la ingratitud de una pareja que ya busca otros intereses’. Recogiendo alguna información cercana al caso pude conocer detalles que rodearon la historia de esta auxiliar de enfermería desde que contrajo el virus del ébola. Más que detalles, cuestiones muy cercanas a lo que era su vida junto a su marido, Javier Limón, cuyo papel se ha destapado ahora como el más nefasto de los muchos asesores que rodearon a la enfermera. No es cuestión de revolver las cosas; al fin y al cabo fue el matrimonio el que ofreció explicaciones sobre eso de dormir en camas separadas… y hasta aquí puedo leer.

Por entonces, la única prioridad era salvar la vida de Teresa. Una reunión de factores hicieron posible el auténtico milagro de la sanidad española, entre otras muchas cosas gracias también a la fortaleza de la propia enferma. Pero toda aquella crisis convulsionó el ministerio hasta tal punto de firmar la defunción política de Ana Mato que no dimitió en plena vorágine pero sí lo hizo cuando saltó un mínimo motivo para agarrarse a un adiós cantado.

Lo cierto es que el caso de Teresa Romero provocó un fuego cruzado de acusaciones durante y después de la enfermedad. Políticamente, se gestionó de aquella manera sobre todo porque el desconocimiento era inmenso y cada jornada destapaba alguna sorpresa a mayores. Pero Teresa salió adelante, y eso es suficiente porque se pudo salvar una vida y se añadió una importante dosis de experiencia para aplicar ante hipotéticos nuevos casos.

Azotes dialécticos con un tufillo interesado

Ahora bien, los azotes dialécticos de Javier Limón acusando por todas partes ya ofrecían un tufillo interesado. La pareja pidió indemnizaciones a todo lo que se movía, hasta por el sacrificio de su perro, pero no reparó en un detalle que ha destapado las vergüenzas del caso: Teresa mentía.

Empezando por su mentira se desmonta el resto de la trama. La enfermera no dijo la verdad a la doctora en su primera consulta cuando la fiebre empezaba a subir; no habló para nada de su contacto con pacientes infectados por el ébola. Teresa, mentirosa y mala compañera al querer comprometer la reputación de una médico que ahora ha sacado los colores al matrimonio. Teresa, embustera y mala persona, capaz de ir a depilarse en esas circunstancias que solo ella conocía, comprometiendo a la esteticista y obligando al cierre temporal de la peluquería. Teresa, convertida en agente político cuando junto a su marido masacró al consejero de Sanidad de la Comunidad de Madrid que sabía exactamente la verdad desde el principio: Teresa mentía, dijo, porque no había informado de su contacto con enfermos de ébola.

Daño irreparable

¿Y quién restituye todo este daño hecho con pleno conocimiento? Admito que la salud de la auxiliar no estaba para pensamientos pero, desde fuera, su marido manejaba hilos en los medios de comunicación, se ponía en manos de asesores legales, preparaba demandas y querellas que han ido todas al rincón del archivo y planteó una batalla legal con un apestoso interés económico detrás.

Teresa y Javier, desagradecidos, porque muchas personas se jugaron la vida en sus atenciones como antes hizo ella, incluido el denostado consejero, incluida la ministra incapaz. Teresa, para siempre estarás en deuda con esa doctora a la que quisiste comprometer; con esa peluquería afectada por tu inconsciencia; con esa sociedad desconocida que te apoyó para que consiguieras vencer al ébola. Teresa, no tienes derecho a convertir tu mentira en un simple pasaje porque por entonces eras muy consciente de lo que hacías. Teresa, cuando leíste la rectificación que te exigió la doctora calumniada enterraste tu caso para siempre. Cuando reconociste la mentira se descubrió ese oscuro interés por hacer del virus un negocio.

Félix Ángel Carreras
Director de Tribuna Valladolid