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¡Qué fuerte!

La generación GILI

Octubre 7, 2010

Estamos de capa caída para el resto del mundo. Las valoraciones que nos llegan de otros países sobre el nuestro son penosas y tristes. En EE UU piensan de nosotros que estamos todo el día de fiesta y baile. Que somos unos vagos y no nos gusta trabajar, además de ser unos estafadores. Podría seguir pero es algo vergonzoso, la verdad. El caso es que España está perdida en el abismo para el resto del mundo. Ese concepto tienen de nosotros al otro lado del charco y en este lado, en el nuestro, en el de la Unión Europea, prácticamente nos ningunean los que más poder tienen.
Decía el otro día el ministro Gabilondo que había que evitar el abandono temprano de la Escuela, luchar por evitar esta retirada de las aulas porque es el porvenir de nuestro país. Aunque seguro que, mientras decía estas palabras, pensaba en realidad en erradicar el abandono escolar para evitar que siga subiendo el número de parados.
Pero, ¿qué porvenir les espera en España a estos jóvenes si siguen estudiando? El futuro de una generación frustrada que es joven aunque sobradamente preparada, –como decía aquel anuncio-, pero que está en paro o trabajando en algo que no le gusta porque no encuentra trabajo en otra cosa, eso si, con el curriculum lleno de carreras, masters y cursos. Claro que, ¿qué hacemos entonces con esa generación perdida entre medias de la edad escolar y la edad laboral?

De los NINi a los GILI

Esos son los que el ministro de Educación quiere mantener en las aulas a toda costa porque no sabe qué hacer con ellos. Esto genera un problema, porque muchos de ellos son adolescentes que no quieren estudiar y que son obligados a ello; a perder el tiempo en lugar de ocupar un puesto de trabajo o hacer algo de provecho por la sociedad y por ellos mismos. Son la famosa generación NI-NI que más bien debería llamarse generación GILI.
A esta generación pertenece un grupo de chavales impertinentes y maleducados que, cuando llega el Otoño y se produce ese regreso a las aulas por el que tanto aboga el ministro, se convierten en el azote y el enemigo número uno de los novatos. Estos sinvergüenzas que, cuando comienzan las clases, se dedican a maltratar, humillar y vejar a sus nuevos compañeros de estudios con total impunidad. Los novatos tienen que aguantar, entonces, que se les pinten sus caras con frases degradantes. Son obligados a beber alcohol directamente de la botella al gaznate y agarrar grandes borracheras. Hacen flexiones sin medida. Tienen que vestirse con la ropa interior por fuera. Son utilizados como mesa. La hora de la comida o la cena se convierte para ellos en un suplicio; los veteranos los usan como camareros y los obligan a probar comidas alteradas que resultan asquerosas.

¿Dónde está el ministro?

Los disfrazan, se arrastran por el suelo, sirven de diana para tomates o hacen las labores de limpieza de las habitaciones de los veteranos. Incluso hay una novatada que consiste en, después de dejarlos semidesnudos, atar una cuerda en sus testículos con un ladrillo o piedra pesada en el otro extremo y hacerles creer que lo van a dejar caer al vacío. Imagínense la ansiedad y el trauma.
Es inevitable que, después de esto, algunos decidan dejar los estudios, abandonar Residencias o Colegios Mayores y volver a casa con daños físicos y psíquicos, con heridas difíciles de curar en su autoestima que sirvieron para que unos gamberros se divirtieran. A ver si se ocupa el ministro de esto y se sanciona severa y duramente a esta minoría mal llamada “estudiantes”, que son el porvenir de nuestra sociedad. Menudo porvenir nos espera entonces con semejantes ineptos.